Cuando un pelotero conecta el jonrón que decide un campeonato o lanza el último strike para conquistar una Serie Mundial, los reflectores apuntan hacia él. Es natural. La historia suele recordar a quien alcanza la gloria. Sin embargo, mucho antes de ese momento hubo personas que creyeron en él cuando todavía era un muchacho desconocido jugando en un campo de tierra, lejos de las cámaras y de los aplausos. El beisbol está lleno de esos personajes silenciosos cuya aportación rara vez recibe el reconocimiento que merece.

En esa larga cadena de formación aparecen los padres, los primeros entrenadores, los instructores de ligas infantiles y juveniles, los managers de categorías menores, los coaches y, desde luego, los scouts o visores de talento. Cada uno cumple una función distinta, pero todos participan en la construcción de un pelotero profesional. Descubrir un talento excepcional constituye un arte; saber conducirlo hasta convertirlo en una figura consolidada representa un desafío todavía mayor.

Pocas historias ilustran mejor esa realidad que la de Fernando Valenzuela. Antes de convertirse en un fenómeno mundial, antes de la Fernandomanía y antes de conquistar a millones de aficionados con los Dodgers de Los Ángeles, hubo un hombre que vio en aquel joven zurdo algo que muchos todavía no alcanzaban a percibir. Ese hombre fue Rigoberto “Corito” Barona, uno de los más extraordinarios visores que ha dado el beisbol mexicano. Su capacidad para identificar talento fue excepcional y el tiempo terminó dándole la razón. Descubrir a Fernando significó mucho más que encontrar un gran lanzador; fue reconocer a quien estaba destinado a convertirse en uno de los más grandes embajadores que ha tenido el deporte mexicano.

Pero descubrir una joya no basta. También hay que saber protegerla, orientarla y ayudarla a crecer. Ahí aparece otra figura que merece un reconocimiento igualmente profundo: Tony de Marco. Su aportación fue distinta, pero decisiva. Comprendió que formar un pelotero profesional no consiste únicamente en perfeccionar una mecánica de pitcheo o desarrollar un lanzamiento. También implica formar a la persona, enseñarle a convivir con la fama, administrar el éxito, enfrentar la presión y conservar el equilibrio cuando el mundo entero parece rendirse a sus pies.

Tuve la fortuna de conocer a Tony de Marco y también de tratar a Fernando Valenzuela durante una etapa particularmente importante de su carrera. A principios de los años noventa, siendo mi hermano José Guillermo Cosío presidente de Charros de Jalisco y yo vicepresidente del club, Fernando volvió a México buscando reencontrarse con su beisbol, recuperar confianza y volver a sentir el abrazo de su tierra. No era un retiro; era una pausa para tomar impulso. Necesitaba volver a casa, recuperar energía y demostrar, quizá primero a sí mismo, que todavía tenía mucho beisbol por ofrecer.

Fue Tony de Marco quien lo acercó nuevamente a México y a Charros. Y, sobre todo, quien nunca permitió que transitara solo ese camino. Lo acompañó, lo orientó, lo alentó y permaneció cerca de él durante ese proceso de reconstrucción deportiva y personal. Entendía que Fernando necesitaba mucho más que innings lanzados; necesitaba estabilidad, confianza y un entorno que le permitiera recuperar plenamente la seguridad en sí mismo. Tony estuvo ahí, discreto como siempre, trabajando lejos de los reflectores, pero desempeñando una labor invaluable. El tiempo volvió a darle la razón: Fernando regresó a las Grandes Ligas y logró cerrar su extraordinaria trayectoria con la dignidad y el prestigio que siempre lo distinguieron.

Aquella experiencia me confirmó algo que con frecuencia pasa inadvertido. Detrás de muchas grandes carreras existe alguien que cumple el papel de guía. Un mentor. Una persona capaz de decir la palabra adecuada en el momento oportuno, de poner límites cuando hace falta, de recordar que la fama es pasajera y que el verdadero profesionalismo también se demuestra fuera del terreno de juego.

La historia del deporte ofrece numerosos ejemplos de talentos extraordinarios que, por distintas circunstancias, no alcanzaron todo lo que prometían. En ocasiones no les faltó brazo, bate o velocidad. Quizá les faltó alguien que los acompañara en el momento preciso, que los ayudara a mantener los pies sobre la tierra cuando el éxito parecía no tener límites y que comprendiera que formar un deportista implica también formar un ser humano.

El oficio del scout también ha evolucionado profundamente. Durante décadas bastaban una libreta, un cronómetro y muchas horas observando juegos en estadios modestos. Hoy existen cámaras de alta velocidad, análisis biomecánicos, inteligencia artificial, modelos predictivos y plataformas capaces de medir prácticamente cada movimiento de un pelotero. Todo ello representa un avance extraordinario y ha enriquecido enormemente la evaluación del talento.

Sin embargo, ninguna tecnología ha logrado sustituir completamente el juicio de un scout experimentado. Los algoritmos pueden medir la velocidad de salida de una pelota, el giro de un lanzamiento o la velocidad de un corredor. Lo que todavía no pueden medir con la misma precisión es el carácter, la capacidad de liderazgo, la resiliencia después del fracaso, la inteligencia para aprender, la disposición para escuchar, la ética de trabajo o el deseo profundo de superarse. Ésas siguen siendo cualidades que el ojo humano descubre mucho antes que cualquier computadora.

Por eso el trabajo de hombres como Corito Barona y Tony de Marco conserva un valor inmenso. Uno tuvo el extraordinario ojo para descubrir a Fernando Valenzuela cuando apenas comenzaba a escribir su historia. El otro comprendió que el talento también necesita protección, orientación y acompañamiento para no perderse en el camino. Corito encontró la joya; Tony ayudó decisivamente a pulirla y a conservar su brillo.

Los aficionados recordarán siempre a Fernando por sus victorias, por la Fernandomanía, por sus campeonatos y por aquella inolvidable mirada al cielo antes de iniciar su movimiento hacia el plato. Pero la historia del beisbol también debería reservar un lugar de honor para quienes hicieron posible que ese talento floreciera y perdurara.

Porque las grandes estrellas no nacen solas. Detrás de cada una existe una cadena silenciosa de personas que descubrieron, enseñaron, corrigieron, orientaron, protegieron y acompañaron.

Los campeones aparecen en las estadísticas. Los grandes formadores permanecen para siempre en la historia de quienes ayudaron a construir. Y ése es un legado que ningún récord podrá superar.

@salvadorcosio1

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