Cada temporada aparecen conteos sobre cuántos mexicanos juegan en las Grandes Ligas y casi siempre surge el mismo problema: se considera únicamente a quienes nacieron físicamente en territorio nacional. Es una manera sencilla de contar, pero jurídicamente incompleta y, en algunos casos, injusta.
Porque mexicano no es solamente quien nace en México.
Nuestra legislación reconoce tanto el ius soli como el ius sanguinis: son mexicanos por nacimiento quienes nacen en territorio nacional, pero también quienes nacen en el extranjero siendo hijos de padre o madre mexicanos. Después están quienes adquieren nuestra nacionalidad por naturalización. Y existe una categoría distinta: peloteros de raíces mexicanas, muchas veces nietos de mexicanos o con vínculos familiares más lejanos, que han abrazado al país, han representado a México y han sido adoptados afectivamente por nuestra afición, aunque jurídicamente no necesariamente sean mexicanos.
La distinción importa, porque durante muchos años vimos estadísticas que hablaban de “los mexicanos en Grandes Ligas” y dejaban fuera, por ejemplo, a Adrián González o Sergio Romo sólo porque habían nacido en Estados Unidos. Eso era incorrecto. Si un jugador nació fuera del país, pero es hijo de padre o madre mexicanos, es mexicano por nacimiento y de pleno derecho; no es un extranjero “asimilado” ni simplemente un pelotero de ascendencia mexicana.
Hoy tenemos ejemplos claros. Marcelo Mayer, de los Red Sox de Boston, nació en Chula Vista, California, pero sus padres son mexicanos. Mayer es mexicano por ius sanguinis. Lo mismo ocurre con Jarren Durán, también de Boston, nacido en California pero hijo de padre mexicano. Su lugar de nacimiento estadounidense no reduce en absolutamente nada su condición jurídica como mexicano.
Después aparece un caso diferente pero igualmente indiscutible: Randy Arozarena, de los Mariners de Seattle. Nació en Cuba, adquirió legalmente la nacionalidad mexicana y es mexicano por naturalización. Punto. No necesita comillas ni explicaciones para reconocerlo como tal. Y además atraviesa uno de los momentos más espectaculares entre todos nuestros representantes en MLB: poder, velocidad, defensa, personalidad y una creciente capacidad para convertirse en el imán ofensivo de Seattle.
Entre los mexicanos nacidos en territorio nacional —ius soli— encontramos una representación mucho más amplia de lo que algunos conteos tradicionales sugieren. Alejandro Kirk, tijuanense y receptor de los Blue Jays de Toronto, sigue siendo una de las piezas mexicanas más completas en la gran carpa, aportando tanto detrás como delante del plato. Incluso sus nuevos arreos, combinando símbolos de Toronto y Tijuana, llamaron la atención porque resumen perfectamente su identidad: juega para una organización canadiense, pero nunca esconde de dónde viene.
Isaac Paredes, con los Astros de Houston, permanece entre nuestros bateadores de mayor poder y disciplina; Jonathan Aranda, con Tampa Bay, continúa consolidando su lugar en Grandes Ligas, y Andrés Muñoz, con Seattle, ya alcanzó los 100 salvamentos con los Mariners y sigue siendo uno de los cerradores más intimidantes de todo el beisbol, no solamente entre los mexicanos.
También está Javier Assad, con los Cubs de Chicago, quien ha vuelto a mostrar que puede ser útil tanto iniciando como desde el relevo; Manuel Rodríguez, yucateco y pitcher de los Rays, recién regresó al roster de Grandes Ligas después de una larga rehabilitación y fue activado de la lista de lesionados de 60 días el 23 de agosto.
A esa camada hay que sumar a Daniel Duarte, actualmente con los Mets de Nueva York, quien ha sido llamado varias veces durante la campaña y recientemente incluso consiguió un salvamento; Ramón Urías, hoy con los Cardinals de St. Louis y recién reactivado; José Urquidy; y Samy Natera Jr., nacido en Ciudad Juárez y debutante este mismo año con los Angels. Natera ha tenido una irrupción especialmente interesante: 22 apariciones, efectividad de 2.08 y 40 ponches en 26 entradas antes de entrar recientemente a la lista de lesionados por espasmos en la espalda.
También debemos mencionar a Luis Gastélum, nacido en Los Mochis, quien debutó este año con los Cardinals y ha ido ganando espacio desde el bullpen. No llegó simplemente a completar un roster: ha respondido bien y su manager incluso destacó desde su debut el temple con que recibió la pelota en una situación complicada.
Y todavía aparecen nombres como Gerardo Carrillo, que ha tenido presencia con Arizona durante esta campaña, además de otros mexicanos que han transitado entre el roster activo y las sucursales. Justamente por eso una lista seria no debe confundirse con la fotografía de un solo día: un jugador puede estar activo, lesionado u opcionado y seguir formando parte del universo ligamayorista de 2026.
Ahora bien, también existe otro grupo que merece todo nuestro reconocimiento, pero que debe ser descrito con precisión: peloteros de profundas raíces mexicanas que han representado a México o han manifestado un vínculo genuino con el país, pero cuya nacionalidad mexicana no debemos dar por acreditada sólo por su participación en el Clásico Mundial.
Ahí aparecen Alek Thomas, actualmente con los Dodgers de Los Ángeles y recién llamado al primer equipo, donde respondió casi inmediatamente con un hit productor; Patrick Sandoval, con Boston; Brennan Bernardino; Robert García; Taijuan Walker; Joey Ortiz; Nick Gonzales; Taj Bradley; JoJo Romero; Anthony Banda; Jeremiah Estrada; Victor Vodnik; Casey Schmitt y otros con ascendencia y vínculos familiares mexicanos. Varios han representado oficialmente a México, pero las reglas del Clásico permiten hacerlo bajo criterios de elegibilidad más amplios que la ciudadanía estricta.
También está José Trevino, actualmente con Cincinnati y recordado especialmente por sus años con Yankees, donde llegó incluso a ganar el Guante de Platino. Tiene vínculos familiares mexicanos y ha estado ligado a la representación nacional, pero su caso debe colocarse en la categoría correspondiente mientras no esté plenamente acreditada su condición jurídica como mexicano.
Y ahí está precisamente el punto central.
Reconocer que Mayer o Durán son mexicanos de pleno derecho no disminuye en nada el valor de Thomas, Sandoval, Bernardino, Walker, Ortiz o cualquiera de quienes por ascendencia han decidido abrazar a México. Tampoco reconocer la condición de mexicano naturalizado de Arozarena lo hace menos mexicano que quien nació en Tijuana, Hermosillo o Guadalajara.
Son situaciones jurídicas distintas y todas deben llamarse correctamente.
Eso también evita otro error frecuente: convertir automáticamente en “mexicano” a todo jugador que participa con México en el Clásico Mundial. El torneo permite representar a un país por ciudadanía, nacimiento, filiación y otros vínculos familiares. La elegibilidad deportiva y la nacionalidad jurídica no son exactamente lo mismo.
Por eso conviene poner orden.
Tenemos mexicanos por ius soli: nacidos en nuestro territorio.
Mexicanos por ius sanguinis: nacidos fuera, pero hijos de mexicanos.
Mexicanos naturalizados, como Arozarena.
Y peloteros de raíces mexicanas que han abrazado al país y a quienes México ha correspondido con enorme afecto, aun cuando jurídicamente su situación sea otra.
Todos forman parte de esta historia.
Pero no todos de la misma manera.
Y quizá ése sea precisamente uno de los aspectos más interesantes de la actual presencia mexicana en las Grandes Ligas. No se trata únicamente de contar cuántos hay, sino de entender correctamente quiénes son.
Porque los mexicanos en MLB son más de los que muchas listas tradicionales reconocen.
Y algunos que durante años fueron presentados simplemente como “mexicoamericanos” son, por derecho propio y sin necesidad de concesiones, mexicanos.
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