La crítica contra los Dodgers comienza a adquirir un tono infausto. Ya no se limita a discutir sus decisiones, cuestionar determinada contratación o analizar si cada movimiento deportivo resultará acertado. Para algunos, el problema parece ser que una organización tenga la voluntad, los recursos, la imaginación y los arrestos necesarios para intentar construir el mejor equipo de su época. Como si aspirar a la grandeza fuera una conducta censurable; como si la ambición tuviera que pedir permiso y el éxito debiera ser castigado para no incomodar a quienes no pueden, no saben o simplemente no quieren competir con la misma determinación.

¿Por qué habría que impedir que un equipo invierta, arriesgue y busque permanentemente mejorar? ¿Por qué tendría que existir una fuerza destinada a contener a los dirigentes, socios, empresarios y emprendedores dispuestos a comprometer sus intereses económicos no sólo para desarrollar un negocio más sólido, sino para ofrecer un gran espectáculo, fortalecer a su organización y engrandecer al beisbol? Nadie tiene asegurado el éxito por gastar más. El dinero permite adquirir talento, profundidad, infraestructura y mejores recursos, pero no compra por anticipado la salud, la armonía, el carácter, la ejecución ni los campeonatos.

Los Dodgers no aparecieron repentinamente para apropiarse del beisbol. Durante años pelearon, invirtieron, lucharon, tropezaron y volvieron a intentarlo. Tuvieron equipos extraordinarios, figuras consagradas y temporadas dominantes que terminaron sin la recompensa esperada. Contaron con Clayton Kershaw, Julio Urías y muchos otros peloteros capaces de sostener grandes campañas, pero comprobaron repetidamente que reunir estrellas no basta para conquistar octubre. Llegaron, perdieron, regresaron y padecieron derrotas que habrían desalentado a organizaciones menos firmes.

No puede afirmarse seriamente que los Dodgers hayan encontrado siempre un camino cómodo hacia el campeonato. Fueron eliminados aun cuando parecían favoritos; soportaron lesiones, rotaciones fragmentadas, momentos de desconcierto y decisiones discutibles. Ahora parecen haber encontrado una fórmula más completa, aun cuando el desempeño de Dave Roberts y algunas de sus determinaciones merezcan una discusión aparte, guardada en otro costal y quizá para otra columna. Lo cierto es que la organización perseveró cuando habría resultado más sencillo conformarse con disputar la postemporada y presumir temporadas ganadoras.

Los campeonatos recientes tampoco fueron obra de una constelación intacta que avanzó sin contratiempos. Las lesiones obligaron a modificar planes, reconstruir rotaciones y convertir suplentes en titulares. Jugadores que inicialmente representaban profundidad debieron asumir responsabilidades decisivas, y algunos respondieron cuando la nómina estelar no pudo estar completa. Los Dodgers conquistaron los campeonatos de 2024 y 2025 y ahora buscan algo que no se consigue desde los Yankees de 1998 a 2000: un tricampeonato consecutivo. Esa continuidad no surgió únicamente de contratar nombres, sino de construir una organización capaz de resistir cuando faltan sus figuras.

Ahí está una de las grandes diferencias entre acumular estrellas y formar una estructura poderosa. El equipo grande no es solamente aquel que alinea a los mejores cuando todos están sanos, sino el que conserva opciones cuando alguno cae, encuentra soluciones dentro de sus sucursales, identifica al relevista inesperado, prepara al suplente para convertirse en protagonista y mantiene un estilo competitivo a pesar de las ausencias. La profundidad no es ostentación: es una necesidad durante una temporada extensa que castiga brazos, piernas y proyectos.

Hoy los Dodgers cuentan con una colección impresionante de talento. Shohei Ohtani, Yoshinobu Yamamoto, Roki Sasaki, Blake Snell y Tyler Glasnow ya componían una rotación que, en plenitud, podía considerarse entre las más formidables del beisbol. Ahora han sumado a Tarik Skubal mediante un cambio oficial con Detroit, entregando prospectos importantes, entre ellos Zyhir Hope, River Ryan y Brady Smith. No lo recibieron gratuitamente ni apareció por decreto: pagaron un costo deportivo elevado para agregar al zurdo y aumentar sus posibilidades.

¿Por qué impedirles que sigan buscando jugadores? ¿Por qué censurar que intenten tener el equipo más sólido del mundo y uno de los mejores de la historia de su tiempo? Mientras actúen dentro de las reglas, negocien legítimamente, entreguen compensaciones, paguen salarios, impuestos y penalizaciones correspondientes, la ambición no debería convertirse en delito deportivo. El objetivo de una organización profesional consiste precisamente en mejorar, ganar, atraer aficionados y ofrecer el mejor espectáculo posible.

La incorporación de Skubal tampoco vuelve invulnerables a los Dodgers. Tener a Ohtani, Yamamoto, Sasaki, Snell, Glasnow y Skubal no garantiza que todos estén sanos simultáneamente, lancen en su mejor nivel ni lleguen completos a octubre. Los propios Dodgers han padecido durante esta campaña problemas físicos de varias figuras, y su rotación ha debido modificarse por lesiones. El roster puede ser extraordinario sobre el papel y, sin embargo, necesitar respuestas imprevistas cuando comienza la competencia real.

Blake Snell representa, además, una de esas vueltas fascinantes del deporte. Fue parte del equipo contrario en la Serie Mundial de 2020 y protagonizó una actuación dominante frente a Los Ángeles antes de ser retirado prematuramente en una decisión que todavía se discute. Aquel rival peligroso hoy viste el uniforme de los Dodgers. Así funciona el beisbol profesional: el adversario que una noche amenaza con arrebatarte el campeonato puede convertirse años después en la pieza destinada a ayudarte a conquistar otro.

Lo mismo puede decirse de muchas estrellas reunidas por organizaciones ambiciosas. No llegan para decorar una fotografía ni para garantizar triunfos en una conferencia de prensa. Deben convivir, aceptar funciones, responder ante la presión y transformar el talento individual en rendimiento colectivo. Un clubhouse cargado de figuras puede fortalecerse o fragmentarse; una rotación espectacular puede dominar o pasar meses en rehabilitación, y una alineación formidable puede desaparecer frente a un pitcher inspirado durante una serie corta.

El dinero compra posibilidades; no compra certezas.

Ésa es la razón por la cual la crítica automática resulta tan pobre. Se condena a los Dodgers como si sus títulos fueran inevitables desde el momento en que firman un contrato, aunque la historia del deporte está llena de nóminas enormes que fracasaron. Los propios Dodgers lo saben mejor que casi nadie. Durante años tuvieron calidad, recursos y figuras sin conseguir siempre el desenlace esperado. La diferencia es que no tomaron aquellas derrotas como argumento para retirarse, sino como motivo para corregir y volver a invertir.

Eso debería admirarse, incluso entre quienes no simpatizan con el equipo. No es necesario ser aficionado de los Dodgers para reconocer el mérito de una organización que se niega a conformarse. Puede cuestionarse una operación, dudar del rendimiento futuro de determinado pelotero o discutir la conveniencia de comprometer tantos recursos. Lo que resulta absurdo es censurar el deseo de mejorar como si la mediocridad fuera una virtud y la excelencia una amenaza.

Algunos hablan de equilibrio competitivo, y la preocupación merece analizarse. Ninguna liga puede prosperar si la mayoría de sus equipos entra a la temporada convencida de que no tiene oportunidad. Deben existir reglas claras, distribución razonable de ingresos y mecanismos que permitan a mercados diferentes desarrollar talento y competir. Pero equilibrio no significa igualdad artificial, ni obliga a impedir que una organización bien administrada alcance su máximo potencial.

No se fortalece al débil debilitando al fuerte.

Si hay clubes con menores recursos, deben construirse mejores instrumentos para que produzcan jugadores, reciban ingresos y puedan conservar talento. Si existen propietarios que obtienen beneficios, cobran recursos compartidos y aun así no invierten suficientemente en el roster, habría que exigirles responsabilidad. Si algunas franquicias carecen de visión, scouting, desarrollo o ambición, el problema no se resuelve obligando a los Dodgers a disminuir su nivel.

¿Por qué pedirle al que va adelante que se detenga, en lugar de reclamar a los demás que aceleren?

La competencia auténtica no consiste en emparejar hacia abajo. Consiste en obligar a todos a elevar sus capacidades. Cuando aparece una organización poderosa, sus rivales deben estudiar mejor, desarrollar más talento, invertir con inteligencia y encontrar caminos alternativos para derrotarla. El equipo de gran nómina puede ser vencido por uno más austero si éste ejecuta mejor, identifica talento ignorado, administra con mayor precisión y responde en los momentos decisivos.

Eso también engrandece al beisbol. La existencia de un gigante produce historias, rivalidades, emociones y una pregunta que acompaña a cada temporada: ¿quién podrá derrotarlo? Las grandes dinastías nunca fueron indiferentes. Generaron admiración, rechazo, celos, envidia y pasión. Los Yankees históricos fueron odiados en muchas ciudades, pero cada visita llenaba estadios y cada eliminación sufrida ante ellos adquiría un valor especial.

Un gran antagonista también fortalece el espectáculo.

La incomodidad que causan los Dodgers demuestra que se han convertido en la referencia. Todos quieren ganarles, muchos desean verlos caer y cada movimiento suyo domina la conversación. Eso no perjudica al beisbol; lo mantiene vivo. El riesgo comenzaría si nadie pudiera desafiarlos durante demasiado tiempo, pero esa respuesta corresponde a los demás equipos, no a una orden de desmantelamiento.

Y la discusión no debería terminar en las Grandes Ligas. El planteamiento debe extenderse al beisbol global. ¿Por qué no exigir mejores organizaciones en todos los circuitos? ¿Por qué no aspirar a que Japón continúe elevando su nivel, que Corea fortalezca su competencia, que las ligas del Caribe profesionalicen sus estructuras y que México alcance estándares superiores de desarrollo, espectáculo y administración?

El beisbol necesita crecer en todas partes. No debe conformarse con que las Grandes Ligas concentren los recursos, las estrellas y la atención. Los circuitos subsecuentes —incluidos aquellos cuyo nivel suele compararse con Triple A, como ocurre frecuentemente con el beisbol mexicano— deben aspirar a mejorar cada temporada. No para imitar sin reflexión a MLB, sino para fortalecer su identidad, formar peloteros, atraer públicos y construir productos deportivos económicamente sostenibles.

Ojalá en México hubiera más empresarios con la capacidad, el arrojo y el sueño de invertir en grande. Empresarios dispuestos a contratar mejores jugadores, ampliar academias, modernizar estadios, perfeccionar terrenos, fortalecer cuerpos médicos, profesionalizar oficinas, mejorar transmisiones y convertir cada jornada en una experiencia de alto nivel para la afición.

No se trata solamente de gastar en figuras. El dinero sin proyecto puede desperdiciarse con extraordinaria facilidad. Se requiere visión institucional, formación de talento, scouting, disciplina financiera, mercadotecnia, vinculación social y una identidad que sobreviva a cualquier temporada. Pero también es verdad que no existe crecimiento significativo sin inversión, riesgo y voluntad empresarial.

Quien arriesga capital merece la posibilidad de intentar construir algo grande. Podrá equivocarse, perder dinero o descubrir que sus contrataciones no funcionaron, pero no debe ser condenado por atreverse. El deporte profesional no puede pedir inversión y después sospechar de todo aquel que realmente la realiza.

Hay propietarios que ven a su equipo como un activo que debe administrarse con prudencia. Otros lo conciben como un proyecto destinado a trascender, ganar campeonatos y marcar una época. Ambos enfoques pueden ser legítimos dentro de determinados límites, pero el segundo es el que mueve fronteras, crea grandes estadios, reúne talento y provoca que una ciudad se identifique con una organización.

El beisbol necesita más soñadores, no menos.

También necesita directivos capaces de convertir el dinero en resultados. No basta extender cheques; hay que contratar correctamente, equilibrar el roster, evitar egos destructivos, desarrollar profundidad y elegir a quienes puedan funcionar bajo presión. Ahí está el verdadero desafío de los Dodgers: demostrar que esa enorme suma de calidad puede convertirse en equipo.

Porque el talento no juega solo.

Ohtani puede ser una figura extraordinaria, Yamamoto un pitcher dominante, Skubal un as temible y el resto una colección de capacidades excepcionales, pero todos necesitan salud, conducción, defensa, bullpen, catcher, cohesión y oportunidad. Un campeonato puede perderse por una mala decisión, un relevo fallido, un error defensivo, una lesión inoportuna o una ofensiva que entra en sequía durante cuatro juegos.

Los Dodgers han adquirido enormes posibilidades, no el derecho automático a coronarse.

Por eso su intento debería celebrarse, no prohibirse. La grandeza resulta atractiva precisamente porque puede fracasar. El público observa para saber si un equipo cargado de estrellas cumplirá las expectativas o se desplomará frente a un adversario menos costoso y más oportuno. Ambas posibilidades generan espectáculo.

En otros deportes se admira a quienes reúnen figuras, construyen planteles poderosos y persiguen épocas históricas. En el futbol internacional existen clubes capaces de invertir cantidades enormes para competir por todos los títulos; en el básquetbol se celebran planteles diseñados para formar dinastías, y en el futbol americano las organizaciones buscan cualquier ventaja permitida dentro de sus reglas. Se discuten los sistemas financieros, los límites y la distribución, pero nadie debería confundir regulación con castigo a la excelencia.

Cada deporte debe proteger su competencia sin mutilar su ambición.

El beisbol tampoco tiene por qué tener miedo de sus organizaciones más fuertes. Al contrario, debe aprovecharlas para ampliar mercados, atraer nuevas generaciones y obligar a los demás a responder. Los Dodgers llevan aficionados a los estadios, elevan audiencias y convierten cada serie en un acontecimiento. Su fortaleza también produce ingresos y atención para los rivales que los reciben.

Eso no significa entregarles privilegios ni permitirles violar normas. Deben cumplir exactamente las mismas reglas, enfrentar los costos previstos y asumir las consecuencias de cada operación. Pero dentro de ese marco, tienen derecho a intentar ser extraordinarios.

La crítica legítima debe dirigirse contra las ventajas indebidas, la opacidad, el incumplimiento o cualquier manipulación del sistema. No contra la inversión transparente, el riesgo empresarial y la voluntad de competir. Confundir ambas cosas sería una forma de resentimiento disfrazada de justicia deportiva.

Los Dodgers no necesitan disculparse por haber aprendido de sus derrotas. Ya tropezaron con planteles poderosos, ya comprobaron que Kershaw y otras figuras no podían hacerlo todo, ya enfrentaron frustraciones y ya pagaron el precio de decisiones equivocadas. La respuesta de la organización fue insistir hasta encontrar una estructura más profunda.

Hoy están intentando llevar esa fórmula todavía más lejos.

Tal vez ganen otro campeonato y establezcan una época. Tal vez las lesiones, la presión o un rival inspirado derrumben el proyecto. Quizá Roberts acierte cuando más importa o vuelva a tomar una decisión que provoque indignación. Todo eso forma parte de la competencia. Lo único que no debería cuestionarse es el derecho de la organización a perseguir su máximo nivel.

Y habría que exigir exactamente lo mismo a sus rivales.

Que inviertan mejor. Que desarrollen peloteros. Que construyan academias. Que fortalezcan sus sistemas de sucursales. Que contraten personal capaz. Que cuiden a sus jugadores. Que renueven estadios. Que escuchen a su afición. Que se atrevan a tomar riesgos y dejen de presentar la prudencia perpetua como si fuera una virtud incuestionable.

No todos podrán gastar lo mismo, pero todos pueden administrar con mayor ambición. La competencia no exige recursos idénticos; exige seriedad, creatividad y voluntad. Un mercado pequeño puede descubrir, formar y negociar mejor. Un club con menor presupuesto puede crear una cultura ganadora. Lo que no debería aceptarse es que la falta de proyecto se convierta en argumento para frenar a quien sí lo tiene.

El mismo principio debe aplicarse en México, el Caribe, Japón y cada espacio donde se juegue beisbol profesional. En lugar de temer a la organización que crece, hay que convertirla en referencia y desafío. En lugar de poner obstáculos al empresario que desea invertir, se le deben exigir transparencia, responsabilidad y permanencia, pero también permitirle soñar.

El beisbol no se engrandece repartiendo resignación.

Crece cuando aparecen mejores jugadores, organizaciones sólidas, estadios llenos, rivalidades intensas y empresarios dispuestos a arriesgar. Crece cuando un equipo poderoso obliga a otro a superarse. Crece cuando la afición sabe que está observando a figuras excepcionales, pero también que ninguna de ellas puede garantizar el resultado.

Los Dodgers quieren construir el mejor equipo de su tiempo y quizá uno de los mejores de la historia. Que lo intenten. Que reúnan estrellas, paguen el costo, desarrollen talento y enfrenten la presión que ellos mismos han creado. Después, que sus adversarios salgan al terreno dispuestos a derrotarlos.

Ésa es la respuesta deportiva.

No pedir que se detengan, sino competir mejor.

Los Dodgers no deben disculparse por invertir, arriesgar, perseverar y querer ser los mejores. Sus rivales no necesitan protección contra su ambición: necesitan organizaciones capaces de enfrentarla. Porque el beisbol no crecerá castigando a quienes sueñan en grande, sino multiplicando dirigentes, empresarios y equipos dispuestos a hacer lo mismo.

No se fortalece al débil debilitando al fuerte ni se construye grandeza prohibiendo la excelencia. Al poderoso se le vence jugando mejor, no exigiéndole que deje de intentarlo. Que los Dodgers persigan la historia; que los demás se preparen para impedirlo en el terreno. Ésa es la competencia que el beisbol necesita y el espectáculo que la afición merece.

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