Durante años las Grandes Ligas han intentado convencernos de que el futuro del beisbol depende cada vez más de la ofensiva. Han modificado reglas, limitado ciertas estrategias defensivas, ampliado las bases, impuesto relojes de pitcheo, restringido reviradas y promovido distintos ajustes encaminados a producir más carreras, más imparables y más cuadrangulares. La lógica detrás de estas decisiones parece sencilla: el aficionado promedio disfruta los batazos largos, los marcadores abultados y la constante producción ofensiva. Sin embargo, mientras MLB sigue buscando fórmulas para fabricar más carreras y más espectáculo, la temporada 2026 está recordando una verdad tan antigua como el propio juego: el beisbol sigue perteneciendo al pitcheo.

Y quizá la pregunta más interesante sea si realmente alguna vez dejó de hacerlo. Porque más allá de las modas, las estadísticas avanzadas, las campañas de mercadotecnia y los cambios reglamentarios, el beisbol continúa siendo un deporte que nace en la loma de los disparos. El bateador reacciona. El pitcher propone. El bateador responde. El pitcher decide. El bateador intenta descifrar. El pitcher intenta imponer condiciones. Desde el primer lanzamiento hasta el último out, el juego sigue desarrollándose alrededor de quien tiene la pelota en la mano. MLB podrá cambiar reglas para favorecer el bateo, pero sigue sin poder cambiar una realidad fundamental: el juego continúa comenzando y terminando en la mano del pitcher.

Basta observar lo que está ocurriendo actualmente en las Grandes Ligas. La conversación beisbolera gira alrededor de Jacob Misiorowski, el fenómeno de Milwaukee que parece haber llegado para incendiar la liga con una combinación extraordinaria de velocidad, dominio y repertorio. Gira alrededor de Yoshinobu Yamamoto, quien recientemente estuvo a unos cuantos outs de consumar una de las hazañas más extraordinarias del deporte, quedándose a un suspiro de una obra maestra histórica. Gira alrededor de Paul Skenes, convertido ya en una de las grandes caras del beisbol contemporáneo. Gira alrededor de Tarik Skubal, cuyo dominio lo mantiene permanentemente entre los principales candidatos al Premio Cy Young. Gira también alrededor de una nueva generación de brazos jóvenes que está demostrando que, pese a todos los esfuerzos por impulsar la ofensiva, el corazón competitivo del beisbol sigue latiendo desde el montículo.

Y mientras eso ocurre, el besbol entero permanece atento al regreso del Ohtani completo. Porque quizá nadie representa mejor esta discusión que Shohei Ohtani. Si Ohtani fuera únicamente bateador seguiría siendo una superestrella. Seguiría llenando estadios. Seguiría encabezando campañas publicitarias. Seguiría apareciendo en todos los resúmenes deportivos del planeta. Sería candidato permanente al MVP y uno de los peloteros más admirados de su generación. Pero lo que lo convirtió en un fenómeno irrepetible no fue solamente su capacidad para conectar cuadrangulares. Lo que lo transformó en una figura histórica fue su capacidad para dominar también desde la loma. Ohtani representa el beisbol pleno. El pelotero total. La expresión más completa del juego. Y precisamente por eso existe tanta expectativa alrededor de su regreso integral como lanzador. Porque el mundo del beisbol sabe que está observando algo extraordinario. Un fenómeno capaz de impactar el juego desde ambas dimensiones fundamentales del deporte. Y porque, además, el regreso del Ohtani completo vuelve a colocar en primer plano la dimensión más determinante del beisbol: el pitcheo.

Si el bateo fuera realmente la dimensión más importante del juego, bastaría con los cuadrangulares para explicar la dimensión de Ohtani. Pero no es así. Lo que lo convierte en una figura única es precisamente su capacidad para lanzar. En otras palabras, incluso el pelotero más extraordinario de nuestra época termina confirmando una vieja verdad del beisbol: el pitcheo sigue siendo la moneda más valiosa del juego. El cuadrangular emociona. El bateo deslumbra. Las carreras generan titulares. Pero cuando llega el momento de construir campeonatos, de establecer dinastías y de separar a los buenos equipos de los grandes equipos, la conversación vuelve inevitablemente a los lanzadores.

No es casualidad que uno de los galardones más prestigiosos de todo el deporte profesional siga siendo el Premio Cy Young. Nadie gana un Cy Young por popularidad. Nadie gana un Cy Young por mercadotecnia. Nadie conquista un Cy Young por accidente. Un Cy Young representa dominio absoluto. Representa imponer condiciones a toda una liga. Representa excelencia sostenida desde la posición más determinante del terreno de juego. Y esa mística continúa intacta incluso en una época obsesionada con los cuadrangulares, las velocidades de salida y las métricas ofensivas. De hecho, resulta interesante observar cómo muchas organizaciones siguen encontrando nuevas formas de fortalecer sus cuerpos de lanzadores. Cada vez vemos más relevistas convertidos en abridores exitosos. Más brazos jóvenes recibiendo oportunidades importantes. Más organizaciones construyendo profundidad alrededor del pitcheo. Los Dodgers son un magnífico ejemplo de ello. A pesar de lesiones y ajustes constantes, siguen encontrando brazos capaces de responder. Lo mismo ocurre en otras organizaciones que entienden una verdad elemental: las ofensivas ganan partidos, pero el pitcheo sigue construyendo campeonatos.

Desde la perspectiva mexicana el fenómeno resulta todavía más interesante. Nadie puede negar la importancia de lo que están haciendo Isaac Paredes, Jonathan Aranda, Randy Arozarena, Jarren Durán, Alejandro Kirk, Brandon Valenzuela, Luis Urías, Ramón Urías, Rowdy Téllez y otros peloteros de posición que continúan fortaleciendo la presencia mexicana en las Grandes Ligas. Todos representan magníficas noticias para nuestro béisbol. Todos confirman que México sigue produciendo talento capaz de competir al máximo nivel. También existen expectativas legítimas alrededor de jugadores que buscan consolidarse plenamente, como Marcelo Mayer, así como el deseo de que elementos como Daniel Duarte logren establecerse de manera definitiva. Incluso la reciente aparición de Samy Natera alimenta la esperanza de una nueva generación de talento mexicano capaz de abrirse camino en el mejor beisbol del mundo.

Y tampoco sería justo ignorar a quienes construyeron la historia de México desde posiciones distintas a la loma. Ahí están Beto Ávila, Aurelio Rodríguez, Jorge Orta, Vinicio Castilla, Erubiel Durazo, Adrián González y otros extraordinarios peloteros que ayudaron a consolidar el prestigio del jugador mexicano en las Grandes Ligas. Más recientemente se han sumado Arozarena, Paredes, Aranda, Kirk, Durán, los hermanos Urías y otros jugadores que mantienen viva esa tradición. Todos merecen reconocimiento. Todos forman parte del patrimonio histórico del beisbol mexicano. Sin embargo, cuando se buscan los nombres que verdaderamente transformaron la percepción internacional del beisbol mexicano, cuando se buscan los que alteraron la conversación global del juego o se acercaron más a la categoría de leyenda, la conversación vuelve una y otra vez hacia los lanzadores.

Ahí aparece Fernando Valenzuela. Ahí aparece Teodoro Higuera. Ahí aparece Esteban Loaiza. Ahí aparece Yovani Gallardo. Ahí aparece Jorge de la Rosa. Ahí aparece Oliver Pérez. Ahí aparece Joakim Soria. Ahí aparece Sergio Romo. Ahí aparece Julio Urías. Ahí aparece Roberto Osuna. Ahí aparece Andrés Muñoz. Ahí aparece Javier Assad. Y ahora comienzan a aparecer nuevas expectativas alrededor de brazos jóvenes como Samy Natera. Distintas trayectorias. Distintos alcances. Distintas circunstancias. Pero casi siempre la misma posición: la del pitcher.

Y quizá ahí exista una reflexión importante para nuestro beisbol. Hemos producido bateadores importantes. Hemos producido receptores de gran nivel. Hemos producido peloteros cada vez más completos. Hemos producido figuras ofensivas capaces de competir con cualquiera. Pero todavía parece lejano el día en que un jugador mexicano de posición alcance el impacto deportivo, cultural, mediático e histórico que Fernando Valenzuela logró desde la loma. Seguimos esperando al gran ícono ofensivo mexicano. Seguimos esperando al bateador capaz de generar una influencia comparable a la que Fernando ejerció sobre el beisbol mundial. Mientras tanto, la historia sigue enviando el mismo mensaje.

El pelotero mexicano más influyente que han conocido las Grandes Ligas fue un pitcher. La Fernandomanía nació alrededor de un pitcher. El mexicano más dominante de la actualidad es probablemente un pitcher en Andrés Muñoz. Uno de los brazos más sólidos de nuestra generación sigue siendo Javier Assad. Sergio Romo acumuló anillos de Serie Mundial desde el bullpen. Roberto Osuna llegó a ser uno de los cerradores más temidos del planeta. Julio Urías estuvo muy cerca de convertirse en el heredero natural de Fernando. Y aun a la distancia permanece la sensación de lo que pudo haber sido una carrera todavía más extraordinaria en su caso. Todo ello mientras observamos con orgullo los avances de Aranda, Paredes, Arozarena, Durán, Kirk, los hermanos Urías, Téllez y Brandon Valenzuela. Pero el foco principal continúa regresando una y otra vez a la loma.

Quizá porque el beisbol conserva una verdad que ninguna modificación reglamentaria ha logrado alterar. El bateador reacciona. El lanzador propone. El bateador responde. El lanzador decide. Desde el primer lanzamiento hasta el último out, el juego sigue girando alrededor de quien tiene la pelota en la mano. Las Grandes Ligas podrán seguir buscando fórmulas para aumentar la ofensiva. Podrán seguir ajustando reglamentos para producir más carreras y más espectáculo. Pero existe una realidad que ninguna modificación ha logrado alterar: el único jugador que participa en cada acción defensiva de un partido sigue siendo el pitcher.

Quizá por eso seguimos hablando de Misiorowski, de Yamamoto, de Skenes y de Skubal. Quizá por eso también el regreso del Ohtani lanzador genera tanta expectativa como sus cuadrangulares. Porque incluso en la era de las métricas ofensivas, de los batazos de más de 450 pies y de los récords de poder, el beisbol sigue reservando un lugar especial para quien domina el juego desde la loma. Quizá por eso Fernando Valenzuela continúa siendo la figura mexicana más influyente que ha conocido el beisbol de Grandes Ligas.

Porque el cuadrangular emociona.

El bateo deslumbra.

Los récords ofensivos venden.

Pero cuando llega la hora de la verdad, el beisbol vuelve una y otra vez al mismo lugar.

A la loma de los disparos.

Por más reglas que inventen, el pitcheo sigue siendo el rey.

Y sigue mandando.