Las estrellas aparecen, brillan intensamente y, tarde o temprano, se apagan. Las constelaciones permanecen. Se forman cuando una nación consigue producir no solamente un pelotero extraordinario, sino generaciones enteras de hombres capaces de transformar el juego y transmitir una herencia deportiva que inspira a quienes vienen detrás. Por ello, hablar de beisbol es recorrer el mapa del mundo siguiendo el rastro de esas grandes escuelas que han convertido a este deporte en un lenguaje universal.

Estados Unidos fue la cuna del beisbol profesional y continúa siendo su principal referente, además de la cantera histórica más prolífica del mundo. Allí nacieron los primeros gigantes que moldearon este deporte. Babe Ruth revolucionó para siempre el concepto del poder ofensivo; Lou Gehrig simbolizó la consistencia; Joe DiMaggio, Ted Williams, Willie Mays, Mickey Mantle, Hank Aaron, Stan Musial, Reggie Jackson, Rickey Henderson, Cal Ripken Jr., Ken Griffey Jr. y Derek Jeter marcaron distintas épocas. Desde el montículo, Walter Johnson, Cy Young, Sandy Koufax, Bob Gibson, Tom Seaver, Nolan Ryan, Greg Maddux, Randy Johnson, Roger Clemens, CC Sabathia, Clayton Kershaw, Justin Verlander, Max Scherzer, Madison Bumgarner y Gerrit Cole demostraron que la grandeza también se construye desde la loma.

Hoy Aaron Judge, Mookie Betts, Trea Turner, Bobby Witt Jr., Tarik Skubal y Paul Skenes mantienen viva una tradición que parece inagotable.

República Dominicana convirtió el beisbol en una auténtica identidad nacional. Juan Marichal abrió el camino desde el pitcheo. Después llegaron Pedro Martínez, Vladimir Guerrero, David Ortiz, Adrián Beltré, Robinson Canó, Manny Ramírez, Albert Pujols, Manny Machado, Fernando Tatís Jr., José Ramírez, Juan Soto y Vladimir Guerrero Jr., confirmando que la cantera dominicana continúa produciendo peloteros extraordinarios con una regularidad admirable. Incluso relevistas como Jeurys Familia han sido protagonistas de una escuela que nunca deja de renovarse.

Puerto Rico encontró en Roberto Clemente mucho más que un extraordinario jardinero. Encontró un símbolo universal del deporte y de la calidad humana. Orlando Cepeda, Roberto Alomar, Iván “Pudge” Rodríguez, Jorge Posada, Carlos Beltrán, Yadier Molina, Francisco Lindor, Javier Báez, Carlos Correa y Edwin Díaz prolongan una tradición que combina talento, liderazgo, inteligencia y profundo orgullo nacional.

Venezuela edificó igualmente una constelación propia. Luis Aparicio abrió las puertas para varias generaciones. David Concepción, Andrés Galarraga, Omar Vizquel, Johan Santana, Félix Hernández, Miguel Cabrera, José Altuve, Ronald Acuña Jr., Salvador Pérez, Luis Arráez, Gleyber Torres y Eugenio Suárez representan distintas épocas de un país que ha convertido el beisbol en una de sus mayores expresiones deportivas.

José Altuve merece un sitio privilegiado entre ellos: con su talento, disciplina y liderazgo se ha consolidado como uno de los mejores intermedialistas de la era moderna y una auténtica leyenda de los Astros de Houston y del beisbol venezolano.

Cuba ocupa un lugar especial en la historia del beisbol. Durante décadas desarrolló probablemente la escuela técnica más sólida del continente, aunque muchos de sus grandes talentos permanecieron alejados de las Grandes Ligas durante buena parte de sus carreras.

Minnie Miñoso, Tony Pérez, Luis Tiant, José Canseco, Rafael Palmeiro, Liván Hernández, Orlando “El Duque” Hernández, Aroldis Chapman, Yoenis Céspedes, Yordan Álvarez y Randy Arozarena muestran apenas una parte de la enorme riqueza beisbolera de la isla.

Panamá quizá no posee el volumen de otras naciones, pero sí dos nombres suficientes para garantizarle un lugar eterno. Rod Carew fue uno de los bateadores más elegantes y consistentes que ha conocido este deporte. Mariano Rivera redefinió el papel del cerrador y es considerado por una inmensa mayoría como el mejor relevista de todos los tiempos.

Dos peloteros bastaron para colocar a un país entero en la inmortalidad beisbolera.

Japón dejó hace mucho de ser una promesa para convertirse en una superpotencia. Sadaharu Oh estableció una referencia ofensiva que todavía impresiona. Hideo Nomo volvió a abrir las puertas de las Grandes Ligas para los peloteros japoneses. Ichiro Suzuki transformó el concepto del bateador de contacto y de la velocidad. Hideki Matsui conquistó Nueva York. Yu Darvish confirmó la calidad del pitcheo nipón. Kenta Maeda construyó una brillante trayectoria liga mayorista. Hoy Shohei Ohtani desafía cualquier parámetro conocido al convertirse en un auténtico unicornio del beisbol, mientras Yoshinobu Yamamoto, Roki Sasaki, Shota Imanaga y una nueva generación anuncian que el protagonismo japonés apenas comienza.

Cada uno de estos países ha construido su propia constelación. Algunos brillan por la fuerza de sus bateadores; otros por la calidad de sus lanzadores; otros por la inteligencia de sus receptores o la elegancia de sus jugadores de cuadro. Todos han aportado algo irrepetible al desarrollo del beisbol mundial. Las estadísticas permiten compararlos; la historia, en cambio, termina uniéndolos.

Pero si existe un país cuya historia merece un capítulo propio, ése es México. Porque además de haber producido decenas de ligamayoristas de enorme calidad —desde el pionero Melo Almada, pasando por Beto Ávila y Fernando Valenzuela, hasta la brillante generación encabezada hoy por Alejandro Kirk, Isaac Paredes, Andrés Muñoz, Joey Meneses, Rowdy Téllez, Luis y Ramón Urías, Javier Assad y otros muchos—, nuestro país ha visto surgir auténticos gigantes que, por decisión personal, por circunstancias de su época o simplemente por no haber contado con la oportunidad adecuada, nunca llegaron a las Grandes Ligas y, aun así, escribieron páginas imborrables en la memoria del beisbol.

Porque la historia del beisbol mexicano no sólo se escribió en las Grandes Ligas. También se escribió en los diamantes donde nacieron algunas de las mayores leyendas que ha dado este deporte.

Esa constelación merece un capítulo propio.

Continuará…

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