Históricamente, la cultura del “balón-pié”, de origen inglés, está tatuada en el mundo, en las sociedades latinoamericanas y, en particular, como sabemos, en la sociedad mexicana. Pero también está tatuada en muchas de nuestras vidas. ¿Por qué ha sido así? ¿Qué tiene de singular esta “apropiación” o “recreación” cultural?

Con esas raíces culturales europeas, en México, quienes practican o practicamos el deporte de las patadas, de manera profesional o no profesional (en este último grupo me incluyo), lo hacen casi siempre sin conocer ni reconocer, por ejemplo, la riqueza cultural del juego de pelota prehispánico. Lo digo como autocrítica. ¿Por qué no han sido reivindicadas, en las escuelas, esas costumbres honorables de los pueblos originarios en nuestras propias tierras y con nuestra gente? ¿Por qué no se han incluido ni se incluyen esas tradiciones populares y culturales en el currículo escolar de la educación básica y media superior? Porque, entre otras cosas, han sido excluidas del proyecto político “modernizador” del nacionalismo revolucionario del siglo XX, en el que el régimen hegemónico del PRI-gobierno ha sido arquitecto cultural e ideológico de un país sin raíces populares o donde lo indígena ha sido sólo escenografía. ¿Qué hace al respecto el régimen político llamado de la “cuarta transformación”?

La cultura del “futbol”, históricamente, se ha introducido en el imaginario colectivo o social mediante procesos enajenantes y a través de los medios de comunicación convencionales (televisión, prensa escrita y radio), que han propiciado su adopción, generalmente acrítica, en lo social, lo cotidiano y en lo subjetivo. ¿Cuáles son los contenidos de esa cultura importada del “futbol”?

Lo que se dice y lo que no se dice

La lengua oral es el campo de concreción de los usos, costumbres y pensamientos de la importada cultura futbolera. ¿Por qué, por ejemplo, decimos “futbol” y no “balón-pie”? ¿Por qué tiro de “corner” y no “tiro de esquina”? ¿Por qué “foul” y no “falta”? ¿Por qué generamos y usamos el anglicismo “shootar” en vez de “tirar” o “disparar” el balón? ¿O por qué “penalty” y “goal” en lugar de “infracción” y “anotación”?

Las resignificaciones y resistencias culturales ante el “futbol” se han reflejado, así, en los imaginarios sociales, en las percepciones colectivas y en las sensaciones populares. Finos procesos de construcción del tejido social y cultural que se han producido durante más de cien años en torno a la práctica del “balón-pie”. Las realidades sociales construidas en México, objetivas y subjetivas, no han sido la excepción durante el siglo XXI.

La reconexión con la afición

En estos días, la sociedad mexicana se conmovió y se ilusionó, una vez más, con la selección de México, es decir, con la representación nacional de futbol durante este verano de 2026. Entre el 11 de junio y el 5 de julio, la fuerza de las emociones colectivas se puso en modo de festejo, como sucedió en 1970 y 1986. La diferencia es que hoy somos más mexicanas y mexicanos; además, hay una mayor variedad de opciones de comunicación mediadas por tecnologías.

De manera sorprendente y súbita, las calles se colorearon de verde, blanco y rojo sin ser mes patrio. Un septiembre adelantado en julio, porque el deporte más practicado en el país provocó que aumentara el volumen de los altavoces socio-afectivos. La identidad patriótica, para apoyar al equipo mexicano, pareció borrar las desigualdades sociales durante tres semanas, porque para el festejo colectivo estamos hechos y estamos curtidos. En eso no nos faltan experiencias colectivas y de masas, porque tomamos las calles sistemáticamente durante las peregrinaciones de fe o en las concentraciones cívicas (la máxima expresión multitudinaria se da cada 12 de diciembre en la basílica de Guadalupe o cada 15 de septiembre en los zócalos o plazas principales del país).

El duelo

México sacó a las calles, una vez más, su catálogo de emociones desbordadas bipolares. Lamentablemente, con pérdidas de vidas humanas, que se han guardado sin honores, entre las multitudes. Donde las emociones sociales positivas y negativas estuvieron a flor de piel, las explícitas e implícitas, las tangibles e intangibles. Donde las bivalentes sensaciones liberadas y reprimidas acompañaron al conjunto nacional.

Luego, de un día a otro, se pasó de la euforia al llanto; de la alegría a la tristeza histórica (en sentidos democrático y religioso, debido a que el fenómeno se dio sin distinción de clases sociales). Pasamos del “cielito lindo” a “los mariachis callaron”. De los juegos artificiales al luto resignificado, profundo, compartido. Del júbilo a la tragedia colectiva, porque en estos días vivimos el sentido duelo.

No deben nada

Las imágenes de llanto de los jugadores mexicanos, por televisión abierta o en pago por evento, simbolizaron la tragedia social que nos identifica. Los integrantes de la “familia” creada por la pareja Aguirre-Márquez, se quebraron y se convirtieron no en el símbolo del fracaso de una nación, sino en la evocación de una gesta patriótica.

Las y los mexicanos en este lluvioso 2026 recreamos y trasladamos a los niños héroes del castillo de Chapultepec al estadio azteca. ¿Ese estadio es el nuevo monumento de la mal llamada “noche triste”? Sí y no, porque no hay nada que recriminar a los jugadores. Todo lo contrario: “Se perdió con la frente en alto”, decían los comentaristas de Televisa. “Al morir en la raya, no se puede ni se debe reclamar a nadie”, concluían los narradores deportivos de TV Azteca. “...Y retiemble en sus centros la tierra, al sonoro rugir del cañón...”

El silbatazo final

La pedagogía de las copas mundiales indica, en su principios generales, que los errores son caros y cobran factura. Se sabía que se tenía que jugar un partido casi perfecto contra los ingleses, pero no se dio... Adiós, selección de México, del torneo y de tu condición de co-anfitrión... Luego, vino la eliminación. Un equipo que no se sabe defender y no sabe concretar goles, no puede ganar. Nunca. “Con “Ollazos” no se puede ganar un partido o las probabilidades son muy bajas de ganar”, se dijo en la sobremesa. “A veces se gana y a veces se aprende”, declaró Claudia Sheinbaum, presidenta de México.

Las y los futboleros le llamamos “Ollazos” a los tiros-centros repetitivos y desesperados que se lanzan con el balón a la zona del área chica contraria... El brasileño-mexicano Ricardo “tuca” Ferreti criticó esa noche, además, que los Ollazos fueron diagonales, de atrás hacia adelante, cuando deben de ser en forma lateral o de la línea de meta hacia atrás, en forma de “diagonal matona”...

El balance

Se reconoce, sin embargo, que este Tri elevó el nivel de futbol practicado, este año, si lo comparamos con el desempeño en otros torneos mundiales de futbol, sobre todo con los pésimos resultados de Qatar (2022).

Ese día 5 de julio, en que las playeras nacionales se vistieron de gloria, tal como lo señalan los especialistas, terminó el ciclo de Javier “el vasco” Aguirre y comenzó la época de Rafa Márquez como director técnico nacional. Y terminó el ciclo del Estadio Azteca como sede mundialista. Quedan ahí dos datos para la historia del futbol mundial.

Oficialmente, la selección mexicana de futbol queda en 9o. lugar de 48 equipos en este mundial 2026. Un lugar digno para el futbol local tan mediocre que tenemos con la llamada Liga MX (sin ascensos ni descensos; con exceso de extranjeros, sin escuelas infantiles de futbol, etc.) El mérito es de los jugadores y el cuerpo técnico, no de los directivos.

La cultura del balón-pie es mucho más que las interpretaciones mediadas de la televisión y las redes sociales digitales. Va más allá de las relaciones corruptas de la FIFA (probadas, difundidas y procesadas judicial y penalmente en el pasado). Es, en fin, mucho más que la pretendida rentabilidad política y la reproducción ideológica buscada por las élites económicas y las cúpulas de los partidos políticos. Es lo que la gente crea y recrea en lo individual y lo colectivo. Es algo que todavía requiere comprenderse con más profundidad.

Es ganar y perder, es amor y desamor.

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@jcma23