México: una constelación propia

En la primera entrega de esta serie recorrimos las grandes escuelas beisboleras del mundo. Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Venezuela, Cuba, Panamá y Japón construyeron constelaciones que han dado identidad al beisbol universal. Pero si existe un país cuya historia merece un capítulo propio, ése es México. Porque nuestra riqueza beisbolera no puede medirse únicamente por el número de peloteros que llegaron a las Grandes Ligas, sino también por la dimensión de quienes engrandecieron este deporte dentro de nuestras fronteras y ayudaron a convertirlo en una auténtica pasión nacional.

Todo comenzó cuando Melo Almada abrió una puerta que parecía imposible de cruzar. Después llegó Beto Ávila para demostrar que un mexicano podía conquistar un campeonato de bateo en las Grandes Ligas. Más tarde apareció Fernando Valenzuela y cambió para siempre la percepción del pelotero mexicano con la inolvidable Fernandomanía, un fenómeno deportivo, cultural y social que colocó a México en el centro del universo beisbolero y abrió el camino para las generaciones que vendrían detrás.

Aquellos pioneros encontraron dignos continuadores. Aurelio Rodríguez convirtió la tercera base en una referencia defensiva; Jorge Orta brilló por su consistencia ofensiva; Vinicio Castilla se consolidó como uno de los mejores antesalistas de su época; Erubiel Durazo, Karim García y Adrián González aportaron poder y prestigio al bate mexicano; Juan Gabriel Castro, Benjamín Gil, Ramiro Peña, Daniel Castro, Luis y Ramón Urías, Isaac Paredes y otros grandes jugadores de cuadro demostraron que el talento nacional podía competir al más alto nivel, mientras Alejandro Kirk, Joey Meneses, Rowdy Téllez y la nueva generación mantienen viva esa presencia en el mejor beisbol del mundo.

Desde el montículo también se ha construido una tradición que merece reconocimiento. Fernando Valenzuela fue el gran referente, pero junto a él escribieron páginas memorables Aurelio López, Teodoro Higuera, Sid Monge, Ismael Valdez, Esteban Loaiza, Óliver Pérez, Joakim Soria, Sergio Romo, Yovani Gallardo, Fernando Salas, Luis Cessa, José Urquidy, Giovanny Gallegos, Roberto Osuna, Andrés Muñoz, Javier Assad y Patrick Sandoval, lanzadores de estilos distintos que confirmaron que México sabe producir pitcheo de élite. Detrás de ellos asoman nuevas esperanzas como Marcelo Mayer, Brandon Valenzuela, Tirso Ornelas y otros jóvenes que alimentan la ilusión de seguir ampliando la presencia mexicana en el béisbol de Grandes Ligas.

Pero las constelaciones no se forman únicamente con quienes llegaron a las Grandes Ligas. También brillan quienes, por decisión propia, por las circunstancias de su época, por la escasa presencia de visores, por la falta de representantes o simplemente porque el destino les negó esa oportunidad, jamás vistieron un uniforme ligamayorista y, aun así, se convirtieron en leyendas. Ningún ejemplo resulta más contundente que Héctor Espino, para muchos el mejor bateador mexicano de todos los tiempos. A su lado aparecen Jaime Corella, considerado por numerosos especialistas el mejor receptor que ha producido nuestro beisbol; Gabriel Gutiérrez y Manny Rodríguez, extraordinarios conductores de pitcheo; Agustín Murillo, paradigma de entrega y liderazgo; Amadeo Zazueta, Roberto Castellón, Ramón “La Pulpa” Ríos, Jesús “Chuyito” López, Jaime López “Mr. Hit”, Luis “Rayo” Arredondo y tantos otros que construyeron carreras extraordinarias sin necesidad de la validación de las Grandes Ligas. La grandeza no siempre depende del escenario; muchas veces depende de la huella que se deja en la memoria de los aficionados.

Sin embargo, esta constelación no puede limitarse al recuerdo. También debe convertirse en un compromiso. México necesita seguir formando y proyectando peloteros hacia el máximo nivel internacional, pero al mismo tiempo reconocer con mayor fuerza a quienes construyeron nuestra historia. Existe una deuda permanente con Fernando Valenzuela, cuyo legado trasciende cualquier estadística y merece seguir difundiéndose como uno de los mayores orgullos del deporte mexicano. Del mismo modo, el Salón de la Fama del Beisbol Mexicano debe fortalecerse cada vez más como el gran custodio de nuestra memoria deportiva, y cada organización profesional tendría que consolidar su propio Salón de la Fama, preservando el legado de quienes dieron identidad a sus colores. Charros de Jalisco ha comenzado a recorrer ese camino, y organizaciones como Sultanes de Monterrey, Diablos Rojos del México, Toros de Tijuana y muchas otras pueden contribuir decisivamente a consolidar esa cultura de reconocimiento.

Pero el crecimiento del beisbol mexicano no depende únicamente de sus peloteros. También descansa en la visión de directivos comprometidos, empresarios que invierten y arriesgan su patrimonio para fortalecer las franquicias, managers, coaches, buscadores de talento, ligas infantiles y juveniles, cronistas, anotadores, patrocinadores, peñas y asociaciones de aficionados, así como en los gobiernos que comprenden que invertir en infraestructura deportiva significa invertir en salud, educación, identidad y cohesión social. Todos forman parte de la misma constelación y todos merecen reconocimiento por mantener viva la llama de este deporte.

Ha llegado el momento de unir más esfuerzos. De impulsar con mayor decisión a nuestros talentos, de fortalecer nuestras ligas, de proyectar internacionalmente a nuestras organizaciones y de consolidar franquicias con identidad y prestigio mundial, como hoy buscan hacerlo Charros de Jalisco y otras instituciones históricas del beisbol nacional. Tenemos historia, talento, afición, empresarios comprometidos y una tradición centenaria. Lo que hace falta es seguir caminando en la misma dirección.

Porque las estadísticas registran carreras, imparables, cuadrangulares, ponches o victorias.

La historia registra algo mucho más importante: a quienes hicieron posible que el béisbol mexicano creciera generación tras generación.

Las estrellas iluminan temporadas.

Las leyendas iluminan generaciones.

Y la constelación del beisbol mexicano seguirá brillando mientras seamos capaces de honrar a quienes nos trajeron hasta aquí, fortalecer nuestras instituciones, reconocer a nuestros héroes y abrirles el camino a quienes escribirán las próximas páginas de esta extraordinaria historia.

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