Cada generación anuncia una nueva revolución en el beisbol. Hubo tiempos en que el toque de bola parecía indispensable; otros en que el robo de bases era la gran obsesión. Llegó después la era del cuadrangular, la sabermetría, el launch angle, los bullpens especializados, los “openers”, los relevistas de situación, las alineaciones diseñadas por algoritmos y hasta los corredores cuya única función era entrar a robar una base en un momento específico del encuentro, sin apenas tomar turnos al bat o participar defensivamente. Sin embargo, por encima de todas esas transformaciones, una verdad permanece inalterable: el pitcheo continúa ocupando el trono del beisbol.

Los cuadrangulares llenan estadios y aparecen en los noticieros deportivos. Aaron Judge, Shohei Ohtani, Juan Soto, Bobby Witt Jr., Ronald Acuña Jr., Mookie Betts, José Altuve, Francisco Lindor, Robinson Canó en su tiempo, Derek Jeter como símbolo de una época y tantas otras figuras han demostrado que el bate sigue siendo capaz de enamorar multitudes. Pero cuando una organización diseña un proyecto para conquistar un campeonato, la conversación termina regresando al mismo lugar: el montículo.

No es casualidad. Ahí están Sandy Koufax, Bob Gibson, Nolan Ryan, Tom Seaver, Greg Maddux, Roger Clemens, Randy Johnson, Pedro Martínez, Mariano Rivera, Clayton Kershaw, Justin Verlander, Max Scherzer, Gerrit Cole y Madison Bumgarner, cada uno protagonista de una etapa distinta del beisbol moderno. Hoy esa tradición encuentra continuidad en Tarik Skubal, Paul Skenes, Zack Wheeler y Yoshinobu Yamamoto, mientras Jacob deGrom sigue recordando, cuando la salud lo acompaña, hasta dónde puede llegar el dominio absoluto de un lanzador.

Todos ellos representan una misma idea: el gran pitcheo nunca pasa de moda.

La historia del beisbol está llena de equipos explosivos a la ofensiva que terminaron frustrados en octubre al encontrarse con un cuerpo de lanzadores superior. El bateo puede ganar muchos juegos durante la temporada regular; el pitcheo suele decidir las series más importantes. Por eso los premios Cy Young conservan un prestigio especial. Por eso las organizaciones siguen invirtiendo fortunas en desarrollar brazos. Por eso cada año la búsqueda de un as continúa siendo una prioridad.

México conoce muy bien esa historia. Buena parte de su prestigio internacional nació desde el montículo. Vicente Romo, Enrique Romo, Teodoro Higuera y Fernando Valenzuela construyeron los primeros grandes capítulos. Después llegaron Esteban Loaiza, Oliver Pérez, Jaime García, Jorge de la Rosa, Yovani Gallardo, Joakim Soria, Fernando Salas, Jesse Chávez, Sergio Romo, Roberto Osuna, Julio Urías, José Urquidy, Giovanny Gallegos, Andrés Muñoz, Javier Assad, Patrick Sandoval, Víctor González, Gerardo Reyes, Daniel Duarte, JoJo Romero y otros lanzadores que han mantenido viva esa tradición. También el beisbol mexicano contemporáneo presume brazos de enorme calidad como Manny Barreda, Jake Sánchez, Wilmer Ríos y una nueva generación que sigue llamando a la puerta.

Eso no significa restar mérito a los grandes bateadores. México también presume a Melo Almada, Beto Ávila, Aurelio Rodríguez, Jorge Orta, Juan Gabriel Castro, Vinicio Castilla, Adrián González, Benjamín Gil, Ramiro Peña, Joey Meneses, Rowdy Téllez, Luis y Ramón Urías, Isaac Paredes, Jonathan Aranda, Alejandro Kirk, Jarren Durán y prospectos tan prometedores como Marcelo Mayer o Brandon Valenzuela. El beisbol mexicano comienza a ofrecer un equilibrio que durante muchos años parecía lejano.

Pero incluso ellos saben que existe una diferencia fundamental: un cuadrangular cambia una entrada; un gran lanzador puede cambiar el destino completo de una serie.

Quizá por eso resulta tan fascinante la figura de Shohei Ohtani. No solamente porque conecta batazos monumentales, sino porque desafía la lógica moderna al demostrar que todavía es posible dominar desde el montículo y desde la caja de bateo. Nos recuerda a Babe Ruth, aquel otro gigante que primero conquistó el beisbol como pitcher antes de convertirse en el bateador más temido de su tiempo. Los dos representan una excepción extraordinaria dentro de un deporte que, durante décadas, apostó por la especialización absoluta.

Las modas seguirán cambiando. Surgirán nuevas métricas, nuevas estrategias y nuevas formas de interpretar el juego. Pero mientras exista un diamante, un bate y una pelota, seguirá vigente una de las máximas más antiguas del beisbol: los batazos levantan al público de sus asientos, las grandes ofensivas producen espectáculo, pero los campeonatos siguen construyéndose alrededor de los brazos capaces de dominar el juego.

Porque el rey puede cambiar de uniforme, de época o de nacionalidad.

Lo que nunca cambia es el trono.

Y ese trono, desde hace más de un siglo, continúa perteneciendo a su majestad el pitcheo.

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