Decía Valdano que el futbol es lo más importante entre las cosas que no importan. Y cada cuatro años el mundo entero se encarga de recordárnoslo.
La afición mexicana es estoica. Somos estoicos. Hemos aprendido a convivir con la derrota, con el casi, con la ilusión rota en octavos, con los penales, con las noches que terminan en silencio. Hemos soportado desilusiones que habrían quebrado la fe de cualquier otro pueblo futbolero. Y, sin embargo, aquí seguimos.
Porque llega el Mundial y algo se enciende de nuevo.
Durante unas semanas queda suspendida la lógica. Volvemos a la infancia. Volvemos a creer. Volvemos a abrazar imposibles. Lloramos de alegría por un gol, por un himno, por una bandera ondeando en la tribuna. En el estadio abrazamos a esos que Juan Villoro llamó los íntimos desconocidos, ese extraño que durante noventa minutos se convierte en hermano, en cómplice, en compañero de trinchera. Lo queremos como si lo conociéramos de toda la vida por el simple milagro de compartir los mismos colores y el mismo grito.
Y hoy no hay chairos ni fifís. Hoy no hay izquierdas ni derechas. Hoy ni siquiera el América chinga a su madre. La polarización se diluye en el caudal de sueños que arrastra la camiseta verde. Todo queda encauzado en una sola estampida de anhelos, en una sola necesidad colectiva: volver a gritar gol. Gritarlo hasta quedarnos sin voz. Gritarlo como cuando éramos niños. Gritarlo como si en ello se nos fuera el alma.
Las discusiones de todos los días se quedan en pausa. Las trincheras se vacían. Las etiquetas se vuelven irrelevantes. La polarización termina por disolverse en una corriente más poderosa, arrastrada por millones de personas que, al mismo tiempo, desean exactamente lo mismo. Desde Tijuana hasta Chetumal, desde las montañas hasta las costas, desde quien llega al estadio hasta quien escucha el partido por radio, el país entero parece caminar en una sola dirección.
Y esa dirección apunta a la portería del equipo rival.
Las calles se llenan de banderas. Los coches hacen sonar el claxon antes de tiempo. Los niños juegan a ser héroes que todavía no existen. Los abuelos recuerdan goles de hace décadas. Los padres explican a sus hijos por qué vale la pena creer otra vez. Y entre todos se forma una inmensa estampida de esperanza que atraviesa ciudades, generaciones y diferencias.
Porque durante un Mundial, México vuelve a encontrarse consigo mismo. Por unas semanas recordamos que, antes que cualquier diferencia, compartimos una misma emoción. Que debajo de nuestras filias, de nuestros pleitos y de nuestras obsesiones cotidianas, sigue existiendo algo capaz de reunirnos alrededor de un mismo sueño.
Que se rompa la contención emocional. Que se suspenda el cinismo. Que descansen por un momento la prudencia y la razón.
Ni modo. Porque después de tantos desencantos, de tantos mundiales que terminaron antes de lo que queríamos, de tantas promesas incumplidas y tantos regresos a casa con el corazón hecho pedazos, aquí estamos otra vez. Volviendo a depositar nuestras ilusiones en once jugadores y una pelota. Volviendo a sentir ese cosquilleo absurdo que anuncia que cualquier cosa podría pasar. Volviendo a mirar el calendario, a hacer cuentas, a imaginar escenarios imposibles y a convencernos de que, esta vez sí, la historia puede ser distinta.
Otra vez estamos esperanzados. Otra vez creemos. Otra vez soñamos. Como soñábamos cuando éramos niños y el futuro parecía no tener límites. Como sueña un pueblo que se niega a renunciar a la alegría. Como sueña una multitud que sabe que probablemente volverá a sufrir, pero que entiende que la esperanza, precisamente porque es irracional, también es una forma de valentía.
¡Vamos México, chingada madre!
















