Cada vez que las imágenes de aficionados japoneses recogiendo basura después de un partido recorren el mundo, reaparece también un pequeño grupo de escépticos dispuesto a demostrar que todo es una exageración, una campaña propagandística o una construcción mediática cuidadosamente diseñada para presentar una versión idealizada de Japón. La discusión ha vuelto a surgir recientemente a partir de quienes sostienen que la llamada “limpieza japonesa” no es más que una fachada destinada a ocultar problemas reales de aquella sociedad, desde tensiones históricas y políticas hasta desigualdades y contradicciones que ciertamente existen y que nadie sensato intentaría negar. Sin embargo, la verdadera cuestión no consiste en determinar si Japón es perfecto. Ningún país lo es. La pregunta relevante es otra: ¿cómo explicar que ciertos comportamientos colectivos sigan observándose generación tras generación, dentro y fuera de los estadios, en las escuelas, en los espacios públicos y en numerosos ámbitos de la vida cotidiana?

Porque una cosa es reconocer que Japón enfrenta problemas como cualquier otra sociedad moderna y otra muy distinta concluir que la disciplina, el orden y el respeto por los espacios comunes constituyen una simple representación teatral. Las dos cosas pueden coexistir perfectamente. Estados Unidos puede ser líder mundial en innovación y al mismo tiempo enfrentar profundas fracturas sociales. Alemania puede ser ejemplo de institucionalidad y cargar con algunos de los episodios más oscuros de la historia contemporánea. México puede exhibir extraordinarias expresiones de solidaridad comunitaria y al mismo tiempo padecer problemas estructurales de enorme complejidad. Ninguna sociedad es un bloque uniforme. Ninguna nación puede resumirse en una sola característica. Pero tampoco resulta razonable negar virtudes colectivas simplemente porque existan defectos igualmente evidentes.

Y es precisamente ahí donde el deporte, y particularmente el beisbol, ofrece una perspectiva extraordinariamente útil. Porque si existe una disciplina capaz de reflejar con profundidad los valores culturales de una comunidad, esa es el beisbol. Quien haya seguido durante años el desarrollo de este deporte en Japón sabe perfectamente que la disciplina, la responsabilidad individual, el respeto por el adversario, el compromiso con el equipo y el cuidado de los espacios compartidos no nacieron como una campaña de relaciones públicas. Forman parte de una cultura deportiva construida durante generaciones. Ahí están los torneos escolares. Ahí está la legendaria tradición de Koshien. Ahí están miles de jóvenes que aprenden desde temprana edad a ordenar materiales, limpiar instalaciones, cuidar el terreno de juego y asumir responsabilidades que en muchas otras sociedades suelen delegarse a terceros. No porque sean mejores personas. No porque pertenezcan a una nación perfecta. Sino porque fueron educados bajo una determinada concepción de la convivencia y la responsabilidad colectiva.

Por eso resulta tan interesante observar a las grandes figuras del béisbol japonés. Ahí están Hideo Nomo, Ichiro Suzuki, Hideki Matsui, Yu Darvish, Koji Uehara, Kenta Maeda, Yoshinobu Yamamoto, Roki Sasaki, Munetaka Murakami y, por supuesto, Shohei Ohtani. Todos poseen trayectorias distintas. Todos pertenecen a generaciones diferentes. Todos enfrentaron contextos particulares. Sin embargo, existe un rasgo común que con frecuencia trasciende sus estadísticas: una imagen de disciplina, preparación, respeto y profesionalismo que acompaña sus carreras dentro y fuera del terreno de juego. No se trata de perfección. Se trata de hábitos. Se trata de una forma de entender el deporte y la responsabilidad individual.

Nadie admira a Shohei Ohtani únicamente porque conecta cuadrangulares. Nadie lo admira solamente porque puede lanzar al nivel de los mejores pitchers del planeta. Lo que ha convertido a Ohtani en una figura universal es la combinación de talento extraordinario y conducta ejemplar. Ohtani representa el beisbol pleno. El pelotero total. El atleta capaz de impactar el juego desde el montículo y desde la caja de bateo. Pero también representa una ética de trabajo, una disciplina personal y un respeto por el juego que millones de aficionados identifican inmediatamente con los mejores valores del beisbol japonés. Ohtani se convirtió en leyenda porque batea como una superestrella y lanza como una superestrella. Pero se convirtió en un referente mundial porque vive como un profesional ejemplar. Lo mismo podría decirse de Ichiro, de Maeda, de Yamamoto o de Roki Sasaki. Lo mismo puede observarse en generaciones enteras de peloteros formados bajo una cultura que considera natural asumir responsabilidades que en otros lugares suelen ignorarse.

Y quizá ahí aparece algo que distingue particularmente al beisbol de muchas otras disciplinas. Este deporte ha sido históricamente una escuela de formación humana además de una competencia atlética. Enseña paciencia. Enseña disciplina. Enseña perseverancia. Enseña respeto por el adversario. Enseña a convivir con el fracaso. Pocas actividades explican con tanta claridad que el éxito absoluto no existe. Un bateador que conecta tres imparables de cada diez turnos es considerado extraordinario. Un pitcher dominante sabe que tarde o temprano alguien le conectará un cuadrangular. Un equipo campeón entiende que ninguna victoria está garantizada. El beisbol obliga a convivir con la frustración, con la espera, con el trabajo repetitivo y con la responsabilidad individual dentro de un esfuerzo colectivo. Por eso ha sido durante generaciones una poderosa herramienta de formación de carácter.

Por supuesto que Japón no es perfecto. Ninguna nación lo es. Tiene conflictos políticos, tensiones históricas, desigualdades y contradicciones como cualquier otra sociedad moderna. Pero intentar demostrar que la disciplina japonesa constituye una farsa porque existen grupos nacionalistas o porque determinados sectores sostienen posiciones cuestionables resulta tan absurdo como afirmar que el beisbol mexicano carece de valores porque algunos aficionados se comportan incorrectamente en determinados estadios. Los hechos son mucho más tercos. Ahí están Ohtani, Yamamoto, Roki Sasaki, Kenta Maeda, Ichiro y generaciones enteras de deportistas formados bajo una cultura de responsabilidad colectiva. Ahí están millones de ciudadanos que consideran normal cuidar los espacios que utilizan. Ahí están los niños que aprenden desde pequeños a limpiar lo que ensucian y a hacerse responsables de aquello que ocupan.

Quizá, entonces, lo verdaderamente interesante no sea discutir si Japón es perfecto. Quizá la pregunta correcta sea por qué algunas sociedades logran construir hábitos colectivos que sobreviven durante generaciones mientras otras siguen esperando que todo se resuelva mediante reglamentos, campañas publicitarias o sanciones. Porque al final la limpieza de un estadio es apenas una anécdota. Lo verdaderamente importante es la cultura que la hace posible. Y pocas disciplinas permiten observarla con tanta claridad como el béisbol.

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