La primera ronda de playoffs de la Liga Mexicana de Beisbol está dejando buenos juegos, sorpresas y una discusión que vale la pena plantear más allá de cualquier equipo en particular: ¿tiene sentido que una serie eliminatoria pueda perderse y, aun así, el derrotado continúe con vida? El caso más visible en el Norte es Charros de Jalisco, que perdió cuatro juegos a uno ante Sultanes de Monterrey y avanzó como “mejor perdedor”. No hizo trampa, no recibió trato especial ni se modificó el reglamento para favorecerlo. Las reglas estaban escritas desde antes y aplicaban por igual para todos. El problema no es Charros. Es la fórmula.

En el Sur la competencia también demuestra por qué los playoffs deben tener una lógica sencilla. Guerreros de Oaxaca llegó a poner contra la pared a los poderosos Diablos Rojos, que dominaron la temporada regular; Olmecas y Bravos disputan otra serie cerrada y Pericos y Piratas también han tenido que resolver su futuro directamente en el terreno. Ésa debería ser la esencia de cualquier postemporada: la campaña ordinaria sirve para establecer jerarquías, sembrados y ventajas; cuando comienza el playoff, la historia vuelve a escribirse desde cero.

Durante muchos años la LMB utilizó formatos distintos. En 2019 todavía clasificaban cuatro equipos por zona y, una vez dentro de la postemporada, perder una serie significaba quedar eliminado. El cambio importante llegó en 2021, cuando se amplió la clasificación a seis clubes por sector: primero contra sexto, segundo contra quinto y tercero contra cuarto. El problema matemático era inevitable: tres series producen solamente tres ganadores y se necesitaban cuatro equipos para disputar las Series de Zona. La solución fue crear la figura del “mejor perdedor”.

Ahí nace la contradicción. ¿Para qué llamar eliminatoria a una ronda que no necesariamente elimina?

La intención de ampliar los playoffs puede entenderse. Más equipos involucrados significan más plazas interesadas hasta el final, mejores entradas, mayor audiencia, más transmisiones y, naturalmente, mayor explotación comercial del espectáculo. No hay nada malo en procurar que el producto sea atractivo y rentable. Pero una cosa es ampliar la fiesta y otra alterar la lógica deportiva.

Hoy la LMB tiene diez equipos en cada zona. Si se desea mantener una postemporada amplia, quizá sería más sencillo clasificar ocho y enfrentarlos 1 contra 8, 2 contra 7, 3 contra 6 y 4 contra 5. Cuatro series producirían exactamente cuatro ganadores; después vendrían dos Series de Zona y finalmente el campeonato de cada sector. Sin salvavidas, sin resurrecciones y sin necesidad de determinar quién perdió “mejor”.

Seguramente habrá quien diga que clasificar ocho de diez sería demasiado generoso, y probablemente tendría razón. Pero el sistema actual tampoco resulta particularmente selectivo: entran seis de diez y, después de la primera ronda, sobreviven cuatro. Es decir, dos terceras partes de quienes comienzan esa instancia continúan jugando. Si el propósito es involucrar a la mayoría de las plazas, por lo menos podría construirse un cuadro en el que ganar signifique avanzar y perder, simplemente, quedar fuera.

El caso de Charros sólo vuelve más visible el debate. Hoy la regla favoreció a Jalisco; mañana puede beneficiar a Diablos, Toros, Sultanes, Pericos o cualquier otro. Por eso la discusión no debe hacerse desde la camiseta. Charros hizo exactamente lo que debía hacer: aprovechar un reglamento vigente y continuar jugando. Ahora enfrentará a Toros de Tijuana y tendrá la oportunidad de demostrar hasta dónde puede llegar esa segunda vida.

La LMB ha crecido, se ha modernizado y ha fortalecido notablemente su espectáculo. Revisar su formato de postemporada no significaría retroceder, sino perfeccionarlo. Porque los playoffs deberían conservar una regla brutal, pero extraordinariamente sencilla: ganas y sobrevives; pierdes y te vas.

Ampliar la postemporada puede ser comercialmente razonable. Lo difícil de defender es llamar eliminación a una serie en la que perder también puede tener premio.

@salvadorcosio1

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