Anoche soñé el Tour de Francia.

No era un sueño cualquiera. Era de esos que parecen tan reales que uno despierta convencido de haber estado ahí, respirando el aire puro de los Alpes, escuchando el murmullo de miles de aficionados y sintiendo el latido del ciclismo en cada curva.

Era la etapa 19. Quizá la 20. Ya no importaba el número, porque la carrera había llegado a ese punto donde las piernas dejan de obedecer al cuerpo y comienzan a responder únicamente al corazón.

Frente a nosotros aparecía el Alpe d’Huez.

Trece kilómetros y ochocientos metros de ascenso. Veintiuna curvas numeradas que han visto escribir algunas de las páginas más gloriosas del ciclismo mundial. El sol iluminaba las montañas como pocas veces lo hace. El cielo era de un azul limpio, casi perfecto, como si la naturaleza hubiera decidido convertirse en espectadora de lujo.

Entonces sucedió algo que sólo puede ocurrir en los sueños.

Tadej Pogacar e Isaac del Toro marchaban solos hacia la cima.

No atacaban uno al otro. Compartían el momento. Cada pedalazo era una nota musical y cada curva una estrofa de esa inmensa sinfonía llamada Tour de Francia.

En mi sueño, ambos comenzaron a cantar.

El esloveno llevaba la primera voz; el mexicano respondía con una segunda llena de juventud y esperanza. No era una competencia. Era una serenata.

La dedicaban a quienes los esperaban en la meta: Urška Žigart y Romina Hinojosa, dos mujeres ciclistas que conocen el precio de acompañar a un campeón. Ellas saben que detrás de cada victoria existen incontables horas de entrenamiento, sacrificios silenciosos y kilómetros de ausencia.

La melodía era ’O Sole Mio, una de las obras más hermosas que ha regalado la música italiana. No hacía falta escuchar cada palabra para entender el mensaje. Bastaba contemplar aquellos rostros iluminados por el sol alpino para comprender que, en ocasiones, el verdadero triunfo consiste en llegar con la persona amada esperándote en la línea de meta.

Mientras ascendían, el público guardaba un extraño silencio, como si todos entendieran que estaban presenciando algo irrepetible.

El Alpe d’Huez dejaba de ser únicamente una montaña.

Se convertía en un escenario.

Los Alpes, en un inmenso teatro.

Y el Tour de Francia, en la más bella de las óperas.

Desperté justo cuando ambos levantaban los brazos, no sólo celebrando una victoria deportiva, sino celebrando la vida.

Quizá nunca ocurra exactamente así.

Quizá el Tour escriba una historia distinta.

Pero los sueños también tienen la extraña costumbre de adelantarse al futuro.

Y mientras exista un mexicano con la fuerza de Isaac del Toro acompañando al mejor ciclista del planeta, Tadej Pogacar, seguiré creyendo que las montañas también saben cantar.

Porque el ciclismo, cuando alcanza su máxima expresión, deja de ser un deporte.

Se convierte en arte.

Y yo, esta vez, tuve el privilegio de soñarlo.