Mucho tendrá que responder en el futuro el futbolista argentino Lionel Messi, tanto por sus vínculos con personajes sionistas (recientemente ha surgido evidencia que fuerzas armadas de Israel fueron seguridad en su boda, cómo puede leerse en la cuenta oficial de X de dicho ejército: https://x.com/nomeilan/status/2075320376171569487), como por los escándalos de corrupción cuya cloaca ha sido destapada por Román Molina.
Las investigaciones del periodista, que han sacudido los cimientos de la Asociación del Futbol Argentino (AFA) y salpican a la propia FIFA, no son un capítulo más de corrupción deportiva. Son la radiografía de un modelo de la gloria del Mundial que sirve como el mejor de distractores para un saqueo sistemático.
Para entender la magnitud del entramado, basta con seguir la ruta de un contrato: el que la AFA firmó con una empresa recién nacida en Miami, TourProdEnter LLC, apenas días antes del “triunfo” mundialista de Messi en Qatar 2022. ¿El objeto? Administrar los ingresos comerciales internacionales de la entidad, desde patrocinios hasta derechos de televisión, a cambio de una comisión fija del 30%, una cifra que los especialistas califican de ilógica e inédita.
¿Ya tenían contemplada la eventual victoria del jugador-fetiche de Infantino? ¿Se premió al argentino a cambio de infinitas riquezas y un retiro dorado en el vomitivo “Inter” de Miami?
Esos fondos, que debían engrosar las arcas de la AFA para beneficio de los clubes y el futbol formativo, fueron desviados a través de bancos estadounidenses hacia una madeja de empresas fantasma. Algunas de estas firmas estaban a nombre de personas en situación de quiebra o que vivían en viviendas sociales; tras recibir transferencias millonarias, cambiaron de número de teléfono, abandonaron sus hogares y, para sus vecinos, amanecieron con una riqueza inexplicable.
Parte de ese dinero, según Molina, se esfumó en la compra de propiedades de lujo, aviones privados e incluso en la financiación de actividades tan ajenas al futbol como el automovilismo.
El entramado llevó a un escenario aún más grotesco: la investigación judicial, impulsada por el FBI y fiscales federales de Estados Unidos, no solo busca a los beneficiarios finales en paraísos fiscales, sino que ha confirmado que la AFA renovó este contrato con TourProdEnter hasta 2030, ampliando sus facultades y blindando el esquema justo cuando las acusaciones comenzaban a hacerse públicas.
El fiscal argentino Emilio Guerberoff ha señalado que esta maniobra, realizada con un hermetismo absoluto y sin pasar por los órganos de control de la AFA, tuvo como propósito “dificultar la trazabilidad de los fondos”.
El rol de la FIFA en esta historia no es el de un espectador ingenuo. Es el de un cómplice necesario. El informe de Molina señala que la entidad que preside Gianni Infantino no solo ignoró las irregularidades financieras a pesar de su obligación de auditar las cuentas de la AFA, sino que mostró una preocupante indulgencia en otros terrenos.
El caso del entrenador de las categorías juveniles femeninas, Diego Guacci, acusado de acoso por jugadoras menores de edad, es paradigmático. La FIFA absolvió al técnico alegando falta de pruebas, pero lo hizo después de un procedimiento que violó la confidencialidad de las denunciantes, revelando sus nombres y exponiéndolas a un escarnio público que Molina califica como una grave violación de su protección.
Este patrón de conducta, donde la protección a las víctimas se sacrifica en el altar de la impunidad de los poderosos, se repite una y otra vez. La AFA, según las jugadoras, fue descrita internamente como una “mafia”, un lugar donde el miedo a las represalias paraliza cualquier intento de denuncia interna.
La conclusión de Molina es demoledora: el problema no es la corruptísima AFA, es la FIFA. Es un sistema que, lejos de castigar la corrupción, la protege. Los periodistas que han osado destapar estos expedientes no recibieron premios, sino amenazas, campañas de difamación y la revocación de sus credenciales. Se busca silenciar a quien mira debajo de la alfombra mientras el espectáculo sigue su curso.
Mientras tanto, las autoridades de EU avanzan en una investigación que podría tener consecuencias penales para los dirigentes argentinos y para quienes, en la FIFA, decidieron mirar hacia otro lado.
Pero la pregunta que queda flotando es incómoda: ¿cuántos otros casos como este se esconden en las federaciones que el futbol global prefiere no examinar? ¿Habrá más evidencias de actos aberrantes cómo partidos amañados? ¿Qué seguirá brotando de esta cloaca?
















