Hay deportes que se disputan exclusivamente con el cuerpo. El beisbol, además, se juega con la mente, con la memoria, con la paciencia y, para muchos de sus protagonistas, también con un conjunto de rituales que nunca aparecen en el reglamento, pero que forman parte inseparable de su cultura.
Quien observa un partido por primera vez puede pensar que algunos movimientos son simples manías o extravagancias. Sin embargo, detrás de ellos suele esconderse una historia. Una actuación memorable que alguien decidió repetir exactamente igual. Una promesa hecha antes de un encuentro decisivo. Una oración aprendida en casa. Un recuerdo familiar. Una enseñanza de un viejo manager. O, simplemente, la necesidad profundamente humana de encontrar un punto de equilibrio en un deporte donde el fracaso acompaña incluso a los mejores.
Pocas disciplinas enseñan tanto sobre la incertidumbre como el beisbol. Un bateador que conecta tres imparables en diez turnos será considerado una estrella. Un pitcher dominante puede perder por un solo lanzamiento equivocado. Un extraordinario jardinero puede ver cómo una pelota apenas le rebasa el guante. El margen entre la gloria y la frustración suele medirse en centímetros o en fracciones de segundo. Quizá por ello tantos peloteros buscan refugio en pequeñas rutinas que les permiten entrar mentalmente al juego.
La psicología deportiva ofrece una explicación razonable. Repetir ciertos movimientos antes de ejecutar una acción ayuda a disminuir la ansiedad, mejora la concentración y coloca al deportista en un estado mental favorable para competir. Pero junto a esa explicación científica también convive otra realidad: la superstición. Y el beisbol, probablemente más que cualquier otro deporte, ha aprendido a convivir con ambas.
Así aparecen escenas que millones de aficionados identifican de inmediato.
Shohei Ohtani, antes de muchos de sus turnos, utiliza el bate para medir cuidadosamente la distancia respecto al plato, acomoda los pies con precisión milimétrica y realiza una secuencia de movimientos que parecen formar parte de una ceremonia personal. Nadie podría asegurar dónde termina la técnica y dónde comienza el ritual.
Durante años, Jesús “Jesse” Castillo, uno de los bateadores más queridos del beisbol mexicano, acostumbró blandir repetidamente el bat por encima de la cabeza antes de adoptar su postura definitiva en la caja de bateo. Aquellos movimientos parecían más un diálogo consigo mismo que una simple preparación física.
Los aficionados veteranos de Charros de Jalisco aún recuerdan a Donald Anderson, formidable primera base y cuarto bat, quien antes de cada turno repetía exactamente la misma secuencia de movimientos mientras pronunciaba una peculiar cuenta en voz alta. Nadie podía explicar el origen de aquella costumbre, pero él jamás dejó de practicarla. Quizá no garantizaba un imparable, pero seguramente le ayudaba a convencerse de que estaba listo para conseguirlo.
En las Grandes Ligas abundan ejemplos igualmente fascinantes. Nomar Garciaparra convirtió el acomodo de sus guantes, mangas y uniforme en una coreografía perfectamente sincronizada que repetía lanzamiento tras lanzamiento. Wade Boggs hizo célebre la costumbre de comer pollo antes de cada juego y seguir una rutina prácticamente inalterable durante toda su carrera. Turk Wendell llevó sus rituales a un nivel extraordinario, con hábitos que hoy forman parte del folclor del beisbol profesional.
Y uno no puede dejar de preguntarse si detrás de la aparente serenidad de Shohei Ohtani no existirán también pequeñas ceremonias íntimas que nunca conoceremos. Porque incluso el pelotero más talentoso del planeta sigue enfrentándose al mismo desafío que cualquier novato: dominar la incertidumbre.
Los rituales no pertenecen únicamente a los bateadores. Los pitchers suelen desarrollar los suyos con igual intensidad. Algunos pisan el montículo siempre con el mismo pie; otros acomodan la gorra, ajustan el cinturón o acarician repetidamente la pelota antes de iniciar el movimiento. Hay quienes elevan la mirada al cielo después de cada entrada, quienes besan un escapulario, quienes se persignan antes del primer lanzamiento o quienes pronuncian una breve oración que nadie alcanza a escuchar desde las tribunas.
Con frecuencia esas costumbres dejan de ser un asunto estrictamente personal. Los compañeros aprenden a respetarlas. El clubhouse entero procura no interrumpirlas. Incluso la afición termina esperándolas con la misma naturalidad con la que espera un cuadrangular o una gran atrapada. El ritual termina convirtiéndose en parte de la identidad del pelotero.
Lo más interesante es que muchas de esas conductas nacieron sin ninguna intención de convertirse en tradición. Bastó una buena actuación para que el jugador decidiera repetir exactamente la misma rutina al día siguiente. Después vino otra buena jornada. Luego otra. Y así, casi sin darse cuenta, un gesto cotidiano terminó transformándose en una cábala.
El beisbol está lleno de esas pequeñas historias que nunca aparecen en el box score. No producen carreras, no suman ponches ni elevan el promedio de bateo. Sin embargo, ayudan a comprender la dimensión profundamente humana de un deporte donde la mente juega un papel tan importante como el brazo o el bat.
Tal vez por eso las estadísticas jamás podrán explicar completamente este juego. Detrás de cada lanzamiento también existen emociones, recuerdos, creencias, hábitos y pequeñas ceremonias que acompañan silenciosamente a quienes pisan el diamante.
Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero lenguaje invisible del beisbol.
En la segunda parte recorreremos ese fascinante universo de cábalas colectivas, celebraciones, gestos emblemáticos y supersticiones que han trascendido a los propios jugadores para convertirse en parte del alma del Rey de los Deportes.
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