El Tour de Francia 2026 está por comenzar y el ciclismo parece vivir un momento histórico. De un lado está Tadej Pogacar, el mejor ciclista del mundo, que en el Tour de Suiza ha dejado claro que llega en un estado de forma extraordinario. En la primer etapa reventó la carrera con un ataque a más de 70 kilómetros de la meta; después, con la tranquilidad de los grandes campeones, dejó trabajar a su equipo y resolvió la segunda etapa en los últimos metros llegando a solo 4” del ganador del día Romain Grégoire para conservar el liderato general, dejando segundo a Richard Carapaz a 2’:50” y tercero a Andrea Bagioli a 3’:07”.
Todo indica que el esloveno llega a la cita más importante del año en plenitud. Pero esta historia tiene otro protagonista.
Isaac del Toro ya no es una promesa. Lo demostrado la semana pasada en el Dauphiné confirma que pertenece a la élite mundial. Su crecimiento parece no tener límites y la pregunta es inevitable: ¿hasta dónde puede llegar?
La respuesta parece sencilla. El techo es el cielo.
Lo más admirable es que, teniendo argumentos para luchar por su propia gloria, el mexicano ha sido claro: su prioridad será apoyar a Pogacar y trabajar para que su líder conquiste un nuevo Tour de Francia.
Esa lealtad habla tanto de su calidad humana como de su grandeza deportiva.
Pogacar buscará seguir escribiendo su leyenda. Isaac comenzará a escribir la suya.
Y tengo la impresión de que el mundo del ciclismo apenas está conociendo de lo que es capaz el “Torito” mexicano.
















