En la primera entrega sostuve que el verdadero debate no consiste en determinar cuántos extranjeros debe admitir una liga profesional ni en cuestionar la autonomía de las organizaciones deportivas para establecer sus propios modelos de competencia. Esa discusión es legítima y corresponde al ámbito del deporte. El tema de fondo es distinto y mucho más trascendente: si esa autonomía puede llegar al extremo de producir, en los hechos, consecuencias distintas a las previstas por el propio orden jurídico mexicano respecto de un derecho tan elemental como la nacionalidad. Esa pregunta conduce inevitablemente a otra todavía más profunda: ¿qué hace mexicano a un mexicano?

La respuesta jurídica parece sencilla. La Constitución Política de México establece con precisión quiénes son mexicanos por nacimiento y quiénes pueden adquirir la nacionalidad mexicana. Esa condición no depende del criterio de una liga deportiva, de un club, de un dirigente o de una temporada. La nacionalidad no cambia porque una persona vista un uniforme de beisbol, juegue en una liga profesional o participe en una competencia internacional. Sin embargo, cuando el análisis se traslada al terreno deportivo, la discusión parece complicarse innecesariamente y, durante muchos años, ha dado origen a interpretaciones, excepciones y decisiones que alimentan una percepción de incertidumbre entre jugadores, directivos y aficionados.

Ahora bien, conviene distinguir dos planos completamente diferentes. Uno pertenece al Derecho; el otro al ámbito de la identidad personal. Hay peloteros nacidos fuera del territorio nacional que, teniendo derecho a representar deportivamente a México, nunca han renegado de sus raíces mexicanas, pero tampoco han sentido ese llamado o simplemente decidieron privilegiar otra selección nacional o concentrarse exclusivamente en sus carreras profesionales. Es una decisión absolutamente respetable. Nadie puede imponer la identidad ni obligar a un deportista a vestir una camiseta nacional. Casos como los de Nomar Garciaparra o Anthony Rendon ilustran precisamente esa libertad. Ambos poseen profundas raíces mexicanas y jamás han negado su origen familiar; sin embargo, nunca hicieron de la representación internacional de México una prioridad. No existe reproche alguno. La identidad también se vive de manera distinta y cada persona tiene derecho a ejercerla conforme a su propia historia.

Pero existe el fenómeno exactamente opuesto, y quizá ahí se encuentra la mayor paradoja de este debate. Hay jugadores nacidos fuera del territorio mexicano que no sólo acreditan jurídicamente su nacionalidad, sino que además han abrazado con enorme orgullo sus raíces familiares y han respondido una y otra vez al llamado de México para competir en los escenarios internacionales más exigentes. Austin Barnes, Anthony Banda, Patrick Sandoval, JoJo Romero, Alex Verdugo, Nick Gonzales, Jesse Chávez y otros peloteros de Grandes Ligas han manifestado públicamente el orgullo que sienten por sus orígenes mexicanos y el enorme significado que representa para ellos vestir la franela nacional cuando son convocados. Ninguno necesitó que alguien le enseñara a sentirse mexicano; esa identidad formó parte de su historia familiar mucho antes de alcanzar el profesionalismo. Ellos decidieron honrar sus raíces con hechos, no únicamente con palabras.

Ese contraste merece una reflexión. Mientras algunos peloteros que tenían la posibilidad de representar a México optaron legítimamente por no hacerlo, otros han luchado por ocupar ese espacio, han defendido la bandera nacional con absoluta convicción y han hecho de su mexicanidad una parte esencial de su identidad deportiva. Resulta difícil comprender que precisamente éstos, los que con mayor orgullo reivindican su pertenencia a México, sean quienes en determinados momentos encuentren mayores obstáculos administrativos para ser reconocidos plenamente dentro del propio beisbol mexicano.

Ningún caso resume mejor esa contradicción que el de Sergio “El Mechón” Romo.

Su historia trasciende los números, los campeonatos y las estadísticas. Sus padres y sus abuelos emigraron desde Jalostotitlán y Ameca, en Jalisco, hacia Mexicali, como tantas familias mexicanas que buscaron mejores oportunidades en la región fronteriza. El destino quiso que el nacimiento de Sergio ocurriera apenas unos kilómetros al norte de la línea divisoria, en Brawley, California, una comunidad inseparable social y culturalmente de Mexicali. Su nacimiento fue una circunstancia geográfica; su formación, sus costumbres, su idioma, sus afectos y su identidad siempre estuvieron profundamente ligados a México.

Desde muy joven conoció también el rostro más desagradable de la discriminación. Él mismo ha relatado que, durante su etapa universitaria, cuando estaba a un solo strike de culminar una actuación memorable, fue retirado del montículo porque su entrenador no estaba dispuesto a permitir que un muchacho mexicano arrebatara un récord a un jugador estadounidense. Aquella experiencia, lejos de debilitar su identidad, terminó fortaleciéndola. Sergio Romo decidió convertir sus raíces en motivo permanente de orgullo. Se tatuó símbolos mexicanos, habló siempre con enorme cariño de la tierra de sus padres y de sus abuelos y jamás dejó pasar una oportunidad para expresar el profundo vínculo que lo une con México.

Después llegaron las Grandes Ligas. Llegaron los campeonatos de Serie Mundial, los reconocimientos internacionales y una carrera extraordinaria que lo colocó entre los relevistas más exitosos de su generación. Pero, por encima de cualquier logro profesional, nunca dejó de responder cuando México lo llamó. Defendió la camiseta nacional en el Clásico Mundial de Beisbol y en otros torneos internacionales con una entrega que jamás estuvo condicionada por contratos, estadísticas o conveniencias personales. Cada vez que el país requirió de su talento, Sergio Romo estuvo dispuesto a representarlo.

Por eso su caso rebasa el ámbito estrictamente reglamentario. Resulta difícil explicar que un pelotero que ha llevado el nombre de México por el mundo, que ha escuchado y cantado el Himno Nacional antes de competir, que ha inspirado a miles de jóvenes y que jamás ocultó el orgullo de sus raíces, haya tenido que enfrentar incertidumbre respecto del reconocimiento de una condición que el propio orden constitucional mexicano ya definía con claridad. Sergio Romo dio al beisbol mexicano mucho más de lo que el sistema deportivo mexicano terminó dándole a él en materia de certeza y reconocimiento institucional.

Y, sin embargo, el verdadero problema nunca fue Sergio Romo. Él representa únicamente el rostro más visible de una discusión mucho más profunda. Porque detrás de su historia aparecen otros nombres, otras trayectorias y otras preguntas que siguen esperando respuesta. La más importante quizá sea ésta: ¿por qué algunos mexicanos nacidos fuera del territorio nacional encuentran obstáculos para ser reconocidos como tales dentro del propio beisbol mexicano, mientras otros reciben un tratamiento diferente? ¿Cuál es exactamente la diferencia jurídica entre unos y otros? ¿Existe realmente un criterio uniforme o seguimos frente a un sistema cuya aplicación termina dependiendo de interpretaciones particulares?

Con gusto. Éste sería el Bloque 2, enlazando naturalmente con el primero y cerrando la Segunda parte (Primera mitad) sin “martillazos” y preparando el terreno para la segunda mitad.

La historia de Adrián González ofrece otra perspectiva igualmente reveladora. Hijo de padres mexicanos, formado entre dos culturas y convertido en uno de los mejores primera base que ha dado el beisbol contemporáneo, nunca ocultó el orgullo que sentía por sus raíces. Su nombre quedó ligado durante años al beisbol de Grandes Ligas, pero también a la Selección Mexicana, a la que representó con profesionalismo y entrega en los principales escenarios internacionales. Su liderazgo dentro y fuera del terreno fue reconocido por compañeros, rivales y aficionados, convirtiéndose en un referente para toda una generación de peloteros mexicanos.

Como ocurrió con Sergio Romo, tampoco en su caso la discusión debería haber girado alrededor de su identidad. La Constitución no distingue entre mexicanos nacidos dentro o fuera del territorio cuando concurren los supuestos que ella misma establece. Sin embargo, el debate deportivo pareció recorrer durante mucho tiempo un camino distinto, generando incertidumbre precisamente en quienes nunca dudaron de su pertenencia a México ni escatimaron esfuerzo alguno para representarlo dignamente.

Ese contraste obliga a una reflexión más amplia. Hay quienes, teniendo la posibilidad jurídica de representar a México, optaron por otros caminos deportivos o simplemente nunca mostraron interés en vestir la franela nacional. Es una decisión personal que merece absoluto respeto. Nadie puede imponer el sentimiento de pertenencia ni exigir que un deportista represente a un país por el simple hecho de reunir los requisitos legales para hacerlo.

Pero resulta inevitable advertir la paradoja cuando se observa el caso contrario. Existen jugadores que reivindican permanentemente su mexicanidad, que se emocionan al escuchar el Himno Nacional, que aceptan cada convocatoria con orgullo y que consideran un privilegio defender los colores nacionales. Ellos no piden un favor. No buscan una concesión. Reclaman el reconocimiento de una condición que consideran propia por derecho y por convicción.

Ahí es donde la discusión deja de ser emocional para convertirse en institucional. La identidad puede sentirse de distintas maneras; la nacionalidad, en cambio, no debería depender de percepciones, simpatías o interpretaciones variables. El Estado mexicano ya resolvió quiénes son mexicanos por nacimiento. Las organizaciones deportivas pueden establecer requisitos de elegibilidad para sus competencias, pero no deberían transmitir la impresión de que la nacionalidad termina dependiendo del criterio circunstancial de quien ocupa temporalmente un cargo directivo o integra un órgano de decisión.

En un Estado de Derecho los derechos no se conceden; se reconocen. Esa diferencia resulta esencial. Cuando un derecho parece depender de la voluntad de una autoridad administrativa, deja de percibirse como un derecho y comienza a verse como una concesión. Precisamente para evitar esa incertidumbre existen la Constitución, las leyes y el principio de seguridad jurídica.

Éste es, a mi juicio, el verdadero núcleo del debate. No se trata de descalificar personas ni de desconocer la buena fe de quienes, en distintos momentos, han tenido la responsabilidad de conducir al beisbol profesional mexicano. Tampoco de afirmar que todas las decisiones adoptadas hayan sido incorrectas. Lo que debe discutirse es el sistema. Las instituciones modernas no pueden descansar sobre criterios personales, sino sobre reglas públicas, objetivas, uniformes y verificables. La fortaleza de una organización no radica únicamente en la calidad de sus dirigentes, sino en la capacidad de sus normas para ofrecer certeza independientemente de quién las aplique.

Existe, además, otro aspecto que apenas conviene esbozar en esta entrega y que merece un análisis específico. La autonomía deportiva constituye un principio valioso y necesario para organizar las competencias profesionales. Sin embargo, esa autonomía no puede interpretarse como una facultad para producir efectos distintos a los que establece el orden constitucional mexicano respecto de derechos fundamentales. Las normas deportivas organizan la competencia; las normas constitucionales organizan la vida jurídica de la Nación. Ambas deben coexistir armónicamente, pero la jerarquía entre ellas no debería admitir dudas.

Ése será precisamente el tema de la siguiente entrega. Analizaremos hasta dónde llega la autonomía de las organizaciones deportivas, dónde comienza la supremacía del Estado de Derecho, si el modelo vigente realmente favorece el desarrollo del pelotero mexicano o, por el contrario, ha llegado el momento de replantear la filosofía que inspira al beisbol profesional de nuestro país. También revisaremos si limitar la competencia fortalece realmente al talento nacional o si la experiencia internacional demuestra exactamente lo contrario.

Porque el objetivo de esta reflexión nunca ha sido dividir al beisbol mexicano. Todo lo contrario. La intención es contribuir a que nuestro deporte sea cada vez más sólido, más competitivo, más transparente y más congruente con los principios constitucionales que rigen a todos los mexicanos. El beisbol merece reglas claras; los peloteros también. Y cuando ambos intereses coinciden, no gana solamente una liga o un jugador: gana el deporte, gana la afición y gana el Estado de Derecho.

(Continuará en la Segunda parte —segunda mitad—.)

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