Segunda y última parte

Cuando los rituales también forman parte del juego

En la primera parte hablamos de las rutinas, las cábalas y las supersticiones que acompañan a tantos peloteros. Hoy vale la pena ir un poco más lejos. Porque esos gestos aparentemente insignificantes no solo forman parte de la preparación individual; con el paso del tiempo terminan convirtiéndose en parte de la identidad del jugador, del equipo y, muchas veces, de la propia historia del beisbol.

Quien frecuenta un estadio aprende pronto que el Rey de los Deportes posee un lenguaje que no aparece en los reglamentos. Es un idioma hecho de señales, silencios, hábitos y pequeños rituales que todos conocen y casi nadie se atreve a interrumpir.

Los pitchers, quizá por ser quienes cargan con la responsabilidad de iniciar cada jugada, suelen ser los más celosos de sus rutinas. El mexicano Sergio Romo convirtió el montículo en un pequeño escenario personal. Antes de lanzar acomodaba cuidadosamente sus pies, dibujaba discretamente sobre la tierra con los spikes, repetía una secuencia perfectamente calculada de movimientos con las manos, ajustaba la gorra, acomodaba la manga del uniforme y solo entonces iniciaba el envío. Aquella rutina era tan característica como el mechón de cabello que sobresalía de su gorra y que terminó formando parte inseparable de su imagen.

Otro mexicano, Roberto Osuna, desarrolló su propio ritual. Antes de cada lanzamiento importante repetía una especie de cadencia con las manos y la pelota, ese inconfundible “toco, toco, toc… toco, toco, toco” que muchos aficionados aprendieron a reconocer. Cuando concluía una entrada importante levantaba el brazo y dirigía la mirada hacia el cielo, en un gesto de agradecimiento que se volvió parte de su sello personal.

Esa mirada al cielo inevitablemente trae a la memoria otra imagen inmortal: Fernando Valenzuela. Antes de iniciar su famoso movimiento, elevaba los ojos hacia lo alto como si buscara unos instantes de serenidad antes del siguiente lanzamiento. Aquella escena quedó grabada para siempre en la memoria del beisbol mundial y terminó siendo tan emblemática como su extraordinaria Fernandomanía.

Algunos lanzadores desarrollan incluso preferencias que involucran al equipo entero. No son pocos los que solicitan abrir sus juegos utilizando determinado uniforme porque consideran que les ha traído buena fortuna. Otros piden trabajar siempre con el mismo receptor, aunque estadísticamente no sea el catcher titular ni el más productivo ofensivamente. La confianza entre pitcher y catcher suele pesar mucho más que cualquier porcentaje. Hay baterías que permanecen unidas durante años porque ambos terminan pensando exactamente igual.

Los managers tampoco escapan a estas costumbres. Benjamín Gil, uno de los dirigentes más exitosos del beisbol mexicano contemporáneo, ha sido visto una y otra vez evitando pisar la raya de cal que divide el terreno bueno del foul cuando entra o sale del campo, una superstición tan antigua como el propio beisbol y compartida por infinidad de jugadores y estrategas alrededor del mundo.

Los bateadores poseen un universo propio de ceremonias. Shohei Ohtani utiliza cuidadosamente el bat para medir distancias, acomoda meticulosamente sus pies y repite una secuencia de movimientos antes de muchos turnos. Jesús “Jesse” Castillo acostumbró durante años blandir el bat verticalmente varias veces antes de adoptar su posición definitiva. Nomar Garciaparra hizo célebre aquella interminable coreografía acomodándose guantes, mangas y uniforme entre lanzamiento y lanzamiento. Wade Boggs convirtió en tradición comer pollo antes de cada partido y seguir exactamente la misma rutina durante toda su carrera. Turk Wendell llevó las supersticiones al extremo con un repertorio de hábitos que hoy forman parte del folclor de las Grandes Ligas.

También hay rituales que terminan definiendo la personalidad visual de un jugador. Elly De La Cruz ha hecho del paliacate que cuelga de su bolsillo trasero una imagen inseparable de su presencia en el terreno. José Altuve celebra algunos de sus momentos más importantes con un característico bamboleo y movimientos dirigidos hacia el dugout, mientras Randy Arozarena ha popularizado gestos que realiza después de grandes atrapadas defensivas y que hoy son imitados por niños, aficionados e incluso peloteros de otros equipos.

El beisbol moderno ha incorporado además un elemento que hace apenas unas décadas no existía: la música como parte del ritual competitivo. Hoy cada pelotero elige cuidadosamente la melodía con la que caminará hacia la caja de bateo. No es únicamente un recurso para animar al público; es una forma de entrar en sintonía con el momento. Hay quienes mantienen la misma canción durante toda una temporada porque sienten que forma parte de su preparación emocional.

Pocas entradas al terreno son tan esperadas como la del cerrador Edwin Díaz, acompañada por las trompetas de Narco, convertidas ya en un símbolo del beisbol contemporáneo. La música dejó de ser un acompañamiento para transformarse en parte de la personalidad del jugador.

Existen además supersticiones colectivas que ningún veterano se atrevería a desafiar. Cuando un pitcher está construyendo un juego sin hit ni carrera, el silencio se apodera del dugout. Nadie menciona la posibilidad de la hazaña. No existe una regla escrita, pero todos conocen esa tradición. De la misma forma, hay equipos que evitan modificar un line up cuando atraviesan una buena racha, jugadores que ocupan siempre el mismo asiento en la banca, otros que salen al terreno en idéntico orden y algunos que jamás cambian de guantes, bat o protector mientras las cosas marchen bien.

Ni siquiera los umpires son ajenos a este universo. Muchos ajustan siempre su careta de la misma manera, revisan el cepillo con idénticos movimientos antes del primer lanzamiento o siguen pequeñas rutinas que les permiten alcanzar el nivel de concentración que exige una labor tan compleja y tan pocas veces reconocida.

La psicología deportiva explica buena parte de estas conductas. Los rituales reducen la ansiedad, fortalecen la concentración y ayudan al atleta a controlar aquello que depende de él antes de enfrentarse a lo impredecible. Sin embargo, el beisbol siempre ha reservado un espacio para lo inexplicable. Ningún algoritmo puede medir la tranquilidad que proporciona una oración, un gesto aprendido del padre, un escapulario, una melodía, una rutina o un pequeño amuleto guardado desde las ligas infantiles.

Y quizá ahí reside una de las mayores grandezas de este deporte.

Ninguna disciplina ha abrazado con tanto entusiasmo la estadística, la tecnología y la sabermetría como el beisbol. Pero, al mismo tiempo, pocas conservan con tanto respeto esos pequeños actos de fe que jamás aparecerán en un libro de récords.

Al final, ninguna cábala conecta un cuadrangular ni poncha a un rival. Ningún ritual desvía por sí solo la trayectoria de una pelota. Pero todos ellos pueden fortalecer algo infinitamente más importante: la confianza de quien entra al terreno convencido de que está preparado para competir.

Y la confianza, esa sí, ha decidido innumerables partidos a lo largo de la historia.

Por eso, cuando un bateador acomoda una vez más sus guantes, un pitcher vuelve a dibujar discretamente sobre el montículo, Fernando Valenzuela levanta los ojos al cielo, Benjamín Gil evita pisar la raya de cal, Sergio Romo acomoda su mechón de cabello, Roberto Osuna repite su inconfundible ritmo con las manos, Elly De La Cruz deja ondear su paliacate, Edwin Díaz entra al sonido de las trompetas o un equipo entero guarda silencio para no romper un juego sin hit ni carrera, no estamos viendo simples extravagancias.

Estamos contemplando el lenguaje invisible del beisbol, ese que nunca aparecerá en el reglamento ni podrá medirse con estadísticas, pero que ha acompañado al Rey de los Deportes desde hace más de un siglo y seguirá viviendo mientras exista un niño que tome por primera vez un guante, una pelota y un bate para comenzar a escribir su propia historia.

@salvadorcosio1

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