Aunque las formas no fueron idénticas, la historia volvió al mismo sitio: México se quedó otra vez en octavos de un Mundial.
He visto ocho eliminaciones de la Selección Mexicana en esa instancia y todavía no cumplo 40 años. Ese es nuestro nivel.
Hay derrotas que duelen porque cierran un ciclo. Hay otras que deberían servir para abrir uno nuevo. Esta tendría que ser una de ellas.
Inglaterra no solo eliminó a México. También le puso frente al espejo varias verdades que solemos esquivar cuando el ambiente mundialista, la localía y la ilusión nos hacen pensar que el salto ya está dado por mera consigna.
México no tiene un futbol de primer mundo. No basta con correr, competir, meter la pierna, empujar desde la tribuna o jugar en casa. Todo eso ayuda, pero no reemplaza la jerarquía.
No tenemos jugadores diferenciales de la talla de Jude Bellingham o Harry Kane. Y en el futbol moderno, cuando los partidos se cierran, cuando el margen es mínimo y el error cuesta una eliminación, son ese tipo de futbolistas los que terminan resolviendo.
Nuestra Liga masculina lleva años dando un paso hacia adelante y dos hacia atrás. Nuestros recambios, en los momentos importantes, siguen emergiendo principalmente de plantillas de la Liga MX y no de los mejores equipos del mundo. Eso no es culpa de un jugador ni de un entrenador. Es el reflejo de un sistema.
La formación de futbolistas en México sigue atrapada en métodos obsoletos. En muchos casos, más que generar talento, lo domestica. Lo controla. Lo censura. Por eso Gilberto Mora no puede leerse como una consecuencia natural de nuestro futbol, sino como una anomalía luminosa dentro de él.
Lo raro era ganarle a Inglaterra. Lo lógico era perder como se perdió: sin ser goleados, sin ser arrollados, pero quedando por debajo en los detalles que separan a una buena selección de una selección preparada para ganar.
México no perdió por dos errores. Perdió porque en la cancha siempre termina apareciendo el cúmulo de factores que atraviesan a un futbol: su liga, su formación, su competencia interna, su roce internacional, su capacidad de producir élite, su manera de entender el juego.
México compite. México incomoda. México tiene talento. Probablemente sigue estando entre las mejores 15 selecciones del mundo.
Pero no está preparado para ganar.
La buena noticia, si es que hay una, es que el futbol da revanchas. Y la preparación no aparece por decreto ni por discurso: se construye transformando estructuras, dejando de proteger inercias e incorporando de verdad las metodologías más innovadoras del futbol contemporáneo.
Perder contra Inglaterra no debería ser el fin del mundo.
Debería ser el punto de inflexión donde México deje de preguntarse por qué no puede dar el salto y empiece, por fin, a construirlo.
















