Charros de Jalisco terminó su participación en la temporada veraniega al caer ante Toros de Tijuana. Lo hizo peleando, sin ser aplastado y manteniéndose competitivo frente al mejor equipo de la Zona Norte durante buena parte de la serie. Pero en playoffs eso no alcanza. En los últimos juegos disputados en Zapopan quedó una sensación bastante clara: Charros tuvo oportunidades, pero no culminó bien la tarea; le faltó el fuaaaaa. Ese ingrediente difícil de medir, pero muy fácil de reconocer cuando aparece: intensidad para ejecutar, temple para no regalar nada, bateo oportuno, defensa limpia, pitcheo capaz de responder bajo presión y, sobre todo, disposición para hacer correctamente las pequeñas cosas cuando una temporada depende de ellas.
El último juego lo resumió de manera casi perfecta. Charros y Toros llegaron empatados a dos carreras a la décima entrada y, apenas comenzando la parte alta, Franchy Cordero se fue sobre el primer lanzamiento de A.J. Puckett y lo mandó detrás de la barda para colocar a Tijuana arriba 3-2. Un lanzamiento, un swing y la serie volvió a inclinarse. Charros todavía tuvo el cierre de la décima para responder. Logró colocar gente en las bases y mantuvo viva la posibilidad del empate, pero nuevamente faltó el batazo oportuno. Brett de Geus, el cerrojero de Tijuana, conservó el temple, consiguió los outs que necesitaba y terminó bajando la cortina. Ahí estuvo buena parte de la diferencia: Toros produjo cuando debía producir y cerró cuando debía cerrar.
Charros, en cambio, generó situaciones, pero demasiadas veces dejó gente esperando el batazo que nunca llegó. Mateo Gil, Willie Calhoun, Kyle Garlick, Gilberto Jiménez y compañía tuvieron momentos para responder, pero la ofensiva no encontró con suficiente frecuencia ese imparable que transforma un juego cerrado. No fue ausencia absoluta de bateo; fue falta de bateo oportuno. Y tampoco fue únicamente asunto de la ofensiva. En postemporada pesa muchísimo el bullpen y, particularmente, el cerrojero. Tan importante como fabricar una ventaja es conservarla. Cuando los marcadores se aprietan y cada carrera vale oro, el relevista que entra en la séptima, octava, novena o incluso décima entrada puede terminar siendo tan importante como quien produjo las carreras.
Tijuana tuvo en de Geus un brazo capaz de recibir una ventaja mínima y convertirla en triunfo. Charros no encontró la misma consistencia. Su bullpen ofreció buenos momentos, pero también falló cuando menos margen había para hacerlo. Y en playoffs un relevo que no consigue los outs necesarios puede borrar en minutos todo lo construido durante siete, ocho o hasta nueve entradas. No fue sólo lo ocurrido en el último cotejo. En los encuentros disputados en Zapopan hubo momentos en los que Charros pudo inclinar la balanza y no lo consiguió. Perdió primero 2-1; después cayó 7-2 en un partido interrumpido por la lluvia y concluido al día siguiente, y finalmente perdió 3-2 en diez entradas. Los marcadores, salvo el segundo, reflejan una serie competitiva. Pero el beisbol no premia la cercanía: premia al que ejecuta.
Toros tuvo un desempeño mucho más sólido durante la temporada regular y llegó como favorito. Charros, en cambio, mostró demasiados altibajos e irregularidad entre sus distintas áreas. Avanzó a esta ronda de panzazo, gracias al sistema del mejor perdedor, y aun así consiguió ganar un juego en Tijuana y competirle al poderoso conjunto fronterizo. Eso tiene mérito, pero también hay que decirlo con claridad: Tijuana fue mejor y ganó bien. No necesariamente porque haya sido infinitamente superior en talento durante estos partidos, sino porque hizo mejor las cosas importantes. Aprovechó sus oportunidades, ejecutó correctamente, cometió menos errores, produjo en los momentos decisivos y tuvo mayor contundencia desde el relevo. Eso distingue a un equipo ganador en playoffs.
Charros tuvo buenos momentos ofensivos, pero le faltó oportunidad; su pitcheo ofreció actuaciones valiosas, aunque no siempre consiguió contener al rival cuando era indispensable; y hubo errores y descuidos que en temporada regular pueden quedar como anécdota, pero en postemporada se convierten en condena. Ésa debe ser la principal enseñanza. El verano de 2026 representa un retroceso respecto de lo conseguido un año antes. En 2025, Charros fue campeón de la Zona Norte después de eliminar precisamente a Toros y llegó hasta la Serie del Rey, donde Diablos lo barrió. Esta vez, el equipo nunca terminó de encontrar la regularidad necesaria y se despidió antes.
Ahora toca revisar el pitcheo, particularmente el bullpen; la profundidad del roster; la defensa; el bateo oportuno y la capacidad para ejecutar bajo presión. Sobre todo, habrá que construir para 2027 un equipo que no dependa de reaccionar cuando ya se encuentra contra la pared. La afición respondió. Quizá el respaldo durante el verano no tuvo la intensidad que suele verse en la temporada invernal, pero el Panamericano tuvo ambiente, esperanza y gente dispuesta a acompañar a su equipo hasta el último out. Charros también peleó hasta el final. Eso se reconoce. Pero pudo haber dado más.
Ahora viene otro capítulo para los albiazules. En menos de dos meses comenzará la campaña invernal 2026-27, terreno en el que Charros posee una estructura más sólida, títulos recientes y argumentos suficientes para volver a pensar seriamente en competir por el campeonato. Será otro equipo, otro torneo y otra historia. Pero mientras Charros empieza a pensar en el invierno y, desde ahora, en la reconstrucción del verano de 2027, la Liga Mexicana sigue su marcha y el panorama de la postemporada comienza a adquirir una forma muy interesante.
Toros de Tijuana, verdugo de los jaliscienses y mejor conjunto del norte durante el calendario regular, aparece hoy como uno de los candidatos más sólidos para llegar hasta la Serie del Rey y, quizá, conquistarla. No porque sea invencible, porque no lo es, sino porque ha mostrado exactamente aquello que se necesita cuando empieza a escasear el margen de error: regularidad, profundidad, bateo capaz de aparecer en el momento preciso, pitcheo suficiente y capacidad para ejecutar las pequeñas cosas. En una serie larga puede discutirse cuál roster tiene más talento. En postemporada importa muchísimo quién sabe utilizar mejor lo que tiene. Y Toros lo está haciendo.
El panorama en el sur, además, podría terminar favoreciendo todavía más esa condición de favorito. Diablos Rojos, el gran poder de los últimos años y el equipo que barrió a Charros en la pasada Serie del Rey, está metido en problemas frente a Pericos de Puebla.
Si los escarlatas terminan desbarrancándose, desaparecería del camino uno de los adversarios que, por nómina, profundidad y experiencia, parecía destinado a volver a pelear por el campeonato. Pero cuidado: el hecho de que un favorito caiga no significa automáticamente que el siguiente en la fila vaya a coronarse. Eso sería olvidar cómo funciona el beisbol. Pericos está demostrando precisamente que en octubre —o en estas semanas de agosto que ya se juegan como octubre— los antecedentes importan mucho menos que la ejecución presente.
Y tampoco hay que perder de vista a Guerreros de Oaxaca, que puede convertirse perfectamente en la gran sorpresa del sur. Existe además un elemento curioso en esa historia: Guerreros y Diablos forman parte de una relación histórica muy cercana bajo la familia Harp. Dos organizaciones hermanas que podrían terminar recorriendo caminos muy diferentes en esta postemporada. Si Diablos cae y Guerreros avanza, el supuesto “hermano menor” podría terminar ocupando el escenario que todos imaginaban reservado para los escarlatas.
Y ahí está justamente la belleza del beisbol. Hoy Toros puede ser el gran favorito. Por lo hecho durante toda la campaña, por cómo eliminó a Charros y por la forma en que viene jugando, tiene argumentos suficientes para recibir esa etiqueta. Pero todavía falta mucho. Una mala salida puede cambiar una serie. Un bullpen que se descompone puede destruir una ventaja. Un error defensivo puede abrir la puerta y un bateador encendido puede alterar por completo cualquier pronóstico.
Lo acabamos de ver con Charros. Compitió, estuvo cerca, tuvo oportunidades, pero Tijuana hizo mejor las cosas cuando realmente importaban. Ésa es la diferencia entre seguir jugando y empezar a pensar en la próxima temporada. Toros hizo valer su jerarquía y hoy parece tener todo para aspirar a la Serie del Rey; Pericos puede dinamitar cualquier pronóstico; Guerreros puede convertirse en la sorpresa, y Diablos, mientras siga con vida, jamás debe ser dado por muerto. Porque a estas alturas del año vuelve a imponerse una vieja verdad: los favoritos existen; las certezas no.
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