¿Cuántas veces hemos visto a la ciudadanía escandalizada y hasta indignada por la manifestación de diversos movimientos sociales (que a menudo luchan por causas consideradas legítimas) porque en sus marchas o plantones se daña el inmobiliario de las ciudades, o porque generan tránsito vehicular pesado por el cierre de avenidas y calles, o se dejan toneladas de basura durante sus protestas? ¿Y por qué no nos horrorizamos cuando en aras de “festejar” los triunfos de futbol de nuestra selección mexicana de soccer ocurren atrocidades similares? Es decir, porque en algunos casos justificamos el frenesí social y en otras ocasiones lo repudiamos cuando más deberíamos ser empáticos por las causas que le originan.
Muchas y muchos señalan que debemos tener derecho a festejar, cuestión en la que estoy absolutamente de acuerdo, y más cuando vivimos sujetos a una sociedad que busca capitalizar y constreñir nuestra felicidad al instrumentalizarla como una mercancía al querer indicarnos cómo, cuándo y dónde debemos celebrar de forma (políticamente) correcta; sin embargo, eso tampoco significa per se que sea un pase en automático para el descontrol y libertinaje. Antes de que se me señale de anticuado y aburrido, aunque muy probablemente lo sea, debo ser enfático: no podemos envolvernos en el disfraz de la alegría para convertirnos en una horda de seres irracionales entregados a nuestras pulsiones y pasiones.
En ese mismo sentido, también es importante desestigmatizar al futbol, puesto que, desde la perspectiva de la discriminación deportiva se le objeta al balompié el ser un deporte para el populo y que por eso es de cierta manera —normal— que ante los desmanes y muertes ocurridas en los festejos obtenidos por México en este Mundial de soccer sean comunes, ya que son realizados por personas de escasos recursos o de educación limitada desde su punto de vista clasista, razón que me parece absurda porque es basada en un prejuicio de clase, por ende, señalo categóricamente que no es culpa del football en sí lo suscitado, sino de la afición que independientemente de su nivel socioeconómico o académico al conmemorar una victoria deportiva de nivel nacional se mimetiza en una masa fuera de control.
Con este texto no pretendo darles, mis estimadas y estimados lectores, clases de ética ni mucho menos de buenas costumbres en lo concerniente a cómo se debe celebrar un logro deportivo, pero no caigamos en falsos discursos de superioridad deportiva ni en una doble moral que sataniza y criminaliza a unos y a otros los expía y blanquea de todo mal por los destrozos y fallecidos, porque eso precisamente es lo que mancha la bola, lo que va más allá de lo bello y trascendental del deporte más popular en el planeta. Disfrutemos ordenadamente y racionalmente de esta Copa del Mundo que al momento ya nos obsequió una eliminatoria de ensueño y el tan anhelado quinto partido, porque es una lástima que se ensucie y opaque lo logrado por unos cuantos desquiciados. ¡Nos leemos pronto!
















