Hay despedidas que se anuncian y otras que se sienten. La de Justin Verlander tuvo ambas cosas. Se sabía que sería su última aparición, que Detroit preparaba un homenaje y que Comerica Park estaría dispuesto a despedir a uno de los mejores lanzadores de su tiempo. Pero cuando llegó el momento, la escena terminó siendo mucho más sencilla y mucho más emotiva de lo que cualquier ceremonia podía preparar.
Y quizá una medida de lo que ocurrió esté en lo que vino después. En cuestión de horas, las imágenes de la despedida comenzaron a multiplicarse en portales deportivos, medios digitales, cuentas de beisbol, redes y comunidades de aficionados. No solamente en Detroit. La escena de aquel hombre de 43 años, uno de los pitchers más importantes de su generación y con un lugar en Cooperstown que parece cuestión de tiempo, llorando abrazado a su hija recorrió el mundo del beisbol. Por algunos minutos dejó de ser el tres veces ganador del Cy Young, el MVP, el hombre de los más de 3,500 ponches. Era simplemente papá.
A.J. Hinch salió del dugout dispuesto a caminar hacia la loma para retirarlo después de cinco entradas y un tercio. Verlander acababa de conseguir el primer out de la sexta y todavía estaba ahí, sobre el montículo que había sido su territorio durante más de dos décadas, cuando ocurrió lo inesperado. Antes de que Hinch llegara apareció Genevieve, su hija de siete años, corriendo desde el lado del dugout, rebasando prácticamente al propio manager para llegar primero con su padre.
Verlander no sabía que aquello iba a ocurrir.
Y quizá por eso fue tan hermoso.
La niña llegó al montículo y lo abrazó. Verlander se inclinó hacia ella y comenzó a llorar. No a derramar discretamente alguna lágrima para la fotografía. Lloró de verdad. Se quebró abrazando a su hija y tuvo incluso que explicarle que estaba bien, que eran lágrimas de felicidad, porque ella nunca lo había visto llorar de aquella manera.
La imagen es de las que permanecen.
Un día antes, Genevieve había realizado el lanzamiento ceremonial y su padre había recibido la pelota detrás del plato. Habían practicado juntos. Verlander había contado con enorme alegría que últimamente ella comenzaba a pedirle salir al jardín a jugar a la pelota, algo que él nunca le había impuesto. Un día después, sin que él lo esperara, la misma niña corrió al montículo para quitarle simbólicamente la última pelota de su carrera.
Después llegaron Hinch y sus compañeros. Los Tigers rodearon la loma para abrazarlo. Verlander comenzó a caminar lentamente hacia el dugout, siempre tomado de la mano de Genevieve, mientras el estadio permanecía de pie. Cerca lo esperaba Kate Upton con su pequeño hijo Bellamy. Hubo otro abrazo familiar, los saludos de todo el equipo, la gorra levantada hacia las tribunas y finalmente los escalones del dugout.
Lord Verlander no pudo ocultar sus lágrimas. Estuvieron ahí durante todo el camino desde la lomita y crecieron con la gran ovación final, antes de ingresar por última ocasión al dugout, luego de saludar y despedirse de todo el roster, que le hizo valla.
Cinco minutos y medio tardó el juego en reanudarse.
Nadie parecía tener prisa.
Verlander se va como vivió buena parte de su carrera: lanzando. Y eso, tratándose de un pitcher de 43 años y después de 21 temporadas en Grandes Ligas, resulta extraordinario. Su última aparición no fue un acto testimonial ni una entrada concedida para despedirse. Habían transcurrido prácticamente seis meses desde su anterior salida en Grandes Ligas, arrastró durante el año problemas físicos y, aun así, subió a competir. Lanzó cinco entradas y un tercio, permitió dos carreras, ponchó a seis y todavía alcanzó las 95 millas con su recta. Hizo su trabajo y terminó entregando la pelota en una salida digna. Para quien no alcanzó a seguir toda su trayectoria vale la pena contar, aunque sea brevemente, quién fue Justin Verlander y por qué su despedida significa bastante más que el retiro de otro buen lanzador.
Terminó con 266 victorias, efectividad de 3.33, 3,560 ponches y más de 3,500 innings lanzados. Ganó tres premios Cy Young, fue Jugador Más Valioso de la Liga Americana, obtuvo la Triple Corona de pitcheo en 2011, fue Novato del Año, lanzó tres juegos sin hit, acudió diez veces al Juego de Estrellas y ganó dos Series Mundiales. Son cifras extraordinarias, pero también pertenecen a una clase de pitcher que empieza a escasear: el abridor al que no solamente se le pedía dominar, sino cargar con el juego durante seis meses, trabajar profundo, soportar una gran cantidad de entradas y pedir la pelota nuevamente cada cinco días.
Verlander nació en Virginia y se formó en Old Dominion University. Ya desde aquellos años era evidente que poseía un brazo fuera de lo común y una recta capaz de acercarse a las 100 millas. Detroit lo eligió con la segunda selección global del draft de 2004 y su ascenso fue rapidísimo. En 2005 apareció apenas en un par de juegos de Grandes Ligas y un año después, con Jim Leyland recién llegado como manager de los Tigers, se ganó definitivamente un lugar en la rotación. Tenía 23 años y al terminar aquella temporada fue elegido Novato del Año.
Leyland entendió muy pronto que aquel muchacho podía lanzar más fuerte que casi cualquiera, pero también que para convertirse en un gran pitcher necesitaba aprender algo bastante más importante: administrar un juego. El brazo podía llevarlo muy lejos, pero no bastaba con tirar más fuerte que el bateador. Había que saber cuándo atacar, cuándo cambiar velocidades, cómo recorrer una alineación dos o tres veces, cuándo guardar energía y cuándo emplearla, cómo enfrentar al mejor bateador contrario y cómo sobrevivir también los días en los que la recta no obedecía exactamente como uno quería.
Probablemente Leyland fue una de las figuras más importantes de su primera gran etapa. No como maestro de mecánica, sino como formador de carácter, oficio y competencia. Ambos eran temperamentales, profundamente competitivos y podían discutir con intensidad, pero detrás de aquellas discusiones existía un enorme respeto. Hay una anécdota que retrata bien la relación: Verlander estaba lanzando un juego en Kansas City, llevaba ya una cantidad enorme de pitcheos y Leyland salió al montículo. En vez de ofrecerle una conferencia técnica, prácticamente le advirtió que si no comenzaba a lanzar con mayor eficiencia iba a conseguir que despidieran al manager. Así se entendían.
Leyland ayudó a moldear al competidor, pero hubo también un hombre particularmente importante en la formación técnica del pitcher: Jeff Jones, primero coach de bullpen y después coach de pitcheo de Detroit. Jones trabajó directamente con Verlander y más tarde con una rotación extraordinaria en la que coincidieron Max Scherzer, Rick Porcello, Doug Fister y Aníbal Sánchez. Fue una época formidable del pitcheo de los Tigers y Jones se convirtió en el hombre que podía hablar con aquellos brazos, corregir sin estorbar y servir de puente entre pitchers tremendamente competitivos y un manager igualmente exigente.
Verlander fue aprendiendo a convertir aquella potencia natural en algo mucho más difícil de enfrentar: un pitcher completo. Desarrolló y refinó repertorios, aprendió a cambiar velocidades y, quizá más importante todavía, comprendió que una recta de 98 millas puede ser extraordinaria, pero una recta de 98 utilizada en el momento exacto es mucho más peligrosa. También tuvo siempre curiosidad por quienes habían estado antes. Alguna vez contó que se sentaba con Jack Morris simplemente para hablar de pitcheo, hacer preguntas y escuchar. No lo presentaba necesariamente como un maestro formal, sino como uno de esos veteranos cuya experiencia valía la pena aprovechar.
Eso también habla de los grandes. Suelen poseer una enorme confianza en sí mismos, pero los verdaderamente grandes rara vez creen que ya lo saben todo.
Verlander aprendió y, con los años, terminó también enseñando. En Detroit comenzó a asumir naturalmente ese papel con los lanzadores jóvenes. Hablaba con ellos sobre repertorios, sliders, cambios, preparación, movimientos hacia las bases y la manera de afrontar determinadas situaciones. Ya no era solamente el muchacho que había llegado lanzando a 100 millas. Era el veterano al que los demás observaban para entender cómo se prepara un abridor y, quizá más difícil todavía, cómo se construye una carrera.
El caso más claro de ese legado probablemente sea Hunter Brown. Brown creció en Michigan admirando a Verlander y de niño imitaba frente al espejo su movimiento de lanzar. Años después llegó a Houston, coincidió con el hombre al que había observado desde pequeño y terminó teniendo incluso su casillero cerca. Brown ha reconocido que buena parte de su forma de prepararse, estudiar rivales, trabajar entre aperturas y comprender el oficio nació de observar a Verlander.
Hay algo muy interesante en esa cadena. Verlander llegó a Detroit como un muchacho que lanzaba a 100 millas; Leyland le enseñó que no bastaba con tirar; Jeff Jones lo ayudó a aprender a lanzar; Scherzer lo obligó a competir todavía más; Verlander escuchó a hombres como Jack Morris y, muchos años después, Hunter Brown comenzó a construir su propia carrera intentando parecerse a él. Eso también es trascender.
Y luego está Max Scherzer. La relación entre ambos nunca fue exactamente la de maestro y discípulo. Fue algo quizá más valioso para dos competidores extraordinarios: una rivalidad interna que hizo mejores a ambos. Verlander ya era el caballo de Detroit cuando Scherzer llegó y durante varios años compartieron una de las rotaciones más poderosas del beisbol. Cada uno quería lanzar mejor que el otro, cada uno quería llegar más lejos y ambos terminaron construyendo carreras que inevitablemente conducen a la conversación del Salón de la Fama.
Hoy Scherzer permanece como uno de los últimos sobrevivientes directos de aquella generación. Clayton Kershaw decidió retirarse todavía siendo competitivo. Zack Greinke se fue. Adam Wainwright se fue. CC Sabathia, Cole Hamels, Jon Lester, Félix Hernández y otros nombres importantes de aquellos años dejaron ya el montículo. Gerrit Cole pertenece en cierta medida al puente entre aquella generación y la siguiente; Chris Sale conserva muchos rasgos de esa escuela y Jacob deGrom, cuando está sano, mantiene un nivel de dominio excepcional. Pero poco a poco aquel grupo se ha ido reduciendo.
Porque Verlander pertenece a una época que se está terminando. Fue durante muchos años lo que antes se entendía como un auténtico caballo de batalla: un abridor que quería la pelota, que aspiraba a trabajar profundo en los juegos y que no consideraba seis entradas como una jornada necesariamente cumplida. Terminó con 26 juegos completos. Hoy esa cifra parece casi salida de otro beisbol y quizá, en algunos aspectos, efectivamente lo sea.
Grandes Ligas cambió alrededor de él. Cambió la preparación, cambió la medicina deportiva, cambiaron los análisis, cambiaron los bullpens, cambió la administración de los brazos, cambiaron los límites de lanzamientos y hasta cambió la relación cotidiana entre pitchers y umpires. Verlander alcanzó a vivir esa transición completa y también tuvo que adaptarse a una época que comenzó a mirar el pitcheo con otros ojos.
Por eso resulta reveladora aquella escena de hace algunos años, cuando MLB empezó a vigilar con enorme rigor el uso de sustancias pegajosas. En una de aquellas inspecciones que muchos lanzadores veteranos consideraban excesivas, Verlander reaccionó con evidente molestia y prácticamente ofreció quitarse cuanto fuera necesario para demostrar que no escondía nada. La escena recuerda inevitablemente a Sergio Romo, quien ante una revisión similar terminó bajándose parte del pantalón frente al umpire, en una protesta tan cómica como elocuente.
No era solamente rebeldía ni simple mal humor. Era también el choque entre dos épocas. Una generación de pitchers acostumbrada a ciertas rutinas, ciertos códigos y cierta relación de confianza veía aparecer un sistema que de pronto convertía cada entrada en una inspección. MLB tenía razones para combatir el uso de sustancias prohibidas, pero varios veteranos sintieron que habían pasado de ser competidores a convertirse casi automáticamente en sospechosos. Verlander sobrevivió también a ese cambio.
Y sobrevivió, sobre todo, al tiempo. Su carrera tuvo momentos en los que parecía lógico pensar que ya había dado lo mejor. Perdió velocidad, atravesó lesiones y pasó por cirugía Tommy John cuando muchos otros, a esa edad, ya habrían comenzado a preparar el discurso de despedida. Volvió. Y no volvió simplemente para ocupar un lugar en una rotación: regresó para ganar nuevamente el Cy Young. Eso quizá explique mejor su grandeza que cualquiera de sus estadísticas. No solamente dominó; supo reconstruirse.
Entonces aparece inevitablemente la pregunta: ¿todavía existen pitchers de esa clase? Sí existen grandes pitchers, por supuesto. Tarik Skubal, Paul Skenes, Zack Wheeler, Gerrit Cole, Jacob deGrom cuando está sano, Logan Webb, Framber Valdez, Sandy Alcántara, Max Fried y otros poseen talento suficiente para dominar cualquier alineación. Algunos seguramente construirán carreras extraordinarias y varios pueden lanzar tan fuerte o más que los grandes de la generación anterior.
Lo que está desapareciendo no es la calidad. Está desapareciendo el modelo.
Hoy un abridor puede realizar una magnífica actuación lanzando seis entradas. El bullpen está construido para encargarse de las otras tres. Los equipos protegen brazos, vigilan cargas, estudian cada enfrentamiento, cuentan lanzamientos y difícilmente permiten que un pitcher llegue a 125 o 130 porque todavía siente que puede continuar. Probablemente tienen razón desde la ciencia deportiva y seguramente muchas carreras serán más largas gracias a esas precauciones. Pero también significa que estamos viendo cada vez menos aquellos juegos en los que un abridor llegaba a la octava entrada y miraba al manager desde el montículo con una sola expresión: la pelota es mía.
Verlander perteneció a esa escuela. También Scherzer, también Kershaw y también varios de los que ya se fueron. Quizá por eso su despedida produjo una emoción especial. No era solamente el adiós de un pitcher extraordinario; era otro pedazo de aquella manera de entender el oficio que abandonaba el campo.
Pero hubo algo más que Verlander explicó después, cuando ya había dejado el terreno, y que terminó dando a aquella escena con Genevieve una dimensión todavía más profunda. Al hablar de su hija volvió a quebrarse. Recordó que ha sido pelotero desde los cinco años y que para llegar a donde llegó entregó prácticamente todo a ese oficio. Eso significó también ausencias, viajes, hoteles, entrenamientos, temporadas que ocupan buena parte del año y horas de preparación que nadie ve. Genevieve está en la escuela y hubo muchos días en los que su padre simplemente no estaba ahí.
No habló de aquello como reproche al beisbol. Habló como un hombre que, al terminar su carrera, comienza a calcular también lo que esa carrera costó.
Quiso que su hija entendiera que la ama, que su familia significa todo para él y que ahora espera recuperar parte del tiempo perdido. No existe una carrera de esa magnitud sin sacrificios, y a veces usamos esa palabra con demasiada facilidad. Pensamos en el sacrificio físico, en rehabilitar una operación, en lanzar con dolor, en trabajar durante el invierno. Pero también existe otro sacrificio mucho más silencioso: el de quienes esperan en casa.
Quizá por eso Genevieve corriendo hacia la loma terminó siendo una imagen tan poderosa. Durante 21 temporadas fue Verlander quien salió una y otra vez de casa para ir hacia el montículo. En la última, fue su hija quien corrió hacia él para traerlo de vuelta.

Y existe además algo que los grandes deportistas deben aprender y que no todos consiguen: saber cuándo irse. Algunos prolongan la carrera hasta que el juego termina despidiéndolos. Otros se marchan demasiado pronto. Unos cuantos encuentran ese momento difícil en el que todavía pueden caminar hacia la salida siendo reconocidos por aquello que fueron y no únicamente recordados por aquello que ya no pueden hacer. Verlander pudo hacerlo.
Regresó a Detroit, al lugar donde comenzó. Volvió a vestir el uniforme de los Tigers, volvió a subir a la loma y pudo entregar personalmente la pelota. Cerró el círculo en el mismo sitio donde había empezado más de dos décadas atrás y lo hizo todavía como pitcher, no solamente como homenajeado.
Tal vez dentro de muchos años las estadísticas permanezcan en los libros: los 266 triunfos, los 3,560 ponches, los tres Cy Young, el MVP, la Triple Corona, los tres juegos sin hit, los diez Juegos de Estrellas y los dos campeonatos. Seguramente llegará también Cooperstown y entonces volverán a repasarse los números, los grandes juegos y los momentos que construyeron una carrera extraordinaria.
Pero probablemente la fotografía que sobreviva sea otra.
Genevieve corriendo desde el dugout.
Hinch caminando detrás.
Verlander esperándola sin saber lo que iba a ocurrir. La niña abrazándolo.

Y aquel hombre que pasó 21 años compitiendo contra bateadores, lesiones y contra el propio tiempo, llorando sin intentar esconderse.
Después caminó despacio, tomado de la mano de su hija. Recibió los abrazos de sus compañeros, escuchó la ovación, encontró a Kate y a su pequeño hijo, miró una vez más hacia las tribunas y bajó los escalones.
Había dedicado prácticamente toda su vida al beisbol.
Ahora podía volver a casa.
¡Así se despide un grande!
@salvadorcosio1
















