Hay deportes que se aprenden. El beisbol, con frecuencia, también se hereda.

No necesariamente el talento, porque éste jamás admite atajos. Tampoco el éxito, que siempre exige conquistarse. Lo que suele transmitirse de una generación a otra es algo mucho más profundo: la pasión por el juego, el respeto al uniforme, la disciplina, el hábito del trabajo cotidiano y una forma muy particular de entender la vida.

Por eso el beisbol ha construido auténticas dinastías. Padres, hijos, hermanos y familias enteras han convertido un apellido en parte de la historia del diamante. Sin embargo, ninguna de esas historias habla de privilegios. Todas hablan de preparación, sacrificio y perseverancia. Un apellido puede abrir expectativas, pero jamás conecta un hit, lanza un strike o gana un campeonato.

Las Grandes Ligas ofrecen ejemplos extraordinarios. Los Boone, Bell, DiMaggio, Griffey, Ripken, Brett, Alou, Alomar, Molina, Guerrero, Tatís, Bichette, Biggio y Gurriel demuestran que el beisbol suele comenzar mucho antes del profesionalismo, en el patio de una casa, en un campo de barrio o en una liga infantil. Resulta imposible olvidar a Ken Griffey padre e hijo compartiendo el mismo jardín con Seattle; a Vladimir Guerrero Jr. honrando el legado de su padre; a Fernando Tatís Jr. construyendo una carrera brillante bajo el peso de un apellido ilustre; o a los hermanos Bengie, José y Yadier Molina elevando el prestigio del receptor puertorriqueño hasta convertirlo en referencia mundial.

En México también abundan las historias familiares que han enriquecido nuestro beisbol. Durante muchos años, los hermanos Adrián y Édgar González representaron el mayor ejemplo de una familia mexicana triunfando en las Grandes Ligas. Adrián alcanzó una dimensión extraordinaria y Édgar también logró instalarse en el máximo escenario del beisbol, demostrando que un mismo apellido podía sostenerse gracias al talento de dos peloteros distintos.

Más recientemente, los hermanos Luis y Ramón Urías han consolidado carreras propias sin vivir uno a la sombra del otro. Cada cual ha encontrado su espacio, confirmando que incluso dentro de una misma familia el talento adquiere matices diferentes y que el éxito siempre termina siendo una conquista individual.

Otro apellido que continúa escribiendo una historia importante es Osuna. Roberto irrumpió muy joven en las Grandes Ligas hasta convertirse en uno de los cerradores mexicanos más destacados de todos los tiempos. Su hermano Alejandro Osuna ha sabido aprovechar el ejemplo recibido en casa, el aprendizaje junto a su padre y la oportunidad que encontró con los Charros de Jalisco para impulsar una trayectoria que hoy también lo ha llevado al mejor beisbol del mundo. Roberto abrió una brecha; Alejandro ha demostrado que posee condiciones suficientes para recorrer su propio camino.

Los hermanos Tirso y Julián Ornelas representan otro caso alentador. Ambos continúan fortaleciendo un apellido que empieza a ganar un lugar relevante dentro del beisbol mexicano, recordándonos que las historias familiares siguen escribiéndose y que cada generación aporta un capítulo distinto.

Esa continuidad también puede apreciarse en Mateo Gil, hijo de Benjamín Gil, uno de los managers mexicanos más exitosos de las últimas décadas. Mateo aún recorre la etapa de formación, pero ya muestra fundamentos, inteligencia para jugar y condiciones que invitan al optimismo. Quienes han convivido con él destacan además un trato cordial, respetuoso y sencillo. Ojalá conserve siempre esas virtudes. Del padre parece haber heredado la pasión por el beisbol, el conocimiento del juego y el espíritu competitivo; ahora tendrá la oportunidad de distinguirse también por un estilo propio, caracterizado por la mesura, la cercanía y la calidad humana. Ésa será su mejor manera de enriquecer el legado recibido.

La herencia del beisbol tampoco termina en los peloteros. También alcanza a quienes han dedicado su vida a fortalecer organizaciones y mantener vivo este deporte desde la dirigencia.

Ahí está Antonio Toledo Ortiz, quien ha sabido dar continuidad y nuevo impulso a la obra iniciada por su padre, don Antonio Toledo Corro, consolidando a los Venados de Mazatlán como una de las organizaciones más respetadas del beisbol mexicano. Más que administrar una tradición, ha contribuido a fortalecerla y proyectarla hacia el futuro.

Algo semejante ocurre con Linda Valenzuela y Fernando Valenzuela, quienes continúan preservando el legado deportivo y humano del inolvidable Fernando Valenzuela dentro de la organización de los Tigres de Quintana Roo, demostrando que la herencia beisbolera también puede mantenerse desde la dirección, la administración y la promoción del juego.

Si ampliamos todavía más la mirada encontraremos familias empresariales que durante décadas han sostenido buena parte del crecimiento del beisbol mexicano. Los Toledo en Mazatlán, los Ley en Culiacán, los Mazón en Hermosillo, los Maiz y los González en Monterrey, los Uribe en Tijuana y muchas otras han entendido que el beisbol no sólo se juega sobre el terreno; también se construye mediante instituciones sólidas, academias, estadios, inversión y una visión de largo plazo que permita formar nuevas generaciones.

Pero quizá la herencia más valiosa no aparece en los libros de récords ni en las estadísticas. Se encuentra en esos miles de hogares donde un padre enseña a tomar un guante, un abuelo explica por primera vez cómo sujetar una pelota, un hermano mayor corrige el swing y una madre acompaña, con paciencia infinita, los entrenamientos y los viajes de un pequeño pelotero. Antes de pertenecer a un club, el futuro jugador pertenece a una familia que le transmite amor por el juego y respeto por sus valores.

Por eso el beisbol no hereda únicamente jugadores. Hereda ambientes, principios, disciplina, respeto por el uniforme y una manera de entender el deporte que convierte el esfuerzo cotidiano en una forma de vida. Esa cultura familiar termina siendo, muchas veces, el primer y más importante semillero del beisbol.

Quizá por ello este deporte enseña mejor que ningún otro que el fracaso forma parte del camino hacia el éxito. Un gran bateador sabe que fallará más veces de las que conectará un imparable, y aun así puede terminar en el Salón de la Fama. Esa capacidad para levantarse después del ponche, volver a entrenar y seguir creyendo también suele aprenderse en casa.

Cuando los años pasan, los récords terminan siendo superados y los campeonatos encuentran nuevos dueños, lo que verdaderamente permanece es el ejemplo. El padre que entregó el primer guante, el abuelo que despertó la ilusión, el hermano que enseñó a lanzar, el entrenador que inculcó disciplina y el directivo o empresario que comprendió que fortalecer una organización también es una forma de servir al beisbol.

Un apellido puede abrir una conversación, despertar admiración e inspirar a nuevas generaciones, pero nunca jugará un partido. Cada pelotero vuelve a empezar desde el primer lanzamiento, y ésa es quizá la mayor enseñanza del beisbol: honrar el legado recibido mientras se construye uno propio.

Porque los apellidos pueden heredarse.

La pasión también.

La gloria, como siempre, seguirá siendo una conquista personal.

@salvadorcosio1

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