Ároldis Chapman acaba de entrar en un club extraordinariamente pequeño. Con su salvamento número 400 se convirtió apenas en el noveno pitcher en la historia de Grandes Ligas en alcanzar esa cifra, y lo hizo todavía lanzando rectas por encima de las 100 millas, a los 38 años y después de una carrera que parecía haber entrado en declive antes de encontrar una segunda juventud con Boston.
Delante de él están Billy Wagner con 422, John Franco con 424, Francisco Rodríguez con 437, Craig Kimbrel con 441, Lee Smith con 478, Kenley Jansen con 493, Trevor Hoffman con 601 y Mariano Rivera, en otra dimensión, con 652.
Llegar a 400 ya es una hazaña; alcanzar las cumbres superiores requiere algo todavía más complicado: dominar, mantenerse sano, conservar durante años el papel de cerrador y hacerlo en organizaciones que te entreguen una y otra vez la novena entrada. Por eso el caso de Chapman merece algo más que una felicitación. Su carrera ha tenido de todo: velocidad descomunal, dominio, lesiones, altibajos, cambios de equipo, etapas en las que dejó de ser cerrador principal y momentos en los que parecía que su lugar entre los grandes relevistas históricos ya estaba definido sin posibilidad de seguir creciendo. Y, sin embargo, aquí está. Volvió a cerrar juegos, volvió a ser confiable y volvió a acumular salvamentos al grado de colocarse entre los nueve mejores de todos los tiempos.
Chapman todavía puede escalar algunas posiciones. Wagner y Franco están cerca; Francisco Rodríguez y Kimbrel tampoco parecen inalcanzables si mantiene el nivel y prolonga suficientemente su carrera. Lee Smith podría incluso entrar en el horizonte. Pero de ahí a Hoffman y, sobre todo, a Rivera, existe un abismo. Y eso nos obliga a recordar algo que muchas veces se pierde cuando hablamos de cerradores: no basta con poseer un gran brazo. El salvamento es también una estadística de permanencia. Para llegar a 400 necesitas ser extraordinario durante muchísimo tiempo y, además, conservar el rol. Puedes ser uno de los mejores relevistas de tu generación y no acumular esa cantidad si tu manager te utiliza en la octava, si cambias de equipo, si compartes funciones, si una lesión te elimina una temporada o si la organización decide utilizar a su mejor brazo en la situación más importante y no necesariamente en el noveno episodio.
Por eso los 652 salvamentos de Mariano Rivera representan no sólo excelencia, sino una combinación casi irrepetible de talento, salud, longevidad y confianza absoluta de Yankees durante prácticamente dos décadas.
Y ahí vale la pena volver la mirada hacia México, porque hemos tenido relevistas de enorme nivel y algunos cerradores verdaderamente importantes. Joakim Soria terminó con 229 salvamentos, una cifra que quizá todavía no dimensionamos suficientemente. Durante varios años fue cerrador de élite, dos veces All-Star y uno de los brazos más confiables del beisbol.
Llegar a 200 rescates ya significa haber sostenido una función durísima durante mucho tiempo y Soria lo hizo con calidad. Sergio Romo, en cambio, representa perfectamente por qué una cifra de salvamentos no mide por sí sola la grandeza de un relevista. Cerró juegos, sí, pero también fue preparador, especialista para situaciones de máxima presión y hasta opener con Tampa Bay en aquel experimento de Kevin Cash que ayudó a popularizar una nueva manera de utilizar el bullpen. Sus 137 salvamentos cuentan solamente una parte de su carrera: ganó tres Series Mundiales y trascendió sin necesitar acumular cientos de rescates. Pero aquí hablamos precisamente de una marca estadística y, para perseguirla, hace falta algo adicional a lanzar extraordinariamente bien: pasar muchos años instalado en la novena entrada.
Roberto Osuna quizá sea el caso mexicano que más invita a preguntarse hasta dónde pudo haber llegado. Alcanzó 155 salvamentos siendo todavía muy joven y durante un periodo parecía encaminado a construir una de las carreras más importantes de un cerrador mexicano. Cumplió una suspensión de 75 juegos impuesta por MLB bajo su política de violencia doméstica; posteriormente, el proceso penal en Canadá terminó con el retiro del cargo y una peace bond que no implicó admisión de culpabilidad. Después de cumplir la sanción volvió a lanzar, Houston le entregó la novena entrada y todavía tuvo temporadas de gran nivel. No existe hoy una suspensión de MLB que jurídicamente le impida regresar y, en beisbol, nunca conviene afirmar que una puerta está cerrada para siempre. Pero el tiempo sí cuenta. Los años fuera de Grandes Ligas convierten cualquier aspiración de 300 o 400 salvamentos en algo muchísimo más improbable. No porque su talento haya sido menor, sino porque las marcas acumulativas exigen continuidad, y cada temporada perdida reduce drásticamente el terreno estadístico disponible.
El caso verdaderamente interesante hacia adelante es Andrés Muñoz. A los 27 años ya superó los cien salvamentos de por vida y eso permite hacer cuentas que con otros relevistas mexicanos ya no pueden hacerse. Si consigue mantenerse sano, conservar durante años la novena entrada de Seattle o de cualquier otro club y promediar alrededor de 30 rescates por temporada, superar los 229 de Soria parece perfectamente posible. Incluso los 300 dejan de ser una fantasía: necesitaría aproximadamente seis o siete temporadas de producción sostenida para alcanzarlos, algo difícil pero compatible con su edad si evita lesiones importantes y mantiene el rol. Llegar a 400 sería otra historia. Ahí necesitaría una longevidad extraordinaria, casi otra década de producción alta, y justamente ahí comienza a comprenderse mejor la dimensión de Chapman.
Ésa es la verdadera enseñanza de este tipo de marcas. No basta con lanzar bien. Tienen que coincidir demasiadas cosas: debutar relativamente joven, convertirse pronto en cerrador, mantenerse sano, jugar en equipos que generen suficientes oportunidades de salvamento, conservar la confianza del manager, evitar interrupciones largas y sobrevivir a los cambios naturales del propio beisbol. Cada vez más organizaciones utilizan a su mejor relevista en la situación más peligrosa y no necesariamente en la novena; los bullpens se especializan, los roles cambian y la estadística del salvamento se reparte más. Eso hace todavía más extraordinarias las grandes cifras históricas.
La comparación con Chapman sirve también para entender hasta qué punto la longevidad transforma una gran carrera en una carrera histórica. Ároldis no llegó a 400 por una temporada extraordinaria ni por dos. Llegó después de más de una década resolviendo juegos, sobreviviendo cambios físicos y aprendiendo a lanzar cuando la velocidad, aun siendo todavía formidable, ya no podía ser su única herramienta. Rivera hizo algo todavía más extraordinario: convirtió su cutter en una de las armas más reconocibles de la historia y durante casi veinte años Yankees pudieron entregarle la pelota con la convicción de que el partido estaba prácticamente terminado. Hoffman construyó algo parecido alrededor de su cambio de velocidad; Jansen prolongó su carrera con enorme consistencia y Kimbrel sobrevivió suficientes temporadas y altibajos para entrar también en esa conversación. La lista de los 400 no premia una explosión breve; premia prácticamente una vida entera resolviendo la última entrada.
Por eso resulta difícil imaginar hoy quién puede acercarse a 600. El beisbol moderno quizá no vuelva a producir fácilmente otro Rivera, no porque falten brazos extraordinarios, sino porque cada vez es menos frecuente mantener durante quince o veinte años un mismo rol de cerrador exclusivo. Incluso Chapman, con 400 y todavía tirando a enorme velocidad, necesitaría varias temporadas completas para acercarse siquiera a Hoffman. Rivera parece todavía más lejano. Y en México la pregunta ahora se vuelve especialmente atractiva: ¿podrá Muñoz superar a Soria? Todo indica que tiene edad y herramientas para intentarlo. ¿Puede llegar a 300? Sí, matemáticamente y deportivamente es posible. ¿A 400? Ahí entramos ya en un territorio donde el talento no alcanza por sí solo.
Romo nos recuerda que un relevista puede trascender sin perseguir una gran cifra de rescates. Osuna nos recuerda lo rápido que una trayectoria proyectada hacia números enormes puede interrumpirse. Soria dejó una vara altísima para México. Muñoz tiene hoy la oportunidad de intentar superarla. Y Chapman acaba de recordarnos lo extraordinariamente difícil que es convertir una gran carrera en una cifra histórica.
La marca es la marca.
Cerrar un juego es difícil; cerrar cientos es otra cosa. Llegar a 400 significa que durante muchísimos años, cuando el rival todavía tenía una última oportunidad, alguien recibió la pelota para impedírselo.
Chapman ya está entre los grandes. La pregunta ahora es cuánto más puede subir… y hasta dónde puede llegar Andrés Muñoz si el tiempo, la salud y el béisbol le permiten recorrer todo el camino.
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