Hubo una época no demasiado lejana en la que hablar de Houston Astros era hablar casi automáticamente de octubre. Durante años fueron uno de los grandes poderes de la Liga Americana: ganaban su división, superaban las 100 victorias, llegaban una y otra vez a la Serie de Campeonato y construyeron una generación de peloteros que convirtió a la franquicia en referencia obligatoria. Ese Houston ya no existe exactamente como lo conocimos. Han salido figuras, otras envejecieron, aparecieron lesiones, el roster perdió profundidad y el dominio dejó de ser abrumador. Pero hay algo que parece permanecer: Astros todavía sabe sobrevivir.
José Altuve es probablemente el mejor hilo conductor para entender toda la historia. Estuvo cuando Houston dejó de ser un equipo perdedor para convertirse en contendiente, estuvo en el campeonato de 2017, sobrevivió a la enorme polémica que vino después, continuó cuando salieron George Springer y Carlos Correa, permaneció mientras cambiaban managers, pitchers y piezas importantes, y volvió a ser campeón en 2022. Por su lado desfilaron nombres como Springer, Correa, Alex Bregman, Yordan Álvarez, Justin Verlander, Dallas Keuchel, Gerrit Cole, Lance McCullers Jr., Kyle Tucker y tantos otros. Algunos permanecieron años, otros se marcharon rápidamente, pero durante casi una década Houston encontró la manera de reemplazar talento sin perder competitividad.
Naturalmente, en medio de aquella época quedó el escándalo del robo de señas. Y aquí conviene precisar las cosas. Descifrar las señas del rival utilizando observación, inteligencia y capacidad para detectar patrones ha sido históricamente parte del beisbol; lo que MLB determinó en el caso Astros fue distinto: se utilizaron medios electrónicos para obtener información en tiempo real y transmitirla al bateador, lo que violaba las reglas. Hubo investigación formal, sanciones, suspensión del manager A.J. Hinch y del gerente general Jeff Luhnow, multa de cinco millones de dólares y pérdida de selecciones altas del Draft. Por tanto, no fue simplemente una controversia inventada por adversarios dolidos. Hubo una infracción y hubo castigo. Pero tampoco sería correcto reducir toda la historia de aquellos Astros a eso. Después de la sanción Houston siguió compitiendo, volvió a la Serie Mundial y finalmente conquistó otra en 2022, bajo otro escenario, otro manager y sin que aquella estructura ilegal pudiera explicar lo que ocurrió años después. Esa continuidad demostró que existía algo mucho más profundo que un sistema para conocer pitcheos: había scouting, desarrollo, construcción de roster, experiencia y una cultura competitiva capaz de sobrevivir incluso a uno de los golpes institucionales más fuertes que haya sufrido una franquicia moderna.
El problema es que el tiempo cobra facturas. Houston ya no tiene la misma profundidad. En 2024 tuvo que remontar un inicio espantoso —llegó a encontrarse alrededor de diez juegos detrás de Seattle— y aun así terminó ganando el Oeste, aunque fue eliminado inmediatamente en la ronda de comodines. En 2025 ocurrió algo todavía más revelador: terminó con 87 victorias, empató por el último Wild Card y quedó fuera mediante el criterio de desempate. Después de ocho años consecutivos apareciendo en postemporada, Astros vio octubre desde casa. Y sin embargo aquí está otra vez. En 2026 no está arrasando. Ni remotamente. Lidera el Oeste de la Americana apenas por encima de .500 y lo hace dentro de una división que hoy puede considerarse la más floja de la liga. No tiene aquel aire de súper equipo que intimidaba desde abril ni parece encaminado a 100 triunfos. Ha tenido que arañar victorias, recomponer la rotación, administrar lesiones y sobrevivir semanas de enorme irregularidad. Pero cuando empezó septiembre volvió a ganar, enlazó siete triunfos en nueve juegos y, sin hacer demasiado ruido, regresó al lugar donde tantas veces estuvo: primero de su división y mirando hacia octubre.
¿Es mérito menor porque el Oeste está débil? No. Es una circunstancia favorable, desde luego, pero el formato no pregunta si la división que ganaste era la más poderosa del beisbol. Pregunta si terminaste arriba. Y el equipo que consiga ese boleto no tendrá que disculparse cuando empiece la postemporada. Octubre borra rápidamente muchas diferencias construidas durante seis meses. Ahí aparece el peligro. Houston quizá ya no pueda someter durante una temporada completa a los mejores equipos de MLB, pero todavía conserva gente que sabe exactamente qué significa jugar cuando cada out pesa diferente. Altuve sigue ahí. Yordan Álvarez puede transformar un partido con un swing. Carlos Correa volvió a casa y conoce ese entorno como pocos. Isaac Paredes aporta poder y producción. Josh Hader acaba de alcanzar los 250 salvamentos y, cuando está bien, continúa siendo uno de los relevistas más difíciles de enfrentar. Cristian Javier ha dado señales alentadoras. No es aquella máquina perfecta, pero todavía reúne suficientes piezas peligrosas como para que nadie quiera enfrentarlo despreocupadamente en una serie corta.
Eso puede ser precisamente lo más interesante del Houston actual: ya no carga sobre los hombros el peso de ser “el súper equipo”. Durante años llegaba obligado a ganar. Todo lo que no fuera Serie Mundial parecía fracaso. Hoy puede entrar por una división modesta, con récord poco impresionante y sin ocupar el primer lugar en las listas de favoritos. Y quizá eso lo haga incluso más incómodo. Un Astros de 100 victorias generaba respeto y presión. Este Houston genera dudas. Pero una serie corta no se juega contra el récord de abril a septiembre; se juega contra los pitchers que tienes enfrente esa noche, contra un lineup que puede encontrar un cuadrangular oportuno y contra un bullpen al que quizá tengas que resolverle seis outs. Ahí es donde la experiencia comienza a valer.
No estoy diciendo que Houston sea el favorito para ganar la Serie Mundial. Hoy existen equipos más profundos, más consistentes y probablemente mejor construidos. Milwaukee, Dodgers, Atlanta, Tampa Bay, Yankees y varios más pueden presentar argumentos superiores. Pero eso es hoy. Y esto es beisbol. En octubre hemos visto desaparecer en tres juegos a equipos extraordinarios y convertirse en campeones a clubes que simplemente encontraron su mejor versión en el momento correcto. Houston lo sabe mejor que casi nadie.
Ya no domina como antes. Ya no asusta por el simple hecho de aparecer. Ya no parece inevitable. Pero sigue respirando. Y mientras siga respirando, sería un error darlo por muerto.
@salvadorcosio1
















