Durante buena parte de la historia del beisbol, el gran pitcher aspiraba a comenzar y terminar el juego. La ruta completa era una demostración de dominio, resistencia y jerarquía. Con el paso de los años, especialmente a partir de la creciente especialización del pitcheo, los abridores fueron trabajando menos entradas y el bullpen adquirió una importancia cada vez mayor. De esa transformación terminó por consolidarse una figura indispensable: el cerrojero, el hombre encargado de proteger una ventaja cuando ya prácticamente no existe margen para corregir nada.

Tres outs parecen poco hasta que son los últimos tres. El abridor puede permitir una carrera en la segunda entrada y disponer todavía de varias oportunidades para recomponerse; el cerrojero no. Entra cuando el partido ya está construido, cuando la ofensiva hizo su trabajo, la defensa sostuvo la ventaja y los relevistas condujeron el juego hasta su tramo definitivo. Su misión es sencilla de explicar y brutalmente difícil de ejecutar: impedir que alguien vuelva a abrir aquello que durante ocho innings costó tanto cerrar.

Por eso un gran cerrojero necesita mucho más que un brazo poderoso. Requiere inteligencia, temple, control, carácter, memoria corta, personalidad y colmillo. Puede lanzar a cien millas, naturalmente, pero también dominar a ochenta y ocho o noventa si sabe colocar, cambiar velocidades, alterar el timing, modificar planos, esconder la pelota y convencer al bateador de que viene una cosa cuando en realidad llegará otra. La velocidad intimida; la maestría desconcierta.

La figura no nació de repente. Antes estuvieron extraordinarios relevistas como Rollie Fingers, Bruce Sutter, Goose Gossage, Lee Smith y Dennis Eckersley, hombres que ayudaron a transformar el bullpen y a definir el camino hacia una especialización que terminaría consolidándose con enorme fuerza. Algunos eran auténticos bomberos capaces de apagar incendios durante más de una entrada; posteriormente se fue imponiendo cada vez más el modelo del especialista reservado para proteger el último tramo del juego.

Después apareció una extraordinaria pléyade que convirtió el cierre en una responsabilidad con identidad propia. Mariano Rivera terminó siendo quizá la referencia máxima; Trevor Hoffman construyó otra carrera excepcional; Billy Wagner, Francisco Rodríguez y Eric Gagné protagonizaron épocas de dominio impresionante. Jeurys Familia tuvo también momentos destacados como hombre de los últimos outs, mientras Kenley Jansen construyó durante años en los Dodgers una presencia imponente desde el bullpen, apoyado en su enorme físico, un cutter formidable y el conocimiento para trabajar situaciones de enorme presión.

Rivera constituye posiblemente el ejemplo perfecto de que el secreto no reside en poseer veinte lanzamientos diferentes. Durante años prácticamente todo el mundo sabía que llegaría aquel cutter extraordinario y, aun así, incontables bateadores terminaron quebrando el bat o realizando contacto débil. Saber lo que viene no significa necesariamente poder resolverlo cuando la ejecución es magistral.

Hoffman mostró otra versión del oficio con su cambio de velocidad. Gagné tuvo aquella etapa en que parecía inexpugnable. Jansen combinó poder, movimiento y presencia. Todos construyeron distintas formas de alcanzar exactamente el mismo objetivo: tres outs antes de permitir que desapareciera la ventaja.

En épocas más recientes, Craig Kimbrel se convirtió en otra de las grandes referencias del cierre, con aquella particular postura antes de atacar al bateador y un repertorio capaz de generar enorme cantidad de swings fallidos. Aroldis Chapman, el Misil Cubano, llevó la intimidación por velocidad a otra dimensión y durante años convirtió la posibilidad de superar las cien millas en una amenaza permanente. Edwin Díaz representa igualmente la espectacularidad del cerrojero contemporáneo: poder, rompimiento, presencia y esa sensación de que al aparecer desde el bullpen empieza un partido distinto.

Hay cerrojeros que cierran la puerta con un cañonazo y otros que esconden la llave.

Chapman puede representar la potencia extrema; Rivera, el dominio absoluto de un lanzamiento magistral; Hoffman, el engaño mediante cambio de velocidad; Jansen, una combinación de poder, movimiento y oficio. Diferentes armas, idéntica obligación: conseguir los últimos tres outs.

Pero quizá lo más interesante sea comprender que la velocidad no constituye requisito exclusivo para convertirse en gran cerrojero. Algunos dominan porque tiran durísimo; otros porque consiguen que el bateador jamás esté cómodo. Trabajan las esquinas, cambian secuencias, alteran velocidades, sostienen la pelota un instante más, modifican los tiempos de entrega y utilizan cada elemento de la confrontación para generar incertidumbre.

El gran cerrojero no busca solamente lanzar su mejor pitcheo. Busca descubrir cuál será el peor lanzamiento posible para ese bateador en ese momento.

Ahí empieza el colmillo.

No aparece en el radar ni necesariamente en las estadísticas, pero existe. Está en el pitcher que reconoce la ansiedad del bateador, sabe cuándo éste quiere terminar el juego con un solo swing, advierte cuándo espera velocidad y comprende cuándo conviene romperle el ritmo. También está en la manera de caminar hacia la loma, recibir la pelota del catcher, mirar hacia home y transmitir la seguridad de quien siente que el juego le pertenece.

Hay pitchers capaces de comenzar a dominar antes del primer lanzamiento. No porque la mirada consiga outs ni porque la actitud sustituya a la ejecución, sino porque el beisbol es también una confrontación psicológica. El bateador enfrenta velocidad y movimiento, pero igualmente enfrenta expectativas, recuerdos y dudas.

México ha producido hombres extraordinariamente capaces para esas situaciones. Joakim Soria se convirtió durante años en una referencia mexicana del cierre en Grandes Ligas y mostró que el oficio, el comando y la capacidad para administrar el turno pueden ser tan importantes como cualquier despliegue de potencia. El llamado Mexicutioner sabía trabajar bateadores y sostener ventajas sin depender exclusivamente de una recta descomunal.

Roberto Osuna asumió desde muy joven la responsabilidad de cerrar partidos y mostró una sangre fría poco común. La edad podía sugerir inexperiencia, pero en la loma parecía comprender perfectamente lo que exigía el noveno inning: atacar, controlar el conteo y no permitir que la presión del momento modificara la ejecución.

Sergio Romo representa quizá uno de los mejores ejemplos de la inteligencia y el engaño aplicados al relevo. Su slider llegó a convertirse en una auténtica “mentira”: salía pareciendo disponible y terminaba escapándose del bat. Muchas veces el rival sabía perfectamente que podía venir y aun así lo perseguía. Romo dominaba con movimiento, secuencia, carácter, experiencia y ese colmillo que difícilmente puede enseñarse en una academia.

Su trayectoria demuestra una verdad particularmente interesante: el brazo puede perder velocidad mientras el pitcher gana conocimiento. Con los años disminuyen ciertas facultades físicas, pero aparecen otras herramientas. Una recta de noventa puede parecer mucho más veloz después de un slider de ochenta y dos; un cambio correctamente vendido puede resultar más peligroso que una bola rápida, y una localización precisa puede extender una carrera cuando el radar empieza a mostrar cifras menores.

El bateador profesional termina acostumbrándose a la velocidad. Lo verdaderamente difícil es acostumbrarse a la incertidumbre.

Andrés Muñoz representa otra vertiente mexicana: la del material explosivo, la capacidad para generar swings fallidos y un repertorio idóneo para trabajar innings de enorme exigencia. En su caso existe poder extraordinario, pero incluso ahí sigue siendo indispensable el comando. Una pelota de cien millas enviada al centro del plato continúa siendo bateable para un jugador de Grandes Ligas. La velocidad necesita dirección.

Y aparece también la posibilidad de que otros brazos mexicanos evolucionen eventualmente hacia funciones semejantes. Javier Assad, por ejemplo, ha mostrado capacidad para trabajar diferentes situaciones, variedad de repertorio y conocimiento para enfrentar bateadores sin depender únicamente de la potencia. Si alguna etapa de su carrera terminara conduciéndolo hacia responsabilidades de cierre, tendría precisamente algo muy valioso: saber lanzar, no solamente tirar.

Ese matiz resulta fundamental.

El bullpen moderno está lleno de brazos capaces de superar las noventa y cinco millas. Mucho más escasos son aquellos capaces de administrar los últimos tres outs cuando una sola carrera separa la victoria de la derrota. Allí no basta el talento físico. Se necesita comando para atacar cuando el conteo se complica, inteligencia para decidir cuándo buscar el ponche y cuándo aceptar contacto, y suficiente control emocional para repetir la mecánica aun cuando haya corredores en base y el estadio esté convertido en una olla de presión.

También se necesita una condición psicológica extraordinaria: memoria corta. Un cerrojero puede perder hoy el partido con un cuadrangular en la novena y mañana recibir exactamente la misma ventaja de una carrera. No tiene cuatro o cinco días para procesarlo como un abridor. Puede regresar apenas veinticuatro horas después frente al mismo equipo y quizá contra el mismo bateador que lo derrotó.

Debe recordar lo suficiente para corregir y olvidar lo suficiente para volver a competir.

Esa condición separa a muchos buenos relevistas de los grandes cerrojeros. El pitcher que lleva consigo al montículo el fracaso anterior ya comienza la nueva confrontación en desventaja. El verdadero especialista revisa, corrige y vuelve a pedir la pelota.

También necesita una relación especial con su catcher. En esos últimos innings la comunicación debe ser inmediata. El receptor conoce qué pitcheo está funcionando, cuál perdió profundidad, qué bateador empieza a adelantarse y quién espera rompimiento. El cerrojero siente el brazo; el catcher observa al rival. Cuando ambos leen correctamente el momento, pueden construir una secuencia prácticamente imposible de resolver.

Igualmente debe controlar corredores. Una base robada puede convertir una ventaja aparentemente cómoda en una situación dramática. Variar tiempos, realizar buenos virajes, sostener la pelota y evitar ventajas excesivas forman parte del cierre. No basta dominar al hombre del bat; hay que administrar todo aquello que está ocurriendo alrededor.

Y no todos los outs necesitan conseguirse mediante ponche. Con hombre en primera quizá convenga inducir un roletazo para doble matanza. Con corredor en tercera y menos de dos outs, el strikeout adquiere un valor enorme. Frente a un bateador excepcional puede ser preferible trabajar cuidadosamente antes que regalar el lanzamiento que produzca un cuadrangular.

El cerrojero necesita valentía, pero también criterio.

Los mejores comprenden que atacar no significa lanzar necesariamente por el centro. Pueden ser agresivos trabajando las esquinas, provocar persecuciones, cambiar velocidades y obligar al bateador a golpear una pelota que no deseaba. Por eso algunos relevistas pueden continuar dominando incluso después de perder millas.

El oficio reemplaza parte de aquello que el tiempo se llevó.

El gran cerrojero también sabe cuándo no necesita hacer espectáculo. Si tiene dos outs y bases limpias, un roletazo al primer lanzamiento vale exactamente lo mismo que un ponche después de siete pitcheos. El salvamento no adquiere mayor valor porque haya tres chocolates. Cerrar también significa administrar energía, especialmente cuando será necesario regresar al día siguiente.

La especialización del bullpen modificó profundamente al beisbol. La imagen del abridor completando nueve entradas se volvió cada vez menos frecuente y aparecieron relevistas para innings intermedios, brazos de alto apalancamiento, preparadores y finalmente el hombre destinado al candado. Puede añorarse —con buenas razones— aquella época de pitchers de ruta completa, pero el nuevo modelo produjo también su propio dramatismo.

El estadio reconoce la música. El bullpen se abre. El pitcher camina hacia la loma y todo el mundo sabe exactamente cuál es su responsabilidad.

Algunos grandes cerrojeros incluso convirtieron ese ingreso en parte del espectáculo. Mariano Rivera acompañado por Enter Sandman, Hoffman con su propia ceremonia y otros construyeron una identidad que anunciaba anticipadamente el último episodio.

Pero ninguna música consigue un salvamento.

Después hay que lanzar.

Cuando comienza la confrontación desaparece el ceremonial y queda únicamente pitcher contra bateador. El hombre que depende de su reputación termina siendo descubierto; quien permanece durante años lo consigue porque puede ejecutar aun cuando el rival estudió cientos de videos y sabe exactamente qué pretende hacer.

Entonces aparece otra dimensión del juego: el bateador sabe lo que el pitcher sabe que él sabe.

Y comienza el ajedrez.

¿Repetir el pitcheo dominante porque sigue siendo suficientemente bueno? ¿Cambiar la secuencia? ¿Atacar temprano? ¿Expandir después? ¿Trabajar arriba? ¿Buscar roletazo?

El oficio consiste en resolver esas preguntas tres veces antes de que aparezca la carrera del empate.

El carácter termina siendo tan importante como el repertorio. El cerrojero necesita una seguridad que no necesariamente debe transformarse en arrogancia, pero sí en convicción. Tiene que creer que retirará al siguiente bateador incluso después de permitir un hit o conceder una base por bolas. Cuando entra desde el bullpen, todos saben exactamente para qué fue llamado.

No tiene dónde esconderse.

Si preserva la ventaja, cumplió.

Si la pierde, el resultado queda asociado inmediatamente a su nombre.

Por eso los grandes cerrojeros proporcionan algo que va más allá del número de salvamentos: tranquilidad colectiva. El manager sabe que puede conducir ocho entradas pensando en entregarle la última a determinado brazo; el abridor siente que una ventaja mínima puede sobrevivir y la ofensiva sabe que una carrera quizá sea suficiente.

Esa confianza modifica incluso la manera en que juega el resto del equipo.

Naturalmente, ninguno es infalible. Rivera perdió juegos enormes; todos los grandes sufrieron cuadrangulares dolorosos, blown saves y noches en que absolutamente nada funcionó. La grandeza nunca consistió en no fracasar.

Consistió en regresar.

Por eso resulta insuficiente evaluar a los cerrojeros únicamente por velocidad o número de salvamentos. Hay que observar comando, secuencias, calidad de los rompimientos, control de corredores, adaptación al bateador, capacidad para trabajar en días consecutivos y fortaleza mental para regresar después de la derrota.

Y también, de vez en cuando, mirar los ojos.

No porque exista ahí una estadística, sino porque el béisbol sigue siendo una competencia entre seres humanos.

Hay hombres que cierran con una recta de cien millas y otros que ponen candado con un slider de ochenta y dos, una recta de ochenta y ocho, una mentira, una pausa y mucho colmillo.

Son distintas llaves para una misma puerta.

Los grandes cerrojeros poseen brazo, pero sobre todo cabeza. Saben atacar, engañar, cambiar velocidades, dominar el conteo, leer al bateador y manejar la presión. Rivera, Hoffman, Jansen, Kimbrel, Chapman, Díaz, Soria, Osuna, Romo o Muñoz muestran precisamente que no existe una sola forma de hacerlo. Algunos cierran con poder; otros con maestría. La diferencia no siempre está en cuánto corre la pelota, sino en cuánto sabe quien la lanza.

Tres outs parecen poco hasta que son los últimos tres. El abridor construye la ventaja, la ofensiva la consigue, la defensa la sostiene y el bullpen la conduce hasta la puerta. Entonces aparece el cerrojero. Le entregan las llaves, el juego y la obligación de que nadie vuelva a entrar.

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