Cuando se repasa la historia de los mexicanos en el beisbol profesional de alto nivel aparece una pregunta tan sencilla como intrigante: ¿por qué México parece producir tantos lanzadores?
Durante décadas, buena parte de los nombres más emblemáticos de nuestro beisbol han surgido desde el montículo. Vicente Romo, Enrique Romo, Teodoro Higuera, Fernando Valenzuela, Esteban Loaiza, Oliver Pérez, Jaime García, Jorge de la Rosa, Yovani Gallardo, Joakim Soria, Fernando Salas, Jesse Chávez, Sergio Romo, Roberto Osuna, Julio Urías, José Urquidy, Giovanny Gallegos, Andrés Muñoz, Javier Assad, Patrick Sandoval, Víctor González, Gerardo Reyes, Daniel Duarte, JoJo Romero, Taijuan Walker y otros más forman una línea histórica de notable continuidad que pocas naciones latinoamericanas pueden presumir.
La lista podría extenderse todavía más si incorporamos a figuras de enorme prestigio en el beisbol mexicano como Manny Barreda, Manny Bañuelos, Jake Sánchez, Wilmer Ríos, Miguel Aguilar y otros brazos que han sostenido el prestigio del pitcheo nacional dentro y fuera de nuestras fronteras. Detrás de ellos aparecen prospectos como Samuel Natera y otros jóvenes que buscan abrirse paso en organizaciones de Grandes Ligas. La conclusión parece evidente: México ha desarrollado una verdadera tradición de lanzadores.
Sin embargo, la pregunta más interesante quizá no sea por qué producimos tantos pitchers. Tal vez debamos preguntarnos por qué seguimos teniendo la percepción de que producimos muchos más pitchers que jugadores de posición.
Porque cuando uno revisa con detenimiento la historia, descubre que México también ha aportado bateadores y defensivos de enorme calidad. Melo Almada abrió la puerta. Beto Ávila conquistó un título de bateo en Grandes Ligas cuando aquello parecía una hazaña imposible. Aurelio Rodríguez se convirtió en uno de los mejores antesalistas defensivos de su generación. Jorge Orta construyó una larga carrera en las Mayores. Juan Gabriel Castro se ganó un lugar por su versatilidad y liderazgo. Benjamín Gil llegó a Grandes Ligas y después se convertiría en uno de los personajes más influyentes del beisbol mexicano contemporáneo. Vinicio Castilla fue uno de los grandes tercera base ofensivos de su época. Adrián González se consolidó entre los mejores inicialistas del beisbol. Ramiro Peña aportó versatilidad y defensa de alto nivel.
Más cerca de nuestros días aparecen Christian Villanueva, Daniel Castro, Joey Meneses, Alan Trejo, Rowdy Téllez, Luis Urías, Ramón Urías, Isaac Paredes, Jonathan Aranda, Alejandro Kirk y Jarren Durán. Y detrás de ellos ya asoman nombres como Marcelo Mayer y Brandon Valenzuela. Vista así, la fotografía cambia considerablemente.
Quizá durante mucho tiempo la explicación fue cultural. El beisbol mexicano encontró en el montículo a sus héroes más visibles. Fernando Valenzuela no solamente conquistó Los Ángeles; conquistó la imaginación de millones de niños mexicanos. Antes de él ya existían referentes importantes, pero la Fernandomanía transformó para siempre la percepción del éxito. Miles de jóvenes soñaron con convertirse en el próximo Fernando. Más tarde aparecieron Higuera, Soria, Gallardo, Sergio Romo, Loaiza, Osuna, Julio Urías y Andrés Muñoz para mantener viva esa tradición.
También existen razones técnicas. Un gran brazo puede abrirse paso con una herramienta verdaderamente excepcional. Un pitcher puede construir una carrera alrededor de una recta explosiva, un cambio devastador o una curva de élite. El camino para un jugador de posición suele ser más complejo. Debe batear consistentemente, defender, correr las bases, ajustarse a distintos lanzadores y sostener resultados durante cientos de apariciones cada temporada. La exigencia diaria es enorme.
Pero algo parece estar cambiando. Por primera vez en mucho tiempo, México presenta simultáneamente una generación atractiva tanto de lanzadores como de jugadores de posición. Mientras Muñoz, Assad, Gallegos, Urquidy y otros continúan representando la tradición del pitcheo nacional, Paredes, Aranda, Kirk, Meneses, los hermanos Urías, Rowdy Téllez y Durán muestran que también existe una nueva capacidad para producir bateadores y peloteros de cuadro competitivos en el máximo nivel.
Quizá por eso la pregunta inicial merece una actualización. Tal vez México siga siendo tierra de pitchers. La historia así lo demuestra. Fernando Valenzuela continúa siendo la estrella más brillante de una constelación integrada por generaciones de grandes brazos. Pero por primera vez en mucho tiempo, esa constelación empieza a iluminarse también desde otras posiciones del diamante.
Y eso podría ser una noticia todavía mejor para el futuro del beisbol mexicano.
Porque si durante décadas aprendimos a fabricar lanzadores, el siguiente gran paso consiste en producir, con la misma regularidad, jugadores completos capaces de destacar con el bate, el guante y las piernas. El día que ambas tradiciones alcancen el mismo nivel, México no solamente seguirá siendo tierra de pitchers; será una potencia integral de beisbol.
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