Jesús Luzardo acaba de firmar una de esas actuaciones que en septiembre pesan bastante más que una victoria cualquiera. Philadelphia derrotó 1-0 a Atlanta y el zurdo fue prácticamente todo el partido: lanzó las nueve entradas, permitió apenas dos hits, concedió una base por bolas y ponchó a 12. Fueron 109 lanzamientos, su primer juego completo y también la primera blanqueada de su carrera. Kyle Schwarber proporcionó la única carrera con su cuadrangular número 43 en la octava entrada, de manera que Luzardo trabajó durante prácticamente toda la tarde sin margen de error. No podía conceder una sola carrera y no la concedió. Eso es pitcheo de otra dimensión y, sobre todo, se parece muchísimo a lo que habrá que hacer cuando llegue octubre.
Pero lo verdaderamente interesante no es solamente lo ocurrido en ese partido. Luzardo está construyendo una de las mejores temporadas de su carrera y llega al tramo decisivo en evidente ascenso. En sus dos aperturas de septiembre suma 15.2 entradas, solamente una carrera permitida y 18 ponches; antes, a finales de agosto, había tirado siete entradas de un hit y nueve chocolates contra Seattle. Es decir, la blanqueada contra Atlanta no apareció de la nada: fue la culminación, hasta ahora, de varias semanas en las que ha ido endureciendo su pitcheo precisamente cuando Philadelphia más lo necesita.
Conviene entonces recordar quién es Jesús Luzardo y cómo llegó hasta aquí. Nació en Lima, Perú, en 1997, dentro de una familia venezolana, creció en Florida y fue seleccionado por Washington en la tercera ronda del Draft de 2016. Después pasó a Oakland, llegó a Grandes Ligas en 2019, fue posteriormente enviado a Miami y terminó recalando en Philadelphia. Nunca fue un desconocido ni un pitcher aparecido repentinamente: durante años fue considerado un brazo de enormes condiciones. Velocidad, capacidad para ponchar, buenos rompientes y suficiente repertorio para ser abridor de primera línea. El problema había sido juntar durante una misma temporada tres elementos indispensables: salud, volumen y dominio.
Eso parece estar ocurriendo ahora. Luzardo tiene 28 años, una edad magnífica para un pitcher que ya atravesó lesiones, ajustes, cambios de organización y temporadas de aprendizaje, pero que todavía posee horizonte suficiente para mantenerse varios años en plenitud. Ya no estamos hablando del prospecto al que se le adivinaban enormes condiciones ni del zurdo que por momentos parecía preparado para dar el salto definitivo. Estamos hablando de un abridor experimentado que comienza a comprender exactamente qué hacer con las armas que siempre tuvo. Ha ido modificando el uso de sus lanzamientos, depende menos de atacar exclusivamente con velocidad y utiliza mejor el sinker y el sweeper. Contra Atlanta este último fue particularmente eficaz y provocó una enorme cantidad de swings fallidos. La diferencia parece sencilla, pero es fundamental: ya no solamente está lanzando; está pitcheando.
Eso permite colocarlo en una discusión todavía más interesante: ¿dónde está Luzardo hoy frente a algunos de los brazos que han monopolizado los reflectores? Jacob Misiorowski representa quizá el extremo contrario. Tiene 24 años, una estatura imponente, repertorio eléctrico y una campaña extraordinaria con Milwaukee. Es el pitcher joven que provoca asombro por la combinación de velocidad, físico y techo. Apenas acaba de atravesar una de esas salidas poco frecuentes en las que Cubs consiguió hacerle daño, pero mantiene una efectividad alrededor de 2.00 y sigue siendo uno de los grandes fenómenos de esta temporada. Luzardo no posee la espectacularidad física de Misiorowski ni necesita tenerla. Lo que aporta es otra cosa: experiencia de Grandes Ligas, conocimiento de los bateadores, repertorio maduro y capacidad comprobada para recorrer una alineación tres y hasta cuatro veces.
También están Tarik Skubal y Paul Skenes, dos nombres que durante mucho tiempo parecían instalados en una conversación aparte. No significa que hayan dejado de ser élite. Skubal sigue mostrando una enorme calidad y Dodgers incluso comienza a organizar su rotación pensando en entregarle responsabilidades de Juego 1 cuando llegue la postemporada. Pero su aura de absoluta invulnerabilidad se ha reducido ligeramente: ha tenido algunas salidas más humanas y hoy ronda una efectividad de 2.86. Skenes, por su parte, conserva uno de los arsenales más impresionantes del beisbol, pero también ha atravesado una campaña con mayores oscilaciones que aquellas primeras etapas en las que parecía que nadie podía tocarlo. Nadie está diciendo que Luzardo sea automáticamente mejor que ellos. El punto es otro: mientras algunos de los grandes nombres han perdido una pequeña parte de aquel resplandor casi sobrehumano, Luzardo está llegando al momento decisivo pisando cada vez más fuerte.
Y ahí cambia la pregunta. En abril podemos discutir quién lanza más duro, quién tiene mejores métricas, quién posee el mayor techo o quién proyecta dominar durante la próxima década. En septiembre y octubre la pregunta es mucho más incómoda: ¿a quién le entregarías la pelota en un partido que no puedes perder? Misiorowski tiene argumentos. Skubal también. Skenes, naturalmente. Pero después de nueve entradas, dos hits y 12 ponches contra Atlanta, Luzardo acaba de exigir que su nombre aparezca también en esa conversación.
Para Philadelphia eso puede resultar enorme. Los Phillies poseen una ofensiva capaz de ganar partidos de distintas maneras. Está Schwarber, que volvió a demostrar que puede resolver una noche completa con un solo swing; está Bryce Harper, Trea Turner y un lineup con experiencia, poder y capacidad para producir. Pero octubre casi nunca lo gana exclusivamente el equipo que más batea. Una alineación extraordinaria puede pasar dos noches sin encontrar la pelota. El gran abridor reduce esa dependencia: si es capaz de convertir una carrera en suficiente margen, transforma por completo la estructura de una serie. Eso fue justamente lo que hizo Luzardo contra Atlanta: Schwarber produjo una; él convirtió esa única carrera en victoria.
Además existe un beneficio adicional: descansa y protege al bullpen. En la temporada regular un manager puede sobrevivir repartiendo entradas, utilizando tres o cuatro relevistas y esperando recuperarlos durante los días siguientes. En una serie corta, cada brazo utilizado hoy puede hacer falta mañana. Un abridor capaz de entregar siete, ocho o eventualmente nueve entradas modifica todas las decisiones posteriores. No significa que Luzardo tenga que completar partidos cada cinco días; eso prácticamente desapareció del beisbol moderno. Significa algo más valioso: que posee la capacidad de extender una apertura cuando el partido lo exige. Antes de esta salida ni siquiera había conseguido un out en la novena entrada de un juego de Grandes Ligas. Contra Atlanta terminó todo él mismo.
Y no era cualquier rival ni cualquier momento. Atlanta y Philadelphia están involucrados en una batalla que puede tener consecuencias directas sobre la siembra y los cruces de la Liga Nacional. Braves mantiene jerarquía, poder y una enorme experiencia competitiva; Phillies necesitaba evitar que aquella serie se inclinara demasiado hacia su rival. Grant Holmes mantuvo a Philadelphia sin carreras durante seis entradas y el partido llegó a la octava convertido prácticamente en un duelo de quién cometía primero el error. Schwarber encontró una pelota. Luzardo se aseguró de que Atlanta no encontrara ninguna equivalente. Philadelphia terminó dividiendo la serie de cuatro juegos y manteniéndose en la pelea.
Eso modifica también el mapa general de la Nacional. Milwaukee puede mirar a Misiorowski como un arma extraordinaria; Dodgers organiza octubre alrededor de Skubal, Yamamoto y toda la profundidad que consiga recuperar; Pittsburgh sabe que Skenes puede dominar a cualquiera; Atlanta tiene sus propios brazos. Philadelphia ahora puede empezar a mirar a Luzardo no como un buen complemento de la rotación, sino como un pitcher al que quizá pueda entregarle uno de los juegos más importantes de una serie. Eso vuelve a los Phillies bastante más peligrosos de lo que ya eran.
No conviene exagerar. Un juego completo no convierte automáticamente a nadie en Cy Young ni desplaza a los grandes ases de la liga. Misiorowski sigue siendo una de las historias más impresionantes de 2026; Skubal conserva experiencia, comando y capacidad para dominar; Skenes tiene herramientas que muy pocos pitchers poseen. Pero la postemporada tiene una particularidad: no pregunta quién fue más espectacular durante seis meses. Pregunta quién está mejor esa noche.
Y Luzardo está llegando muy bien.
Quizá ésa sea la verdadera noticia detrás del 1-0. No las nueve entradas. No los 12 ponches. Ni siquiera los dos hits permitidos.
La noticia es que Philadelphia puede haber encontrado, justo cuando octubre empieza a acercarse, otro pitcher capaz de apropiarse completamente de un juego.
Eso impacta al equipo, altera posibles cruces y agrega otro nombre a una Liga Nacional que comienza a reunir una colección formidable de brazos para la postemporada.
En abril preguntamos quién tiene mejores herramientas.
En septiembre preguntamos quién llega mejor.
Y en octubre sólo importará una cosa:
¿a quién le entregas la pelota cuando perder significa irte a casa?
Después de nueve entradas, dos hits, 12 ponches y una sola carrera de apoyo ante Atlanta, Jesús Luzardo acaba de ofrecer una respuesta bastante convincente.
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