Durante años se intentó instalar la idea de que el aficionado moderno únicamente quería cuadrangulares. Que el espectáculo dependía casi exclusivamente de la ofensiva. Que el camino para hacer más atractivo al beisbol consistía en favorecer el bateo y reducir la influencia de los lanzadores.

Las Grandes Ligas modificaron reglas, ajustaron condiciones de juego y promovieron cambios destinados a incrementar la producción ofensiva. Sin embargo, conforme avanza la temporada 2026, parece cada vez más evidente que el encanto del beisbol continúa descansando en algo mucho más complejo y profundo que la simple acumulación de tablazos.

El aficionado disfruta los cuadrangulares, por supuesto. Disfruta los batazos de Aaron Judge, la elegancia ofensiva de Juan Soto, la explosividad de Bobby Witt Jr., la electricidad que genera Elly De La Cruz o la capacidad de figuras como José Ramírez, Freddie Freeman y Mookie Betts para cambiar el rumbo de un partido. Pero también sigue emocionándose con una joya de pitcheo, una atrapada extraordinaria, un tiro perfecto desde los jardines, un robo de base oportuno, una doble matanza ejecutada en el momento preciso o una estrategia inteligente capaz de inclinar la balanza en encuentros cerrados.

El beisbol sigue siendo fascinante porque es el más integral de los deportes colectivos. Su riqueza nace precisamente de la convivencia entre fuerza, inteligencia, técnica, estrategia, defensa, velocidad y capacidad de ejecución.

Quizá por ello la figura que domina la conversación beisbolera mundial no es simplemente un gran bateador ni exclusivamente un gran pitcher. Shohei Ohtani se ha convertido en un fenómeno global porque representa algo mucho más difícil de encontrar. Representa al pelotero integral. Representa al unicornio que el beisbol ha perseguido durante generaciones.

En una época dominada por la especialización extrema, donde cada jugador parece destinado a cumplir una función cada vez más específica, Ohtani apareció para recordarle al mundo que todavía es posible influir en el juego desde múltiples dimensiones.

Su capacidad ofensiva sería suficiente para convertirlo en una superestrella. Sus cuadrangulares, su producción de carreras y su presencia permanente entre los líderes de las principales categorías ofensivas bastarían para colocarlo entre los grandes nombres de esta época.

Sin embargo, lo que lo elevó a una categoría prácticamente mítica es su capacidad para dominar también desde el montículo. Ahí radica la singularidad de Ohtani. Ahí radica la razón por la que millones de aficionados siguen cada uno de sus movimientos.

No observan únicamente a un bateador extraordinario ni solamente a un lanzador de élite. Observan a un pelotero capaz de reunir atributos que parecían incompatibles en el béisbol moderno.

La fascinación que genera Ohtani revela algo interesante sobre la naturaleza misma de este deporte. Aunque la especialización ha permitido elevar los niveles de rendimiento a extremos impensables décadas atrás, el aficionado sigue sintiendo una atracción especial por quienes logran romper esas fronteras. El béisbol siempre ha admirado a los jugadores completos.

A los peloteros capaces de aportar con el bate, con el guante, con las piernas y con la inteligencia táctica.

A los receptores que además producen ofensivamente.

A los paradores en corto que dominan el juego en ambos lados de la pelota.

A los jardineros capaces de combinar poder, velocidad y defensa.

Y ahora, más que nunca, al lanzador que también puede convertirse en una amenaza ofensiva legítima.

De alguna manera, los aficionados mexicanos encuentran en ello un recuerdo lejano de Fernando Valenzuela. Nadie colocará a Fernando en la categoría ofensiva de Ohtani, porque simplemente se trata de dimensiones distintas. Pero también es cierto que Fernando bateaba mucho mejor que la mayoría de los pitchers de su época. Conectó cuadrangulares memorables, produjo carreras importantes y obligó en numerosas ocasiones a los rivales a tomar en serio sus turnos al bat.

La Fernandomanía nació alrededor de un pitcher extraordinario, pero quienes lo siguieron durante años recuerdan perfectamente que también disfrutaba competir ofensivamente y contribuir al esfuerzo colectivo de formas que hoy parecen cada vez más extrañas.

La temporada actual ofrece además una coincidencia interesante. Mientras Ohtani continúa acaparando reflectores, los lanzadores vuelven a ocupar una posición central dentro del espectáculo. Paul Skenes, Tarik Skubal, Yoshinobu Yamamoto, Zack Wheeler, Logan Gilbert, Hunter Brown, Framber Valdez, Jacob Misiorowski y otros brazos emergentes han convertido el pitcheo en uno de los grandes protagonistas de la campaña.

Del lado mexicano, Andrés Muñoz sigue consolidándose como uno de los relevistas más dominantes del planeta, Javier Assad continúa demostrando que pertenece plenamente al nivel de Grandes Ligas, Daniel Duarte busca establecerse definitivamente y la aparición de Samuel Natera alimenta nuevas expectativas para el futuro. Sin embargo, incluso en medio de esa abundancia de talento monticular, la figura que más llama la atención sigue siendo un hombre que se niega a aceptar las fronteras tradicionales entre lanzar y batear.

Quizá ahí se encuentre una de las lecciones más interesantes que deja el beisbol contemporáneo. Durante décadas la tendencia dominante fue dividir funciones, especializar tareas y reducir cada vez más los espacios de versatilidad. Los resultados fueron extraordinarios desde muchos puntos de vista. Pero también provocaron que el juego perdiera parte de esa fascinación que generan los peloteros capaces de hacer más de una cosa excepcionalmente bien.

Ohtani ha recordado que el beisbol sigue admirando a quienes desafían los límites establecidos. No porque todos deban convertirse en bateadores y lanzadores al mismo tiempo. Eso sería imposible. Sino porque el aficionado continúa valorando a quienes dominan múltiples facetas del juego.

Al final, el béisbol no vive únicamente de cuadrangulares ni exclusivamente de ponches.

Vive de su extraordinaria complejidad.

Vive de la interacción permanente entre estrategia, talento, ejecución y espectáculo.

Vive de los grandes bateadores, de los grandes lanzadores, de las grandes jugadas defensivas y de los peloteros capaces de combinar varias de esas virtudes en una sola figura.

Quizá por eso Shohei Ohtani provoca tanta admiración. No porque sea simplemente un bateador extraordinario o un lanzador sobresaliente. Sino porque representa algo que el béisbol lleva más de un siglo persiguiendo: la ilusión del pelotero total, el unicornio capaz de recordarnos que este deporte alcanza su máxima expresión cuando todas sus dimensiones conviven en un mismo escenario.

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