Randy Arozarena volvió a hacerlo en Fenway. Primero conectó un cuadrangular y después repitió al día siguiente, además de seguir aportando con el guante y con esa energía que lo ha convertido en uno de los peloteros mexicanos más reconocibles de los últimos años. Andrés Muñoz continúa respondiendo cuando Seattle necesita cerrar partidos; Isaac Paredes sigue produciendo en Houston; Jonathan Aranda mantiene presencia ofensiva en Tampa Bay; Jarren Durán continúa siendo pieza importante en Boston y Javier Assad sigue siendo un brazo que merece atención. Los mexicanos están ahí, produciendo, resolviendo y sosteniéndose en Grandes Ligas. Lo curioso es que no todos reciben la misma cantidad de reflectores.

Y no tiene que ver únicamente con rendimiento. Tiene que ver con el uniforme, con la ciudad, con el tamaño del mercado y con la maquinaria mediática que rodea a determinadas organizaciones. Si Randy Arozarena estuviera haciendo exactamente lo mismo vestido de Yankee, Dodger, Red Sox o Met, cada cuadrangular tendría una dimensión distinta. Las repeticiones aparecerían durante horas, los análisis serían más abundantes, los debates más extensos y probablemente su temporada estaría siendo narrada de otra manera. No porque Seattle sea irrelevante, sino porque Grandes Ligas también se juega fuera del terreno: hay mercados gigantescos que amplifican cada acontecimiento y otros que obligan al pelotero a producir más para recibir la misma atención.

Eso sucede también con Isaac Paredes. Es un bateador con poder, disciplina y capacidad para producir carreras, pero buena parte de su carrera ha transcurrido lejos de los escaparates mediáticos más estridentes. Jonathan Aranda ha tenido que abrirse paso en Tampa Bay, una organización extraordinariamente eficiente para desarrollar talento pero históricamente alejada del ruido mediático de Nueva York, Los Ángeles o Boston. Andrés Muñoz puede entrar en la novena entrada con corredores en circulación, lanzar por encima de las cien millas y resolver un partido, y aun así su actuación tendrá una exposición menor que la de un cerrador de Yankees haciendo exactamente lo mismo en el Bronx.

Ahí aparece una paradoja interesante. Para evaluar a un jugador solemos decir que importan sus números, su capacidad para producir y lo que hace cuando el juego está en riesgo. En teoría es correcto. En la práctica, la percepción pública también se construye con exposición. Un jonrón en Yankee Stadium puede transformarse inmediatamente en narrativa nacional; uno en Seattle quizá termine siendo apenas parte del resumen nocturno. Un salvamento de Dodgers puede convertirse en conversación durante todo el día siguiente; uno de un equipo con menor penetración mediática puede desaparecer en unas horas. El rendimiento es el mismo. Lo que cambia es cuántas cámaras están mirando.

Arozarena es un buen ejemplo porque combina rendimiento y personalidad. No necesita demasiado para llamar la atención: juega con intensidad, celebra, corre, defiende y tiene esa capacidad especial para aparecer cuando el juego se calienta. En Fenway volvió a demostrarlo. Y eso nos recuerda que el pelotero mexicano actual ya no debe verse únicamente bajo la lógica de “a ver si consigue mantenerse en Grandes Ligas”. Hay varios que no solamente pertenecen al nivel, sino que son protagonistas dentro de sus organizaciones. Paredes produce. Muñoz domina entradas finales. Aranda batea. Durán genera presión con velocidad, contacto y agresividad. Assad ha demostrado que puede sacar outs en el máximo nivel. El problema no es encontrar ejemplos; el problema es que muchas veces hay que buscarlos porque no todos vienen acompañados de una enorme campaña mediática.

También debemos reconocer que los equipos de gran mercado construyen leyendas con mayor rapidez. Yankees, Dodgers, Red Sox y Mets poseen una maquinaria histórica, económica y comunicacional que multiplica el impacto de cualquier figura. Eso no es necesariamente injusto; es parte de la realidad del deporte profesional. Tienen millones de aficionados, cobertura nacional e internacional y una presión permanente. Jugar ahí también implica otro nivel de exigencia. Pero sí significa que debemos aprender a separar exposición de rendimiento. Que un pelotero aparezca menos en televisión no quiere decir que esté haciendo menos.

Para México eso es particularmente importante. Durante décadas celebramos simplemente tener representación en Grandes Ligas. Hoy el análisis debe ser más exigente. Ya no se trata sólo de contar cuántos mexicanos están en roster, sino de observar qué están haciendo, qué responsabilidades tienen y cuánta influencia ejercen dentro de sus equipos. Hay relevistas de alta presión, bateadores de poder, jugadores de todos los días y jóvenes que todavía buscan consolidarse. La presencia mexicana es más amplia de lo que muchas veces parece porque la conversación pública se concentra inevitablemente en unos cuantos clubes.

Y quizá por eso vale la pena mirar un poco más allá de los reflectores. No todo sucede en Nueva York. No todo sucede en Los Ángeles. No todo pasa por Boston. Hay grandes actuaciones en Seattle, Houston, Tampa Bay y otras plazas donde los mexicanos siguen construyendo temporadas importantes sin que cada batazo o cada ponche se convierta automáticamente en noticia nacional.

Randy Arozarena volvió a vencer el muro de Fenway y seguramente seguirá dando motivos para hablar de él. Paredes, Muñoz, Aranda, Durán, Assad y otros continuarán haciendo su trabajo. Algunos tendrán noches espectaculares; otros serán determinantes con un batazo, un relevo o una jugada defensiva que quizá no llegue a todos los resúmenes.

Pero eso no modifica lo esencial.

El talento no cambia por el uniforme. Lo que cambia es cuántas cámaras están mirando.

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