Durante décadas se pensó en el bullpen como una especie de zona de emergencia, el lugar al que se acudía cuando el abridor ya no podía continuar. El beisbol moderno terminó por demostrar exactamente lo contrario. El cuerpo de relevistas dejó de ser solamente la retaguardia para apagar incendios y se convirtió en una estructura estratégica capaz de sostener temporadas, rescatar juegos aparentemente perdidos, suplir ausencias, producir nuevos abridores y, en no pocas ocasiones, decidir campeonatos. Hubo una época, todavía relativamente cercana, en que muchos managers concebían prácticamente una ruta predeterminada para recorrer las nueve entradas: el abridor tenía como primera obligación alcanzar cuando menos la quinta; después aparecía un relevista de enlace para sostener la ventaja y conseguir el hold; hacia la séptima podía ingresar un especialista convertido en auténtico torniquete, encargado de sofocar cualquier barrunto de rebelión ofensiva; luego llegaba el setup man, el preparador del cierre, y finalmente el cerrojero para encargarse de los últimos tres outs.

Aquella estructura podía modificarse de acuerdo con las circunstancias porque también existía —y continúa existiendo— el llamado stopper: el brazo de máxima confianza que no necesariamente pertenece a una entrada específica. Es el pitcher que aparece cuando comienzan los problemas, quizá en la sexta, en la séptima o incluso antes, con corredores en base, corazón del orden al bat y ventaja mínima. No llega porque el libreto diga que es su inning, sino porque alguien debe detener inmediatamente aquello que amenaza con salirse de control. El cerrojero suele quedarse con la fotografía del último out, pero demasiadas veces el juego fue salvado mucho antes: quizá en la sexta, cuando un relevista recibió bases llenas con un out y consiguió ponche y roletazo; en la séptima, cuando el rival colocó dos hombres en circulación y apareció el torniquete capaz de cortar el ataque; o en la octava, cuando el preparador retiró a los mejores bateadores del lineup y entregó al cerrador un noveno limpio. Por eso un buen bullpen no comienza en la novena: empieza exactamente en el momento en que el abridor entrega la pelota.

Un equipo puede tener una ofensiva formidable, dos o tres excelentes abridores y hasta un cerrojero extraordinario. Pero si entre la quinta y la novena no posee brazos capaces de conservar una ventaja, heredar corredores sin permitir que anoten, conseguir outs bajo presión y enlazar correctamente una entrada con otra, tarde o temprano terminará pagando el precio. Un equipo sin bullpen no tiene futuro. Y no se trata únicamente de una conclusión derivada del beisbol contemporáneo. La historia mexicana ofrece ejemplos contundentes y en Jalisco existe uno particularmente ilustrativo. Los Charros de 1971 protagonizaron una de las remontadas más memorables del deporte rey en nuestro país cuando, después de colocarse 0-3 frente a Saraperos de Saltillo en la serie por el campeonato, ganaron cuatro juegos consecutivos y terminaron levantando el título.

Aquella hazaña tuvo una circunstancia adicional que la vuelve especialmente interesante: Charros acabó dependiendo extraordinariamente de su bullpen. La rotación quedó diezmada por lesiones y también por sanciones impuestas por la propia directiva a algunos jugadores que habían roto la disciplina al irse de parranda. En plena serie final, cuando parecía que el equipo necesitaba desesperadamente abridores y simplemente no tenía suficientes disponibles, la solución apareció precisamente entre quienes normalmente estaban destinados a relevar. Lo que parecía una debilidad terminó convirtiéndose en fortaleza. Los brazos del bullpen tuvieron que asumir responsabilidades mayores, cubrir más entradas y sostener a un equipo que ya no podía administrar la serie conforme al libreto tradicional. Charros tuvo que improvisar sin improvisar mal: reorganizó funciones, amplió trabajos, utilizó lo que tenía y consiguió transformar una situación límite en una remontada que todavía permanece en la memoria.

Aquello ocurrió mucho antes de que términos como bullpen day, opener, alto apalancamiento o manejo de matchups formaran parte del lenguaje cotidiano del beisbol, pero la esencia era exactamente la misma: cuando la rotación dejó de ofrecer respuestas, el cuerpo de relevistas tuvo que reconstruir el juego. La diferencia es que hoy aquello que antes surgía muchas veces por necesidad también puede utilizarse deliberadamente como estrategia. El llamado bullpen day constituye probablemente la expresión más evidente de esa evolución. Hay jornadas en las que un equipo no dispone de un abridor listo, necesita otorgar descanso adicional a su rotación, enfrenta una acumulación de lesiones o sencillamente considera que los emparejamientos favorecen cubrir el partido mediante una secuencia programada de brazos. Entonces el bullpen deja de rescatar un encuentro y lo construye desde el primer lanzamiento: puede iniciar un opener, trabajar uno o dos innings y entregar la pelota a un relevista largo capaz de recorrer otros tres; después aparecerá quizá un brazo intermedio, un especialista de alto apalancamiento, el preparador y finalmente el cerrojero. Nueve innings construidos entre cinco o seis pitchers.

En otros tiempos habría parecido una anomalía; hoy puede ser parte perfectamente legítima de la administración de una temporada. Pero el bullpen ofrece todavía otra posibilidad que frecuentemente se olvida: de ahí también surgen abridores. No pocos pitchers comienzan como relevistas porque no existe sitio inmediato en la rotación, porque regresan de una lesión, porque el club necesita limitarles trabajo o simplemente porque su función original exige versatilidad. Empiezan cubriendo dos entradas, luego tres; un día aparece una emergencia, falta el quinto abridor y reciben la oportunidad de iniciar. Algunos regresan después al relevo, pero otros descubren ahí su verdadera carrera. El relevista largo puede convertirse en abridor de emergencia y, si responde, terminar ganándose un lugar permanente. La transformación exige aprender algo distinto: ya no basta entrar y utilizar durante veinte lanzamientos el mejor material disponible; hay que administrar energía, ampliar repertorio, enfrentar dos o tres veces al mismo lineup, modificar secuencias y aprender a sobrevivir cuando resulta imposible lanzar cada pelota como si fuera la última.

Lo que comenzó como una solución provisional puede convertirse en consolidación. Por eso un bullpen profundo no solamente resuelve el presente, también contiene alternativas para el futuro. El pitcher utilizado hoy como largo puede convertirse mañana en el quinto abridor; quien abrió circunstancialmente un bullpen day puede demostrar que posee herramientas para permanecer en la rotación; un brazo que parecía destinado exclusivamente al relevo puede terminar desarrollando el repertorio y la resistencia suficientes para iniciar regularmente. El bullpen es reserva estratégica, laboratorio y, muchas veces, cantera inmediata de la propia rotación. También funciona en sentido inverso: abridores que pierden velocidad, salen de una lesión o dejan de poseer resistencia suficiente para recorrer seis entradas pueden prolongar sus carreras desde el relevo, descubriendo que aquello que ya no alcanza para enfrentar tres veces al mismo lineup puede resultar extraordinariamente efectivo durante una o dos entradas.

El beisbol recicla talento porque las funciones no son necesariamente definitivas. Todo depende de saber administrar, y esa palabra resulta fundamental para comprender un buen bullpen. No todos los relevistas sirven para lo mismo. Hay quienes pueden trabajar dos o tres innings; otros funcionan mejor cuando comienzan entrada limpia. Algunos poseen especial habilidad para heredar corredores; existen pitchers que generan el roletazo necesario para una doble matanza y otros cuyo repertorio los hace especialmente útiles cuando se requiere el ponche. Hay relevistas que necesitan calentamiento prolongado y otros capaces de estar listos rápidamente. Algunos soportan trabajar tres días consecutivos; otros pierden eficacia cuando no reciben descanso. Hay quienes pueden cerrar, pero no necesariamente funcionan igual entrando con hombres en base, y algunos tienen la capacidad exactamente contraria: son especialistas en llegar cuando ya existe incendio.

El manager que conoce verdaderamente su bullpen no mira únicamente efectividad, velocidad o ponches. Necesita conocer personas. Debe saber quién mantiene el comando bajo presión, quién necesita inning limpio, quién puede regresar al día siguiente, quién se recupera rápido después de una mala salida, quién funciona contra determinado tramo del lineup y quién tiene el carácter suficiente para entrar cuando el estadio está encima. También debe saber cuándo utilizar a su mejor brazo. Durante mucho tiempo se asumió casi automáticamente que el mejor relevista debía reservarse para la novena entrada, pero el beisbol contemporáneo empezó a cuestionar esa rigidez. Si el corazón del lineup contrario aparece en la octava con dos hombres en base y ventaja de una carrera, quizá el momento de mayor peligro del partido esté ocurriendo exactamente ahí. Guardar al mejor pitcher para una situación que quizá nunca llegue puede ser absurdo.

El concepto de alto apalancamiento parte precisamente de esa realidad: utilizar al brazo más confiable cuando el partido verdaderamente está en riesgo, independientemente de que sea sexta, séptima, octava o novena. Eso no significa que hayan desaparecido las funciones tradicionales. Sigue siendo valiosísimo contar con un enlace, un stopper, un torniquete, un preparador y un cerrojero. Pero los mejores bullpens poseen elasticidad y son capaces de intercambiar responsabilidades cuando el partido lo exige sin que toda la estructura se derrumbe. El relevista enfrenta además una dificultad particular: muchas veces recibe problemas que no creó. Puede ingresar con hombres en segunda y tercera, un out, ventaja mínima y el mejor bateador contrario esperando. Si permite un sencillo, quizá las carreras se carguen estadísticamente al pitcher anterior, pero el daño al partido se producirá mientras él está en la loma.

Por eso existen relevistas cuyo valor verdadero no queda perfectamente reflejado en las estadísticas tradicionales. El hold intentó reconocer parte de ese trabajo: el pitcher no obtuvo la victoria ni el salvamento, pero sostuvo una ventaja y permitió que el equipo continuara avanzando hacia el cierre. Incluso esa estadística puede quedarse corta, porque hay outs que valen mucho más que otros. Un roletazo con bases vacías en la sexta entrada de un partido 8-1 no tiene el mismo significado que un ponche con bases llenas y ventaja de una carrera. Ambos aparecen como un out en la hoja de anotación, pero cualquiera que haya visto suficiente beisbol sabe que pertenecen a universos completamente distintos. El gran bullpen está construido precisamente para conseguir esos outs difíciles.

También necesita profundidad. No basta tener dos relevistas extraordinarios porque una temporada es demasiado larga y la postemporada demasiado exigente. Habrá juegos consecutivos, extrainnings, lesiones, abridores que apenas duren tres entradas y jornadas en las que determinado brazo simplemente no estará disponible. El bullpen debe ser capaz incluso de sobrevivir a sus propias ausencias. Un preparador puede tener que cerrar porque el cerrojero trabajó tres noches consecutivas; un relevista largo puede recibir de pronto una apertura porque la rotación sufrió una lesión; un joven llamado desde sucursales puede terminar lanzando la séptima de un juego decisivo y un abridor desplazado temporalmente puede convertirse en el brazo que estabilice los innings intermedios. Los campeonatos exigen adaptación.

Y ahí vuelve a adquirir enorme sentido aquella historia de Charros en 1971. No ganaron porque todo ocurriera conforme al plan; ganaron cuando el plan dejó de existir. Perdieron abridores, enfrentaron una desventaja de 0-3 y tuvieron que encontrar otra manera de conseguir los outs restantes. El bullpen dejó de ser una zona secundaria y se convirtió en el instrumento con el que sostuvieron la serie hasta transformarla. La retaguardia pasó a ser protagonista. Ésa es quizá una de las grandes enseñanzas del béisbol: los equipos verdaderamente fuertes no son solamente aquellos que poseen estrellas, sino los que encuentran respuestas cuando desaparece el libreto.

En una postemporada esto adquiere todavía mayor importancia. Los abridores trabajan con menos margen, los managers acortan la paciencia y los mejores relevistas aparecen antes. Un pitcher que durante la temporada regular habría tenido oportunidad de corregir después de permitir dos hits puede salir inmediatamente si el siguiente bateador representa demasiado peligro. La postemporada comprime el tiempo y todo se vuelve urgente. Entonces el bullpen suele convertirse en el verdadero termómetro de un aspirante al campeonato. Un equipo que domina de la primera a la quinta entrada pero se desmorona sistemáticamente entre la sexta y la octava difícilmente sobrevivirá varias rondas. Otro quizá no tenga la mejor rotación del torneo, pero si consigue transformar cada ventaja después de cinco innings en una cadena confiable de relevistas, puede convertirse en un adversario peligrosísimo.

Los juegos no siempre se ganan con nueve innings de un mismo pitcher; muchas veces se ganan construyendo nueve innings entre varios. Ése es el sentido profundo del bullpen contemporáneo. No es simplemente un conjunto de lanzadores esperando detrás de la barda, sino una unidad estratégica. Algunos relevistas sostienen; otros enlazan. Unos apagan incendios, otros funcionan como torniquetes. El preparador abre la puerta al cierre y el cerrojero intenta poner el candado definitivo. El relevista largo puede salvar al equipo después de una apertura corta y, de pronto, convertirse en abridor de emergencia; quien responde a esa emergencia puede terminar descubriendo una nueva función permanente. Todo está conectado.

El abridor entrega la pelota, pero el partido todavía puede encontrarse muy lejos de terminar. Entre esa entrega y el último out existe un territorio donde se pierden y se ganan temporadas enteras. Ahí viven pitchers cuyos nombres quizá no siempre aparezcan en los grandes titulares, pero sin cuyo trabajo los títulos simplemente no existen. En 1971, cuando Charros se quedó sin varios de los hombres llamados a abrir y estaba contra la pared después de tres derrotas consecutivas frente a Saltillo, ese territorio sostuvo una remontada extraordinaria y terminó construyendo un campeonato. Más de medio siglo después, el beisbol ha sofisticado conceptos, estadísticas, funciones y estrategias, pero la enseñanza continúa siendo la misma.

Un equipo puede sobrevivir durante algún tiempo sin una ofensiva explosiva. Puede compensar la ausencia de un gran as, encontrar un abridor entre sus relevistas e incluso construir un juego completo mediante un bullpen day. Pero si carece de brazos capaces de sostener el partido desde que sale el abridor hasta que aparece el cerrojero, tarde o temprano se quedará sin respuestas. Porque el bullpen no es lo que queda después del abridor: es el puente hacia la victoria, la reserva cuando la rotación se rompe, el sitio donde puede aparecer un nuevo abridor y muchas veces el lugar donde realmente comienza a construirse un campeonato. Sin bullpen no hay futuro. Y demasiado frecuentemente, tampoco hay campeonato.

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com