Cal Raleigh parecía haberse apagado. Después de una temporada 2025 extraordinaria, en la que conectó 60 cuadrangulares, produjo 125 carreras y terminó segundo en la votación al Jugador Más Valioso de la Liga Americana, el catcher de Seattle entró en 2026 cargando una expectativa enorme. Y durante buena parte del año no pudo responder a ella. Su producción cayó, el promedio se hundió y durante semanas pareció una sombra del bateador que apenas unos meses antes había protagonizado una de las temporadas ofensivas más impresionantes que se recuerden para un receptor. La pregunta comenzó a aparecer inevitablemente: ¿había sido 2025 una campaña irrepetible o simplemente estábamos viendo a un gran bateador atravesando una prolongada mala racha?
Entonces despertó. Primero apareció con un cuadrangular importante frente a Cubs y después llegó la explosión: tres bambinazos en un solo juego contra Philadelphia, la primera ocasión en su carrera en que consigue semejante hazaña. Seattle ganó 9-2 y Raleigh volvió a parecerse, al menos durante una noche, al monstruo ofensivo que aterrorizó pitchers durante toda la campaña pasada.
Tres jonrones no borran cinco meses complicados, pero tampoco pueden ser ignorados. Porque una cosa es conectar un vuelacercas aislado dentro de una campaña difícil y otra muy distinta es salir de un periodo de baja producción con una demostración semejante de poder. Raleigh no sólo encontró tres pitcheos para mandar fuera del parque; volvió a mostrar timing, paciencia y esa capacidad de castigar errores que durante 2025 lo convirtió en uno de los bateadores más temidos de las Grandes Ligas.
Y ahí comienza ahora una historia muy interesante para Seattle. Los Mariners han sobrevivido durante buena parte de 2026 sin tener al mejor Raleigh. Mientras él batallaba, Randy Arozarena asumió buena parte del protagonismo ofensivo, se convirtió en el gran imán del equipo y, durante las últimas semanas, prácticamente todo lo importante parecía pasar alrededor del mexicano. Randy ha puesto poder, velocidad, defensa y espectáculo. Raleigh tiene que aportar nuevamente la artillería pesada. Si ambos consiguen encenderse simultáneamente en el tramo final, Seattle podría presentar una ofensiva bastante diferente de la que hemos visto durante buena parte de la temporada.
Eso no es un asunto menor. La llegada de septiembre cambia completamente la naturaleza del calendario. Cada juego comienza a pesar más, las derrotas dejan de ser accidentes recuperables y los equipos que pelean por octubre necesitan que sus figuras aparezcan. No basta con tenerlas en el roster: necesitan producir. Raleigh sabe perfectamente qué significa cargar con una ofensiva. Lo hizo durante buena parte de 2025 y estableció marcas extraordinarias para su posición. Pero también debe saber que intentar repetir exactamente aquella temporada era quizá una expectativa injusta.
Sesenta cuadrangulares no son una cifra normal. Ni siquiera para un gran jonronero. Mucho menos para un catcher que, además de batear, debe pasar buena parte de la campaña agachado detrás del plato, recibir más de cien lanzamientos por noche, bloquear pelotas, conducir a los pitchers, controlar corredores y soportar un desgaste físico que pocas posiciones conocen. Por eso quizá la pregunta correcta nunca debió ser si Raleigh podía volver a conectar 60. La pregunta debía ser si podía seguir siendo un bateador decisivo.
Y esa respuesta todavía está pendiente.
Su temporada 2026 ha sido demasiado irregular para declarar resuelto el problema después de una sola gran noche. Un partido de tres cuadrangulares puede convertirse en el punto de partida de una recuperación o simplemente quedar como una extraordinaria excepción dentro de una campaña complicada. Las próximas semanas lo dirán. Pero existen señales que invitan a pensar que algo puede estar cambiando: el swing volvió a aparecer, la pelota volvió a salir con violencia y, quizá más importante, Raleigh volvió a tener esa presencia en el plato que obliga al pitcher contrario a saber que un error puede terminar en las tribunas.
Eso modifica un lineup entero. Cuando un bateador de poder está apagado, el rival puede atacar de otra manera a quienes están alrededor. Cuando recupera su amenaza, cambia la selección de lanzamientos, aparecen más bases por bolas, se abren espacios para los compañeros y el orden ofensivo adquiere otra profundidad. Seattle necesita justamente eso.
Arozarena no puede hacerlo todo. Ningún jugador puede hacerlo. Randy puede ser el motor, el imán y el hombre capaz de cambiar un juego con las piernas, el guante o un cuadrangular, pero para que Mariners tenga verdadero peso en el tramo decisivo necesita que otros respondan. Y pocos pueden cambiar tanto el aspecto de esa ofensiva como Raleigh.
Por eso los tres bambinazos contra Philadelphia pueden significar mucho más que tres carreras anotadas en la estadística. Pueden representar el regreso de una amenaza. El problema será sostenerlo. El beisbol está lleno de noches extraordinarias que jamás se convirtieron en tendencias. Y el verdadero Raleigh que Seattle necesita no es necesariamente el que conecta tres jonrones cada vez que sale al terreno —eso sería imposible—, sino el que obliga a lanzar con cuidado, produce carreras, trabaja buenos turnos y castiga cuando el pitcher se equivoca.
Ese fue el bateador de 2025. Ese es el hombre que Mariners necesita recuperar. Porque ahora viene el momento en que los grandes nombres tienen que justificar su condición. Septiembre está encima, octubre empieza a asomarse y Seattle todavía tiene mucho por jugar. Randy Arozarena está encendido. Cal Raleigh acaba de despertar. Si ambos consiguen mantenerse así al mismo tiempo, los Mariners pueden convertirse en un equipo mucho más peligroso de lo que fueron durante buena parte del verano.
Tres jonrones no resuelven una temporada. Pero algunas veces bastan para despertar a un gigante. Y Seattle espera que éste finalmente haya abierto los ojos.
















