Durante buena parte de la temporada nos preguntamos dónde estaba la máquina. Dodgers tenía nombres, profundidad, presupuesto, estrellas y una nómina construida para intimidar, pero durante demasiadas semanas jugó por debajo de lo que prometía el papel. Hubo derrotas inesperadas, lesiones, problemas para cerrar partidos, dudas en el bullpen y la sensación recurrente de que aquella colección de monstruos todavía no terminaba de convertirse en un equipo.
Ahora, precisamente cuando parece haber encontrado ritmo y empieza a jugar como se esperaba desde marzo, aparece una nueva prueba: Shohei Ohtani necesita parar. Y quizá ésa sea exactamente la decisión correcta, porque Dodgers tiene que demostrar que puede ganar sin Ohtani durante un tramo de septiembre, pero no para concluir que Ohtani es prescindible. Sería absurdo. Tiene que demostrar que posee suficiente profundidad para protegerlo ahora, mantener la máquina funcionando y conservar al monstruo para cuando realmente pueda necesitarlo. Ohtani es Ohtani. Puede atravesar un slump, puede tener una mala semana, puede llegar disminuido físicamente, pero pertenece a esa categoría extraordinaria de peloteros que pueden cambiar un juego, una serie y hasta una temporada con un solo turno. Los monstruos también duermen. El problema sería no tenerlo disponible cuando despiertan.
La historia de octubre está llena de ejemplos. En la Serie Mundial de 1981, aquella que Dodgers terminó ganando a Yankees y en la que Fernando Valenzuela escribió una de las páginas más grandes de su carrera, Jay Johnstone llegó como bateador emergente en el cuarto juego cuando Los Ángeles estaba contra la pared y conectó un jonrón de dos carreras que resultó fundamental para iniciar una remontada. Johnstone no era la gran figura de aquella maquinaria; precisamente por eso el episodio demuestra algo importante: en postemporada cualquiera puede convertirse en protagonista. Y después llegó uno de los momentos inmortales de la historia del beisbol: Kirk Gibson en 1988, lastimado, prácticamente incapaz de correr, enviado como emergente frente a Dennis Eckersley y pegando aquel jonrón que todavía forma parte de la mitología de los Dodgers. Más recientemente, Freddie Freeman llegó lesionado a la Serie Mundial de 2024 y terminó conectando aquel grand slam para dejar tendido a Yankees. Octubre tiene esas cosas: el hombre aparentemente disminuido, el veterano, el que parecía fuera de ritmo o incluso el menos esperado puede terminar definiendo todo.
Hay también ejemplos más cercanos que justifican la prudencia. Josh Hader estuvo fuera durante un periodo prolongado por problemas físicos y Houston pudo haber tratado de acelerar su regreso. No lo hizo. Lo esperó, administró su recuperación y cuando volvió recuperó también su condición de cerrador dominante. No todos los cuerpos reaccionan igual, ni todas las lesiones son comparables, pero la enseñanza sí sirve: preservar a una figura no significa renunciar a ella; muchas veces significa aumentar la posibilidad de recuperarla cuando el calendario realmente la necesita. Eso es exactamente lo que Dodgers debe hacer ahora con Ohtani. No se trata de demostrar que puede vivir sin él para siempre, sino de que puede mantenerse de pie mientras él se recupera.
Y Dodgers tiene con qué sobrevivir. Mookie Betts sigue siendo capaz de transformar un partido desde el primer turno. Freddie Freeman continúa siendo uno de los bateadores más confiables de Grandes Ligas. Teoscar Hernández ofrece poder y capacidad para producir carreras. Yoshinobu Yamamoto puede asumir responsabilidades de as.
La rotación tiene brazos suficientes para competir contra cualquiera si llega saludable y el lineup posee profundidad como para no depender exclusivamente de un hombre. En teoría, ésa es precisamente la ventaja de construir una nómina tan cara y tan cargada de talento: poder perder temporalmente una gran pieza sin que todo se desmorone. Pero la verdadera incógnita de Dodgers no ha sido nunca si tiene talento. Lo tiene de sobra. La pregunta ha sido si puede convertirlo en funcionamiento colectivo cuando llegue el momento de máxima presión. Durante parte del año no ocurrió. Hubo tramos en que los nombres parecían pesar más que el juego. Miguel Rojas habló de dejar de regalar partidos, Kiké Hernández pidió calma y Dave Roberts tuvo que administrar tanto lesiones como expectativas. El bullpen dejó escapar ventajas y la rotación tuvo que reconstruirse varias veces. Dodgers podía ganar por demolición y al día siguiente parecer vulnerable. De ahí aquella pregunta que nos hicimos: tantos monstruos, ¿y dónde está la máquina?
Ahora empieza a aparecer. La reciente racha ganadora, la profundidad ofensiva y algunas actuaciones dominantes del pitcheo permiten pensar que Dodgers está entrando al momento correcto de la temporada de una manera mucho más saludable. Eso no significa que sea invencible. Milwaukee ha sido extraordinariamente consistente. Atlanta sabe competir y tiene experiencia. Philadelphia posee una ofensiva capaz de reventar cualquier serie y un Jesús Luzardo que está llegando muy fuerte. Cubs puede ser peligrosísimo y cualquier comodín que se caliente durante una semana puede convertir en inútiles seis meses de pronósticos. Pero si uno analiza las posibilidades reales de Dodgers, la conclusión es sencilla: sigue perteneciendo al pequeño grupo capaz de ganar la Liga Nacional y disputar la Serie Mundial. Incluso podría argumentarse que su mayor enemigo es él mismo. Si llega saludable, si el bullpen consigue estabilidad, si la rotación entrega profundidad y si sus estrellas aceptan que octubre exige ejecución más que reputación, Dodgers tiene posiblemente el techo más alto de todos.
Pero ninguna nómina gana una serie solamente por aparecer en la tarjeta de alineación. En postemporada hay que tocar la bola cuando corresponde, avanzar corredores, ejecutar un relevo, retirar al bateador difícil, no regalar una base y aprovechar la oportunidad cuando aparece. Un equipo que aspira a ser campeón debe saber ganar 10-2, pero también 2-1. Y ahí está el verdadero sentido de preservar a Ohtani. Dodgers no necesita que Shohei demuestre en septiembre que puede jugar todos los días. Ya sabemos lo que es. Tampoco necesita arriesgarlo para conseguir una victoria adicional cuando lo verdaderamente valioso puede ocurrir tres semanas después. Necesita que llegue suficientemente sano como para tomar el bat cuando un partido esté en equilibrio y exista la posibilidad de cambiarlo con un swing.
Porque el monstruo vale precisamente por eso. No tiene que pegar cuatro jonrones en una serie; quizá baste uno. No tiene que dominar todo octubre; quizá baste un turno. Kirk Gibson prácticamente no podía caminar y necesitó un swing. Jay Johnstone salió de la banca y necesitó un turno. Freddie Freeman cargaba una lesión y encontró el momento para escribir historia. Josh Hader fue esperado y volvió a ser decisivo. Nadie sabe quién será el protagonista de 2026. Puede ser Betts, Freeman, Yamamoto, algún relevista inesperado o un jugador que hoy parece secundario.
Pero si tienes un monstruo, no lo desperdicias en septiembre. Lo cuidas, lo esperas y procuras que la máquina siga funcionando mientras duerme. Porque Dodgers debe demostrar ahora que puede sobrevivir sin Ohtani, no para probar que no lo necesita, sino para asegurarse de tenerlo cuando llegue el momento en que sólo un monstruo pueda resolverlo.
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