México no tiene un problema de talento beisbolero. Por el contrario, pocas naciones pueden presumir una historia tan rica, una tradición tan profunda y una capacidad tan constante para formar peloteros de calidad. Lo que históricamente nos ha faltado no es talento. Nos han faltado mayor coordinación, continuidad, una visión compartida y, sobre todo, un liderazgo capaz de convertir todos esos esfuerzos en un verdadero proyecto nacional.

Durante décadas hemos demostrado ser una auténtica fábrica de lanzadores. Fernando Valenzuela, Teodoro Higuera, Aurelio López, Sid Monge, Esteban Loaiza, Joakim Soria, Sergio Romo, Yovani Gallardo, José Urquidy, Andrés Muñoz, Javier Assad y muchos otros son prueba de ello. También hemos producido magníficos jugadores de cuadro. Aurelio Rodríguez, Jorge Orta, Vinicio Castilla, Benjamín Gil, Juan Gabriel Castro, Ramiro Peña, Isaac Paredes, Luis y Ramón Urías, entre otros, acreditan una escuela que privilegia la técnica, la inteligencia y el dominio de los fundamentos. Hemos formado excelentes receptores como Jaime Corella, Gabriel Gutiérrez, Manny Rodríguez y Alejandro Kirk, mientras Adrián González, Alex Verdugo, Joey Meneses, Rowdy Téllez y otros peloteros han demostrado que México también puede producir figuras de gran nivel en distintas posiciones.

Sin embargo, no podemos dejar de advertir una realidad que invita a la reflexión. México posee una dimensión territorial, demográfica y económica muy superior a la de otras naciones profundamente beisboleras y, aun así, países como República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico e incluso Panamá han logrado proyectar proporcionalmente un mayor número de peloteros hacia las Grandes Ligas y consolidar una presencia más constante entre la élite mundial. Ello no disminuye nuestros méritos; por el contrario, confirma el enorme potencial que todavía tenemos por desarrollar. La pregunta, entonces, ya no es si México tiene talento. Lo ha demostrado una y otra vez. La verdadera pregunta es qué nos hace falta para transformar ese talento en una estructura permanente de desarrollo y proyección internacional.

Nuestro país cuenta con dos ligas profesionales de enorme prestigio, clubes cada vez más sólidos, academias, ligas infantiles y juveniles, empresarios comprometidos, cronistas especializados, patrocinadores, buscadores de talento y una afición extraordinariamente fiel. Existen esfuerzos valiosos en prácticamente todos los frentes, pero con demasiada frecuencia avanzan de manera paralela. Hace falta una visión compartida que permita sumar capacidades, definir objetivos comunes y trabajar con una perspectiva de largo plazo.

La Fernandomanía representó una oportunidad histórica para proyectar al béisbol mexicano como nunca antes. Fernando Valenzuela abrió puertas, cambió percepciones y despertó admiración en todo el mundo. Su legado deportivo es inmenso y sigue siendo motivo de orgullo nacional. Sin embargo, aquel fenómeno extraordinario no terminó convirtiéndose en una plataforma institucional permanente que articulara una estrategia de largo alcance para el desarrollo integral del béisbol mexicano. No era una responsabilidad que pudiera recaer exclusivamente sobre un pelotero, por extraordinario que fuera. Requería instituciones fuertes, planeación, continuidad y una voluntad colectiva que trascendiera generaciones.

Hoy México necesita precisamente eso: un liderazgo que convoque, una visión que unifique y una estrategia que trascienda personas y administraciones. Ese liderazgo puede surgir de una alianza inteligente entre las ligas profesionales, la Federación, los clubes, la iniciativa privada, las academias, las universidades, los gobiernos que crean en el deporte y los propios peloteros. Lo importante no es quién encabece el esfuerzo, sino que exista una ruta clara, objetivos compartidos y un compromiso sostenido.

Sería injusto afirmar que no ha existido compromiso. El béisbol mexicano ha crecido gracias a la visión y perseverancia de numerosos empresarios, dirigentes y organizaciones que durante décadas han invertido recursos, tiempo y prestigio para mantener vivo este deporte. Ahí están, entre muchos otros, el impulso de Alfredo Harp Helú, Carlos Bremer y, en distintos momentos, Carlos Slim; el liderazgo de la familia Maiz y de la familia González en Monterrey; el esfuerzo de la familia Uribe en Tijuana, de la familia Toledo en Mazatlán, de la familia Ley en Culiacán, de la familia Murillo en Mexicali, de la familia Mazón en Hermosillo y de los grupos empresariales y directivos que han fortalecido el béisbol jalisciense hasta consolidar nuevamente a Charros de Jalisco como una de las organizaciones más sólidas y atractivas del país. A ello debe añadirse la labor silenciosa pero invaluable de las peñas y asociaciones de aficionados, que durante años han mantenido viva la pasión por este deporte, así como el apoyo que algunos gobiernos estatales y municipales han brindado mediante infraestructura, promoción y respaldo institucional. Todo ello ha sido valioso y merece reconocimiento. Sin embargo, la suma de esfuerzos, por importante que sea, todavía no ha logrado convertirse en una auténtica política pública nacional que articule capacidades, coordine objetivos y proyecte al béisbol mexicano con la dimensión internacional que su historia, su talento y su afición justifican.

También es momento de fortalecer nuestra cultura beisbolera. Debemos impulsar con mayor decisión el Salón de la Fama del Beisbol Mexicano, seguir promoviendo el reconocimiento de nuestras leyendas, consolidar los salones de la fama de cada organización profesional y preservar el legado de quienes construyeron este deporte. Un país que honra a sus grandes figuras inspira a las nuevas generaciones. Un béisbol que cuida su memoria fortalece su identidad y construye mejor su futuro.

México ya demostró que sabe formar peloteros de clase mundial. El siguiente desafío no consiste únicamente en producir más pitchers, receptores o jugadores de cuadro. El verdadero reto es construir un modelo nacional capaz de potenciar todo ese talento, desarrollar más jardineros de élite, más bateadores de poder y consolidar una estructura que coloque al béisbol mexicano en el sitio que su historia, su tradición y su afición merecen.

Porque el talento nunca ha sido nuestro problema.

La desarticulación sí.

Y el día que logremos unir talento, experiencia, inversión, infraestructura, formación, afición y liderazgo alrededor de un mismo proyecto, el beisbol mexicano dejará de ser una potencia con enorme potencial para convertirse, definitivamente, en una de las grandes referencias del béisbol mundial.

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