Hoy, de norte a sur, el país estará paralizado por el arranque de la cumbre mundialista. El ingrediente especial, sobra decir, es el partido que sostendrá nuestra Selección de México con Sudáfrica. Podemos decir, ante esas circunstancias, que se ha desatado una efervescencia, un júbilo, pero sobre todo se alimenta la esperanza de que esta coyuntura nos lleve más allá del quinto partido que hemos anhelado durante muchas décadas. De hecho, creemos que no caben los pretextos para mostrar el mejor nivel del seleccionado tricolor, así como la capacidad individual y colectiva. Para ello, queda claro, el equipo ha logrado su meta de llegar en óptimas condiciones físicas. Eso se percibe en cada uno de los jugadores que, sobre sus hombros, cargarán con la enorme responsabilidad de hacer historia ahora que sostendremos encuentros como locales; es decir, con el inmenso apoyo de nuestra afición que, en resumidas cuentas, vive un entorno muy especial.
Como sabemos, el emblemático Estadio Azteca será el principal epicentro. Habrá miles de asistentes portando con orgullo la camiseta verde. Resulta también importante, ahora que hay manera de observar el partido por el decreto de asueto que se ha dado prácticamente en todo el país; se sentirá la vibra que, por su efecto, créanme que tiene que influir en el resultado a favor. Es más, diría que el seleccionado está obligado a obtener la victoria por todo lo que envuelve esta atmósfera mundialista. De entrada, el factor del clima es un componente inherente que está de nuestro lado. Los jugadores, en efecto, están acostumbrados a la altura de la Ciudad de México. Quienes participarán, de igual manera, saben lo que es jugar bajo la presión de una multitud que se concentrará por doquier.
Entonces, desde su inicio hasta su culminación, México, en el momento en que se dé el silbatazo, debe ir a buscar el resultado del triunfo. Sabemos que un Mundial se juega al mayor nivel posible; no hay selecciones menores ni mucho menos equipos a los que podemos subestimar.
Tenemos la experiencia de otros eventos de esta magnitud. Hace cuatro años, por ejemplo, nos quedamos en la fase de grupos con un sabor amargo. Por eso la exigencia es doble. El seleccionado, consciente de ello, tiene que ir por la victoria de los tres partidos que disputará. No hay marcha atrás: es ahora o nunca esta oportunidad que se abrió ahora que seremos locales. Será difícil; nadie ha dicho que serán encuentros sencillos de disputar en la cancha. Sin embargo, todos observamos con mucha atención que el tricolor se ha preparado y, con ello, luce sólida para romper con el maleficio de no llegar al quinto partido.
Creemos que este mundial, en particular, eleva la exigencia tanto de los aficionados como de la federación de futbol. De hecho, tenemos la esperanza de que, con autoridad, nos impongamos a cada uno de los encuentros. México, de hecho, ha entrado en ese sendero en el que tiene la oportunidad inmejorable de dar ese salto para no repetir la historia de cada una de las cumbres mundialistas donde nos hemos llenado de pretextos y fallas que tienen costos muy elevados. A un mundial, más que demostrar, se entrega todo; es decir, el cien por ciento en este momento en que somos anfitriones. Sabemos que va a ser uno de esos momentos que ya no se repetirán, pues México, en tres ocasiones, ha sido el epicentro del balompié global.
En concreto, nosotros como aficionados, desde distintas trincheras, empujaremos con aliento el nombre de México. Ellos, con el clima y las condiciones a favor, tienen la obligación de salir a ganar ahora que tienen todo para hacerlo. Hay que dejar todo en la cancha con todo el entorno ideal y propicio.
¡Vamos, México!















