México tiene una extraña costumbre deportiva: descubre que existen otras disciplinas cuando aparece alguien capaz de obligarnos a mirar. Entonces dejamos por unas horas el futbol, aprendemos nombres, recorridos, reglas y clasificaciones, nos emocionamos y nos preguntamos de dónde salió ese mexicano que está compitiendo contra los mejores del mundo. Isaac del Toro está consiguiendo exactamente eso con el ciclismo. Y quizá su mayor mérito, además de todo lo que ya está logrando sobre la bicicleta, sea recordarnos algo elemental: el deporte mexicano es mucho más grande que una cancha de futbol.

Este domingo, Del Toro volvió a poner el nombre de México en lo más alto al ganar el Grand Prix Cycliste de Montréal, una prueba WorldTour disputada sobre el mismo escenario que dentro de dos semanas recibirá el Campeonato Mundial de Ruta.

El mexicano se impuso al francés Paul Seixas en el remate final de una carrera durísima de más de 200 kilómetros y lanzó, con ello, una señal que ya recogieron los especialistas: llega al Mundial como uno de los nombres capaces de pelear en serio por el arcoíris. No es una exageración patriótica ni una ilusión fabricada desde México; es la consecuencia de una temporada extraordinaria y de un crecimiento que lo ha colocado ya entre los corredores más relevantes del pelotón internacional.

Isaac del Toro tiene apenas 22 años, nació en Ensenada y corre para UAE Team Emirates-XRG, una de las estructuras más poderosas del ciclismo mundial. Este año ya ganó el UAE Tour, Tirreno-Adriático, el Tour Auvergne-Rhône-Alpes, el Deutschland Tour y una etapa del Tour de Francia, además de subir al podio final de la ronda francesa. Su progresión ha sido tan rápida que hablar de él como simple promesa ya empieza a quedarse corto. Hoy es una realidad del ciclismo mundial y, al mismo tiempo, una demostración de que el talento mexicano puede competir al máximo nivel cuando encuentra estructura, preparación, competencia y apoyo suficientes.

Pero Isaac no apareció de la nada. México tiene una historia ciclista que a veces parece olvidada porque nuestro deporte nacional vive demasiado concentrado en una sola pelota. Antes estuvo Raúl Alcalá, aquel “Duende” que fue el primer mexicano en correr el Tour de Francia, ganó dos etapas, obtuvo el maillot blanco al mejor joven en 1987 y terminó dos veces entre los diez primeros de la clasificación general. Alcalá abrió caminos que entonces parecían imposibles y convirtió al ciclismo europeo en territorio alcanzable para un mexicano.

Y mucho antes estuvo Ángel ZapopanRomero Llamas, uno de los grandes nombres de nuestro ciclismo nacional, ganador cuatro veces consecutivas de la Vuelta a México entre 1951 y 1954, integrante del Salón de la Fama del Deporte Mexicano y figura tan importante en Jalisco que todavía existe una Copa Romero en Zapopan en reconocimiento a su trayectoria. Romero pertenece a otra época, con otras bicicletas, otra preparación y otro ciclismo, pero forma parte de una tradición que vale la pena recordar ahora que Del Toro vuelve a colocar a México entre las potencias capaces de ganar carreras internacionales.

Recordarlos importa porque sería injusto presentar a Isaac como si antes de él no hubiera existido ciclismo mexicano. Sí lo hubo. Hubo corredores, afición, competencias y una Vuelta a México que durante décadas tuvo enorme relevancia. Lo que faltó después fue continuidad, estructuras profesionales suficientemente fuertes y una presencia constante en el máximo circuito internacional. Por eso lo que está haciendo Del Toro es especialmente valioso: no solamente gana, sino que vuelve a conectar a una nueva generación con una disciplina que México conoció y admiró mucho más de lo que hoy solemos recordar.

Y aquí aparece la reflexión que debería trascender el entusiasmo de estos días. No todo en el deporte mexicano es futbol. El futbol merece atención porque es el deporte más popular del país, mueve millones de aficionados, genera enormes audiencias y forma parte de nuestra cultura. Nadie propone restarle importancia. El problema surge cuando la proporción termina siendo absurda: podemos pasar semanas discutiendo la alineación de la Selección, el próximo entrenador, un penal, una expulsión o cualquier conflicto interno de algún club, mientras atletas mexicanos consiguen resultados extraordinarios en otras disciplinas y apenas reciben unas horas de atención.

Quizá no sea necesario dejar de discutir quién debe jugar de centro delantero. Bastaría con reservar algunos minutos para enterarnos de que un mexicano está derrotando a algunos de los mejores ciclistas del mundo.

Lo mismo ocurre con el beisbol, donde México produce jugadores capaces de competir en Grandes Ligas; con el basquetbol, que tiene una enorme base de aficionados y talentos que necesitan mejores procesos; con los clavados, donde durante décadas hemos sido potencia; con el boxeo, que forma parte de nuestra tradición deportiva; con atletismo, tiro con arco, taekwondo, automovilismo y tantas otras disciplinas donde mexicanos han conseguido resultados internacionales extraordinarios.

El problema no es que haya demasiado futbol. El problema es que demasiadas veces parece no haber espacio para nada más.

Isaac del Toro puede ayudarnos a cambiar un poco esa mirada. Su victoria en Montreal no necesita que millones de mexicanos conozcan previamente las tácticas del pelotón, entiendan exactamente qué significa una escapada o sepan distinguir entre gregarios, escaladores y rodadores. El deporte tiene precisamente esa capacidad extraordinaria: aprender mientras uno se emociona. Cuando alguien de tu país empieza a competir contra los mejores, quieres saber cómo funciona aquello que está haciendo.

Pero el entusiasmo no debería durar solamente mientras gana.

Ésa es una de las grandes debilidades del deporte mexicano. Celebramos al campeón cuando aparece, lo convertimos en símbolo nacional durante algunas semanas y después esperamos al siguiente fenómeno. Muchas veces conocemos al atleta ya terminado, cuando ha tenido que construir buena parte de su camino con recursos familiares, apoyo privado, equipos extranjeros o estructuras que encontró fuera del país. Entonces nos apropiamos colectivamente de su éxito y repetimos que demuestra que “México sí puede”. Claro que puede. La pregunta incómoda es otra: ¿cuántos podrían si existieran mejores condiciones para intentarlo?

Del Toro corre para un equipo extranjero y eso no tiene absolutamente nada de extraño. El ciclismo profesional funciona internacionalmente y los mejores corredores del planeta forman parte de estructuras multinacionales. UAE Team Emirates-XRG le proporciona preparación, especialistas, tecnología, nutrición, logística, compañeros y un calendario del máximo nivel. Sería absurdo reprocharle haber buscado el mejor sitio para desarrollar su talento. Al contrario: hizo exactamente lo correcto. Pero su caso debería servirnos para preguntarnos cuántos jóvenes mexicanos poseen capacidad semejante y jamás llegan al radar de una organización capaz de llevarlos hasta ahí.

El apoyo al deporte no consiste solamente en financiar selecciones nacionales unas semanas antes de Juegos Olímpicos o campeonatos mundiales. Empieza mucho antes, en instalaciones, entrenadores, detección de talentos, medicina deportiva, nutrición, competencias infantiles y juveniles, ligas, becas, patrocinios y programas que permitan competir regularmente. También necesita empresas dispuestas a invertir, medios que difundan y federaciones capaces de organizar sin convertir cada disciplina en territorio de disputas personales.

El éxito individual no puede convertirse en coartada institucional. Cuando un deportista triunfa pese a todas las dificultades, solemos utilizarlo como prueba de que el sistema funciona. A veces demuestra exactamente lo contrario: demuestra cuánto puede alcanzar alguien excepcional cuando consigue romper los límites del sistema o encontrar fuera aquello que aquí todavía no existe.

Por eso Isaac del Toro debería despertar algo más duradero que admiración. Puede despertar afición y, sobre todo, vocaciones. Algún niño o alguna niña que hoy lo vea ganar quizá pida una bicicleta mañana. Puede parecer poca cosa, pero así comienzan muchas historias deportivas. El problema vendrá después: qué instalaciones encontrará, qué entrenador tendrá, dónde competirá, quién detectará su talento y si existirá un camino razonablemente claro para progresar.

Ahí deberían estar las instituciones y también la iniciativa privada.

Porque el deporte no es gasto ornamental. Produce salud, disciplina, cohesión social, identidad, oportunidades y orgullo colectivo. Y en el alto rendimiento produce además presencia internacional. Un país también se proyecta mediante sus científicos, artistas, empresarios y deportistas. Cuando un mexicano gana en Montreal, sube al podio del Tour de Francia o compite contra las figuras más importantes del mundo, millones de personas que quizá no conocen demasiado de México ven una bandera y aprenden un nombre.

Ahora viene un momento especialmente atractivo. Montreal recibirá del 20 al 27 de septiembre los Campeonatos Mundiales de Ruta y la carrera élite masculina se disputará el domingo 27 sobre un recorrido de 273 kilómetros particularmente exigente. Del Toro llegará después de ganar justamente en ese escenario y los especialistas ya lo incluyen entre quienes pueden disputar la carrera, junto con nombres como Remco Evenepoel y Paul Seixas. México no tendrá la profundidad de selecciones como Bélgica, Francia o Estados Unidos, y en ciclismo eso importa muchísimo porque las tácticas colectivas pueden decidir una competencia. Nadie debería colocar sobre Del Toro la obligación absurda de ganar. Pero tampoco debemos fingir que llega simplemente a participar: llega con argumentos deportivos para competir.

Y hay algo especialmente hermoso en esa cita. Durante prácticamente toda la temporada Isaac corre bajo los colores de su equipo profesional, como corresponde al ciclismo internacional. En el Mundial la lógica cambia. Allí se compite por selecciones nacionales. El 27 de septiembre, cuando tome la salida en Montreal, no será solamente uno de los líderes del UAE Team Emirates convertido circunstancialmente en rival de algunos de sus propios compañeros. Será Isaac del Toro representando a México.

Eso merece que estemos pendientes.

Tal vez gane.

Tal vez no.

El ciclismo de un día es impredecible. Una caída, un ataque, una mala colocación, el trabajo de otra selección o simplemente encontrar a alguien más fuerte pueden decidir cinco horas de carrera en cuestión de segundos. Ésa es también parte de su belleza. Pero México tendrá ahí a uno de los mejores corredores jóvenes del mundo, un deportista de 22 años que ya está escribiendo una historia extraordinaria y que probablemente tenga todavía por delante sus mejores temporadas.

Isaac del Toro ya consiguió algo importante antes de ponerse la camiseta mexicana en Montreal: hizo que muchos mexicanos volvieran a mirar una bicicleta de carreras y preguntaran cuándo compite.

Ojalá aprovechemos el momento para entender el mensaje. El deporte mexicano no puede seguir viviendo casi exclusivamente alrededor del futbol. Hay beisbol, basquetbol, ciclismo, atletismo, clavados, boxeo y muchas otras disciplinas esperando apoyo, difusión y oportunidades. No necesitamos querer menos al futbol. Necesitamos aprender a querer más al deporte.

Y ahora viene el Mundial.

Ahí ya no importa para qué equipo profesional corre Isaac del Toro, quién lo contrató o dónde encontró la estructura que impulsó su carrera. Ahí correrá por México.

Y ahí sí, a apoyarlo todos.

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