Justin Verlander ya entregó la pelota. Clayton Kershaw decidió irse todavía siendo competitivo. Max Scherzer, en cambio, todavía no sabe si aquella fue la última vez que subió a una loma de Grandes Ligas. Y quizá precisamente ahí esté una de las imágenes más claras del momento que vive el pitcheo: una generación extraordinaria empieza a desaparecer y sus últimos sobrevivientes intentan decidir por sí mismos cuándo termina una carrera que durante años pareció interminable.
La despedida de Verlander dejó algo que fue mucho más allá de los números y del propio beisbol. Durante horas y después durante días se repitieron las imágenes en portales, programas, redes sociales, cuentas especializadas, grupos de aficionados y espacios que ni siquiera están dedicados habitualmente al deporte. Había comentarios particularmente reveladores: personas que decían no ser aficionados al beisbol, mucho menos seguidores de Detroit y tampoco admiradores especiales de Verlander, pero que confesaban haberse conmovido con aquella escena. ¿Y quién no? Porque llegó un momento en que aquello dejó de ser beisbol o, mejor dicho, se convirtió precisamente en una de esas cosas que explican por qué el beisbol puede llegar a ser mucho más que un deporte.
Genevieve corriendo desde el dugout para llegar antes que A.J. Hinch al montículo. Verlander sorprendido. El abrazo. Las lágrimas que no intentó esconder. El camino hacia el dugout tomado de la mano de su hija. Los compañeros esperándolo. Kate Upton, su pequeño hijo, la ovación que parecía no terminar y después las palabras de un hombre que, ya fuera del terreno, habló menos de sus victorias, sus Cy Young o sus ponches que del tiempo que no pudo estar con su familia. Ahí apareció el costo que rara vez entra en las estadísticas: los viajes, los hoteles, los entrenamientos, los meses fuera de casa, las recuperaciones, los días en que una niña va a la escuela mientras su padre está en otra ciudad preparándose para lanzar, los cumpleaños, las comidas y las conversaciones ordinarias que parecen pequeñas hasta que uno descubre que pasaron los años y no estuvo en todas. Verlander habló de eso y volvió a quebrarse.
Quizá por eso conmovió incluso a quienes nunca lo habían seguido. Porque ya no era el pitcher extraordinario. Era un padre comprendiendo, al final de una carrera inmensa, cuánto tuvo que entregar para construirla y cuánto tuvieron que entregar también quienes lo quisieron. Ahí aparece una parte del romanticismo del beisbol que todavía sobrevive a las estadísticas avanzadas, las velocidades de salida, los ángulos de lanzamiento, los algoritmos, los bullpens programados y las decisiones tomadas desde una computadora. El juego se ha hecho cada vez más científico y seguramente mejor en muchos aspectos, pero conserva esa capacidad extraordinaria para detenerse de pronto y mostrarnos algo profundamente humano.
Quizá también sea por su ritmo. En otros deportes todo ocurre demasiado rápido. El balón sigue, el reloj corre y la jugada siguiente obliga a olvidar la anterior. En el beisbol existe tiempo para mirar. El pitcher recibe la pelota, camina alrededor de la loma, observa al catcher, respira. Un manager sale del dugout y todo el estadio sabe lo que significa esa caminata. Hay despedidas que pueden durar cinco minutos y medio porque nadie siente necesidad de apurarlas. El juego permite recordar mientras todavía está ocurriendo, y eso fue exactamente lo que sucedió con Verlander.
El beisbol conserva además algo que otras disciplinas han ido perdiendo: la posibilidad de detener el tiempo sin dejar de competir. Una base por bolas puede durar varios minutos, un cambio de pitcher convierte el estadio entero en un escenario de expectativa y una última salida puede transformarse en una ceremonia espontánea sin que nadie la haya ensayado. No es solamente nostalgia. Es una característica esencial del juego. El beisbol deja espacio para sentir.
Ahora aparece Scherzer y ahí la historia cambia. Scherzer tuvo el domingo una de esas salidas que obligan a detener cualquier conversación precipitada sobre el retiro. A los 42 años lanzó siete entradas y un tercio, permitió una sola carrera, ponchó a siete y realizó 114 pitcheos. Pero incluso los números cuentan solamente una parte. Hubo un momento mucho más revelador: fueron por él para retirarlo y no quería salir. Discutió, pidió quedarse, consiguió seguir y todavía lanzó más. Eso es Scherzer.
Probablemente no existe una imagen que explique mejor toda su carrera. Un pitcher que durante años convirtió la intensidad en parte de su personalidad y que, cuando prácticamente todos alrededor podrían comprender que una posible última aparición había terminado de manera magnífica, todavía estaba tratando de conseguir tres outs más. Después recibió la ovación y saludó a sus hijos. Y uno inevitablemente piensa en Verlander: dos hombres de una misma generación enfrentándose al mismo momento de maneras distintas. Uno ya había decidido que era suficiente. El otro salió del campo sin estar todavía convencido de que aquello debía terminar.
Scherzer ha dicho que esperará el invierno, que verá cómo responde el cuerpo, qué oportunidades aparecen y entonces decidirá si intenta una temporada más. Mi impresión, absolutamente personal, es que no se va. Quizá él mismo llegó a esa apertura pensando que podía ser la última. Quizá llevaba semanas preparándose psicológicamente para aceptar esa posibilidad. Pero después ocurrió lo que ocurrió: sintió la pelota, consiguió outs, llegó profundo, acumuló más de cien lanzamientos y, cuando fueron a quitarle la pelota, todavía tuvo fuerzas y voluntad para discutir porque quería seguir. Un pitcher puede engañar a otros. Difícilmente se engaña a sí mismo cuando está sobre la loma. Y Scherzer sintió que todavía podía.
Por eso pienso que, si durante el invierno el cuerpo le responde y aparece un equipo que le ofrezca un lugar razonable, veremos nuevamente a Max Scherzer en 2027. Tal vez ya no como el monstruo que durante años podía dominar una alineación completa. Tal vez con otra administración de innings, otra preparación y otras expectativas. Pero mientras conserve esa voluntad y pueda todavía producir una salida como la del domingo, resulta difícil imaginarlo sentado definitivamente en casa. Los grandes deportistas pasan toda la vida aprendiendo a competir; casi ninguno recibe un manual para aprender a dejar de hacerlo.
Verlander acaba de recorrer ese camino. Su despedida en Detroit tuvo algo que rara vez puede organizarse: naturalidad. Se fue todavía lanzando, todavía siendo capaz de alcanzar 95 millas, todavía compitiendo, y terminó caminando hacia el dugout tomado de la mano de su hija. Kershaw también eligió marcharse cuando todavía podía lanzar y cuando su nombre seguía asociado a algo más que la nostalgia. Scherzer se encuentra ahora exactamente frente a esa puerta. Los tres forman parte de una generación extraordinaria.
Verlander, Kershaw y Scherzer fueron durante muchos años una referencia casi automática para medir la excelencia entre abridores. Distintos estilos, distintos cuerpos y distintas maneras de atacar, pero una característica común: durante sus mejores épocas no se conformaban con iniciar partidos. Querían dominarlos. Verlander tenía la recta y la capacidad extraordinaria de conservar velocidad hasta las últimas entradas. Kershaw construyó quizá uno de los picos de dominio más impresionantes de su tiempo con aquella combinación de recta, slider y curva. Scherzer convirtió la intensidad en parte de su identidad: los ojos de distinto color, el movimiento violento, la manera de atacar a cada bateador como si el juego dependiera de ese turno.
Y los tres acumularon algo que empieza a parecer cada vez más difícil de reproducir: volumen. No solamente grandes temporadas, sino grandes carreras. Miles de innings. Miles de ponches. Años enteros lanzando cada cinco días. Juegos completos. Premios Cy Young. Postemporadas. Regresos después de lesiones. Reinventarse cuando la velocidad disminuía o cuando el cuerpo obligaba a cambiar. Eso es quizá lo que se está perdiendo: no la calidad del pitcheo, sino la duración.
Todavía hay lanzadores extraordinarios. Jacob deGrom, cuando está sano, probablemente ha tenido algunos de los periodos de dominio puro más impresionantes de esta generación. Chris Sale ha demostrado que todavía puede reinventarse después de años de lesiones. Gerrit Cole pertenece al puente entre aquella vieja guardia y el modelo moderno. Zack Wheeler se convirtió con los años en uno de los abridores más confiables del juego. Pero ninguno tiene exactamente la misma historia.
DeGrom es quizá el caso más fascinante. Durante sus mejores temporadas parecía prácticamente imposible conectarle. Velocidad, comando y repertorio extraordinarios. Su problema nunca fue demostrar que podía ser dominante, sino permanecer disponible el tiempo suficiente. Las lesiones fueron cortando temporadas que, proyectadas completas, podían haber producido números históricos. Chris Sale vivió algo parecido. Durante años fue uno de los zurdos más intimidantes de Grandes Ligas, después entró en una cadena de lesiones que parecía haber modificado definitivamente su carrera y consiguió regresar hasta recuperar un nivel de élite. Su historia demuestra que la longevidad ya no necesariamente significa continuidad; a veces significa sobrevivir, reconstruirse y volver.
Gerrit Cole tiene otro perfil. Fuerza, preparación, capacidad para evolucionar y una carrera que todavía tiene capítulos importantes por escribir. No pertenece exactamente a la generación de Verlander, Kershaw y Scherzer, pero convivió con ella lo suficiente para convertirse en su enlace natural con los que vienen detrás. Zack Wheeler quizá sea uno de los ejemplos menos estridentes y más valiosos. No siempre estuvo situado en la conversación de los grandes nombres, pero terminó construyendo una segunda parte de carrera extraordinariamente consistente. Si logra conservar salud, puede añadir todavía bastante volumen.
Y después aparecen otros casos que recuerdan que no todas las grandes promesas terminan igual. Madison Bumgarner fue durante un tiempo uno de los pitchers más grandes de octubre. Su actuación en la Serie Mundial de 2014 permanece entre las mayores exhibiciones individuales que se hayan visto en una postemporada. Parecía destinado a acompañar durante mucho tiempo a los grandes de su generación, pero su descenso fue más rápido. Terminó fuera de Grandes Ligas mucho antes de lo que habría imaginado cualquiera después de verlo dominar con San Francisco. Noah Syndergaard, “Thor”, representa otra historia: poseía una recta devastadora, presencia, repertorio y juventud suficiente para imaginar una larga carrera como figura. Las lesiones alteraron aquella trayectoria y terminó alejándose del nivel que alguna vez parecía inevitable. Eso también forma parte del beisbol: no basta con tener el brazo, hay que sobrevivir.
Y si entre los abridores la transición es evidente, entre los relevistas también existe una generación acercándose al final. Aroldis Chapman sigue lanzando y todavía puede alcanzar velocidades que parecerían absurdas para un pitcher de su edad. Kenley Jansen continúa acumulando salvamentos y conserva un cutter que durante años definió su carrera. Craig Kimbrel fue durante mucho tiempo parte de ese mismo grupo de cerradores que parecían automáticos en la novena entrada. Los relevistas envejecen de otra manera. No acumulan 200 innings ni enfrentan tres veces una alineación, pero viven bajo una presión distinta. Su trabajo puede reducirse a tres outs y cualquier error queda inmediatamente expuesto. Chapman y Jansen construyeron carreras larguísimas precisamente en una posición donde la estabilidad suele durar poco.
Por eso también merece preguntarse quiénes podrán reemplazarlos. Hay una nueva generación de abridores extraordinarios: Paul Skenes, Tarik Skubal, Logan Webb, Sandy Alcántara, Max Fried, Framber Valdez y otros que ya mostraron capacidad para dominar. Algunos poseen mejores herramientas tecnológicas, más información, planes de pitcheo mucho más detallados y preparación física superior a la de generaciones anteriores. Pero el juego ya no les pide exactamente lo mismo.
Hoy seis entradas de calidad pueden considerarse una gran salida. Los bullpens están diseñados para encargarse de los últimos nueve o doce outs. Los equipos controlan cargas, cuentan pitcheos y utilizan datos para decidir cuándo un abridor comienza a perder ventaja frente a una alineación. La ciencia probablemente protege carreras, pero también reduce la posibilidad de ver otro Verlander, otro Scherzer o incluso otro Kershaw bajo la misma medida histórica.
Tal vez dentro de veinte años juzguemos a los grandes pitchers con parámetros distintos: menos juegos completos, menos innings, más eficiencia, más ponches por entrada, mejor prevención de carreras y trayectorias quizá más largas, pero distribuidas de otra manera. El problema es que el beisbol también se construye con memoria, y la memoria todavía conserva otra imagen del gran abridor: el hombre que llega a la octava entrada, ve salir al manager del dugout y hace inmediatamente un gesto para decirle que no se acerque.
Scherzer hizo prácticamente eso otra vez el domingo, a los 42 años, después de una temporada complicada y en una posible última salida. Quería seguir. Ahí quizá estuvo toda la respuesta. Y quizá ahí esté también aquello que hace distinto al beisbol: un deporte que permite que una pelota sea al mismo tiempo objeto de competencia y símbolo de despedida. La misma pelota que Verlander no quería entregar durante dos décadas terminó saliendo de su mano mientras su hija corría hacia él. La misma pelota que Scherzer todavía se resistía a entregar hace unos días puede estar diciéndonos que su historia aún no terminó.
El romanticismo del beisbol no consiste en negar la modernidad, rechazar la estadística o pretender que todo tiempo pasado fue mejor. Consiste en comprender que debajo de cada número sigue existiendo una persona. Detrás de las 95 millas por hora hay un brazo que algún día dejará de responder. Detrás de tres mil ponches hay miles de horas de preparación. Detrás de una carrera de veinte años hay una familia que aprendió a vivir con ausencias. Y detrás del momento en que un manager extiende la mano para pedir la pelota existe una pregunta que ningún algoritmo puede responder: ¿es ésta la última vez?
Eso fue lo que vimos con Verlander. Por eso aquella despedida cruzó las fronteras del aficionado. El que conocía toda su carrera entendió lo que significaba; el que apenas sabía quién era pudo entender algo todavía más sencillo: un hombre estaba cerrando una parte gigantesca de su vida y su hija quiso acompañarlo en ese instante. No hacía falta conocer su WHIP, sus victorias, su porcentaje de ponches o cuántos Cy Young había ganado para emocionarse. Bastaba mirar.
Y quizá por eso resulta tan difícil imaginar a Scherzer marchándose ahora. Porque unos días después vimos la escena contraria. No a un hombre dispuesto a entregar la pelota, sino a uno discutiendo para conservarla. Verlander parecía haber llegado a la paz de quien sabe que ya hizo todo. Scherzer parecía todavía peleando contra el tiempo, contra el manager y quizá hasta contra la idea misma del retiro.
Puede ocurrir que durante el invierno cambie de opinión. El cuerpo manda y ninguna salida aislada garantiza una temporada completa. También puede ocurrir que el mercado no le ofrezca la situación adecuada. Pero si la decisión dependiera únicamente de lo que mostró aquella tarde, la sensación sería otra: todavía quiere estar ahí.
Y ésa quizá sea la diferencia más interesante entre los grandes. No todos saben irse de la misma manera. Algunos se retiran antes de que el juego los retire. Otros intentan exprimir una última temporada. Algunos desaparecen lentamente entre lesiones, ligas menores y contratos que ya no llegan. Otros consiguen construir una despedida casi perfecta. No existe una fórmula correcta.
Bumgarner prácticamente desapareció de escena cuando todavía parecía demasiado joven para hacerlo. Syndergaard pasó de ser Thor a buscar la manera de recuperar aquello que las lesiones le quitaron. Greinke se fue apagando sin una ceremonia gigantesca. Wainwright pudo despedirse alcanzando una victoria redonda. Kershaw eligió el momento. Verlander convirtió su último día en una escena familiar inolvidable. Y Scherzer todavía parece negarse a aceptar que el suyo haya llegado.
Por eso esta generación merece ser observada hasta el último lanzamiento. Porque no estamos viendo solamente cómo terminan carreras individuales; estamos viendo cómo desaparece una manera de entender el oficio de pitcher. La del abridor que quería la pelota cada quinto día y no tenía interés alguno en entregarla antes de tiempo. La del hombre que consideraba ocho innings una jornada normal y un juego completo una posibilidad real, no una rareza estadística.
Vendrán otros grandes, por supuesto. Skenes puede convertirse en uno de ellos. Skubal ya pertenece a la conversación de los mejores. DeGrom todavía puede regalarnos temporadas extraordinarias si el cuerpo lo permite. Sale, Cole, Wheeler y otros pueden ampliar enormemente sus legados. Alguno que hoy apenas conocemos aparecerá y dominará durante una década. El beisbol siempre se renueva.
Pero renovación no significa repetición.
No habrá otro Verlander exactamente como Verlander, ni otro Kershaw exactamente como Kershaw, ni otro Scherzer exactamente como Scherzer. Igual que no hubo otro Nolan Ryan, otro Randy Johnson, otro Greg Maddux o Pedro Martínez. Cada generación encuentra su propia forma de dominar y después, casi sin darnos cuenta, empieza a marcharse.
Por eso seguimos mirando, no solamente para saber quién gana. Miramos porque a veces un deporte consigue recordarnos que el tiempo pasa también para quienes parecían capaces de vencerlo. Verlander ya se fue, Kershaw eligió su momento y Scherzer todavía mira hacia la loma. Detrás de ellos quedan deGrom, Sale, Cole, Wheeler, Chapman, Jansen y algunos otros intentando prolongar el camino mientras una nueva generación empieza a ocupar su lugar.
Y quizá ésa sea una de las razones por las que el beisbol conserva esa capacidad tan particular para conmovernos. Sabemos que todo termina, pero durante nueve entradas podemos fingir que no. Sabemos que ningún brazo es eterno, pero mientras un pitcher siga pidiendo la pelota queremos creer que todavía queda una salida más.
Verlander ya no la tendrá.
Kershaw decidió que tampoco.
Scherzer, me parece, todavía quiere una más.
Y posiblemente muchas más.
Así funciona el beisbol: siempre llega otro pitcher. Lo que nunca sabemos es cuándo volverá a llegar otro como ellos.
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