Toros de Tijuana ya tiene su tercera estrella. La consiguió después de una temporada en la que fue el mejor equipo de la Zona Norte, después de una postemporada que le exigió más de lo que a veces su superioridad en el papel podía hacer pensar y después de una Serie del Rey en la que Olmecas de Tabasco demostró que ningún favoritismo sirve demasiado cuando empieza a rodar la pelota. Tijuana cerró el campeonato ganando 2-0 el sexto juego, se llevó la serie 4-2 y agregó 2026 a los títulos de 2017 y 2021. No fue simplemente campeón porque tuvo el mejor récord del Norte. Terminó siendo campeón porque supo confirmar esa condición cuando la temporada dejó de admitir errores.

Pero para entender este campeonato hay que mirar más atrás que el último out. Detrás de Toros existe una organización y ahí está buena parte de la explicación. El proyecto moderno nació de la apuesta de Alberto Uribe por construir en Tijuana algo más que un equipo capaz de llenar un estadio durante una buena temporada. La idea fue crear una institución con arraigo, estructura, continuidad y aspiraciones permanentes de protagonismo. Desde su regreso a la Liga Mexicana en 2014, aquella visión fue adquiriendo forma y resultados. No se trató solamente de contratar jugadores cada primavera y esperar que las piezas coincidieran; se construyó una cultura competitiva, una estructura administrativa y deportiva y una identidad que hoy permite hablar de Toros como una de las organizaciones fuertes de la LMB contemporánea.

Los resultados fueron apareciendo pronto. En 2016 Toros llegó a la Serie del Rey y perdió frente a Pericos de Puebla. Un año después volvió y derrotó precisamente a los poblanos para conquistar su primera corona. En 2021 escribió una de las historias más extraordinarias de la Liga Mexicana moderna al levantarse de un 0-3 frente a Leones de Yucatán y ganar cuatro juegos consecutivos para conseguir el segundo campeonato. Cinco años después aparece la tercera estrella. Son campeonatos distintos y caminos diferentes, pero unidos por una misma constante: Tijuana se acostumbró a competir arriba y a reconstruirse sin abandonar la ambición.

Eso también se refleja en la manera de armar los rosters. Justin Turner fue probablemente el símbolo más evidente de la apuesta de 2026. No llegó como una celebridad para vender boletos ni como veterano de despedida. Llegó después de 17 temporadas en Grandes Ligas, campeón de Serie Mundial, con más de mil 600 hits y más de 200 cuadrangulares, y todavía con actividad en MLB apenas el año anterior. Su contratación fue un mensaje de la organización: Toros no estaba construyendo para participar, sino para ganar. Pero la fórmula tampoco consiste simplemente en traer nombres de enorme cartel. En el otro extremo está Isaac Rodríguez, capitán, hombre de la organización desde 2015 y representante de esa continuidad indispensable para generar identidad. Entre Turner e Isaac puede resumirse buena parte de la filosofía de Tijuana: capacidad para incorporar talento de impacto y capacidad para conservar una columna vertebral propia.

El campeonato de 2026 comenzó mucho antes de la Serie del Rey. Toros terminó la temporada regular con marca de 60-31, fue primero de la Zona Norte y construyó durante meses la imagen del equipo más sólido de su sector. Pero los playoffs hicieron lo que suelen hacer: borrar casi todo aquello y obligar a demostrarlo nuevamente. Charros de Jalisco terminó perdiendo la serie 4-1, aunque varios juegos fueron mucho más cerrados de lo que puede sugerir el resultado global. Tijuana tuvo que ejecutar, resistir y resolver. Después vino Sultanes de Monterrey en la Serie de Campeonato del Norte y nuevamente Toros encontró la manera de avanzar. Su tránsito por la postemporada no fue un paseo. Fue precisamente esa combinación de autoridad y dificultad la que terminó preparándolo para la final.

El Sur, mientras tanto, había producido una sorpresa enorme. Diablos Rojos, campeón defensor y gran referencia de los últimos años, quedó eliminado antes de tener oportunidad de defender su corona en la Serie del Rey. Esa caída volvió a confirmar algo que el beisbol insiste en enseñarnos: el nombre, la nómina y los antecedentes sirven hasta que comienza una serie corta. Pericos de Puebla los dejó fuera y después Olmecas eliminó a los propios Pericos para quedarse con el banderín del Sur. Tabasco tampoco llegó por accidente. Había terminado segundo en su zona, sobrevivió una serie llevada hasta el séptimo juego frente a Guerreros de Oaxaca y fue creciendo conforme avanzaba la postemporada.

Por eso Olmecas merece mucho más que una nota al pie en la historia del campeonato de Toros. Llegó a Tijuana y ganó el primer juego 7-1, cumpliendo inmediatamente con la tarea principal de cualquier visitante en una serie larga: robar uno. Aquello cambió la presión. Toros respondió, empató y después consiguió ganar también en Villahermosa, neutralizando la ventaja que Tabasco había conseguido fuera de casa. Olmecas reaccionó nuevamente y colocó la serie 2-2. Después de cuatro encuentros ya no había un favorito cómodo. Había dos equipos capaces de ganar en casa ajena y una final reducida prácticamente al mejor de tres.

El quinto juego fue probablemente el momento que mejor explicó a ambos equipos. Tijuana comenzó arriba, Tabasco se negó a entregarse, sacó carácter y consiguió remontar. Parecía que Olmecas podía viajar al norte con ventaja 3-2. Entonces apareció la respuesta del campeón. Hernán Pérez empató con cuadrangular en la octava y Junior Lake pegó otro en la novena para darle a Toros una victoria 6-5. Más que un resultado, aquello fue una declaración. El mejor equipo del Norte había sido golpeado, había perdido la ventaja y estaba viendo cómo la serie podía cambiar de dueño. Y respondió.

Regresó a Tijuana 3-2 y terminó el trabajo de una manera completamente distinta. Ya no necesitó intercambio de golpes ni remontada. Necesitó pitcheo. Cinco lanzadores se combinaron para permitir apenas tres imparables y blanquear 2-0 a Tabasco. Eso también define a los campeones: no ganar siempre de la misma manera. Toros pudo producir cuando necesitó producir, resistió cuando tuvo que resistir y cerró con pitcheo cuando la corona estaba a nueve entradas.

Olmecas, sin embargo, hizo una gran Serie del Rey. Ganó en Tijuana, empató la final después de cuatro juegos, estuvo cerca de llevarse el quinto y obligó a Toros a utilizar prácticamente todos sus recursos. No fue comparsa ni el equipo simpático que llegó inesperadamente a la final. Fue el rival que puso a prueba al favorito y que obligó a Tijuana a demostrar en el terreno aquello que durante toda la temporada había sugerido en las estadísticas. Una corona también adquiere valor por la calidad y resistencia del adversario derrotado.

Por eso este tercer campeonato tiene una identidad distinta a los anteriores. El de 2017 fue la confirmación de que aquel proyecto podía llegar a la cima. El de 2021 quedó marcado para siempre por una remontada casi imposible después de estar abajo 0-3. El de 2026 es quizá el campeonato de la estructura y la consistencia. El de una organización que fue construyendo desde Alberto Uribe una forma de competir, que armó un equipo profundo, incorporó a una figura del tamaño de Justin Turner sin perder la identidad que representan jugadores como Isaac Rodríguez, terminó primero en el Norte, sobrevivió las exigencias de la postemporada y cerró cuando tenía que cerrar.

Eso es lo que separa muchas veces a un buen equipo de una organización ganadora.

Un buen equipo puede tener una gran temporada.

Una organización sólida puede volver a hacerlo.

Toros perdió antes, aprendió, regresó, ganó, volvió a reconstruirse y ahora suma tres campeonatos en menos de una década. No significa que vaya a ganar siempre. Nadie lo hace en beisbol. Diablos acaba de demostrar que incluso el campeón defensor puede desaparecer antes de la final. Pero sí significa que Tijuana ya construyó algo más importante que una buena generación de peloteros: construyó una cultura donde competir por la corona dejó de ser excepción y empezó a convertirse en expectativa.

Charros lo exigió. Sultanes intentó frenarlo. Tabasco le pegó primero, le ganó fuera de casa, le remontó juegos y lo obligó a responder.

Toros respondió.

2017, 2021 y 2026. Tres títulos, tres caminos diferentes y una misma conclusión: detrás de las estrellas hay algo más que buenos jugadores. Hay una organización que aprendió a construir, competir y ganar.

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