Con frecuencia se intenta medir la grandeza de una organización deportiva a partir de sus campeonatos. Es comprensible. Los títulos constituyen la referencia más visible del éxito y la forma más sencilla de establecer comparaciones. Sin embargo, cuando se observa la historia del beisbol con mayor profundidad, se descubre que los campeonatos son apenas una parte de una ecuación mucho más compleja. Existen organizaciones que han ganado mucho y otras que han ganado menos, pero cuya relevancia histórica resulta igualmente indiscutible. Porque al final, más allá de los trofeos, lo que verdaderamente distingue a ciertas instituciones es su capacidad para construir identidad, tradición y pasión beisbolera.

Naturalmente, en cualquier análisis serio sobre el beisbol invernal mexicano aparece Naranjeros de Hermosillo. Es la organización más exitosa de la Liga Mexicana del Pacífico. Tiene más campeonatos, más títulos de Serie del Caribe, más presencia histórica y una enorme capacidad de convocatoria. Detrás de ello existe una estructura sólida construida durante décadas por la familia Mazón, pero también una afición extraordinaria que convirtió al equipo en parte esencial de la identidad sonorense. Discutir la importancia histórica de Naranjeros sería tan absurdo como negar la trascendencia de los Yankees de Nueva York en las Grandes Ligas.

Sin embargo, reducir el análisis únicamente a los campeonatos sería injusto y simplista. Si los títulos fueran la única medida válida, resultaría difícil explicar la enorme dimensión histórica de Tomateros de Culiacán. Tiene menos campeonatos que Hermosillo, pero forma parte indiscutible de la aristocracia del beisbol mexicano. La organización construida por la familia Ley logró algo que va más allá de los números: construir una identidad poderosa, una afición apasionada y una rivalidad histórica con Naranjeros que ha enriquecido durante generaciones la historia de la Liga Mexicana del Pacífico. Incluso después de las diferencias surgidas tras el fallecimiento de Don Juan Manuel Ley, la institución ha conservado fortaleza, prestigio y protagonismo.

Lo mismo ocurre con Venados de Mazatlán. La familia Toledo ha logrado mantener una organización profundamente arraigada a su comunidad. La presencia de Venados trasciende los campeonatos. Es una institución deportiva que forma parte de la identidad de una ciudad que respira béisbol. Lo mismo puede decirse de muchas otras organizaciones que han marcado época dentro del beisbol mexicano.

En el verano aparecen ejemplos igualmente relevantes. Los Diablos Rojos del México representan una de las organizaciones más importantes de la historia deportiva nacional. La visión de Alfredo Harp Helú fortaleció una institución que ya era grande y la llevó a otro nivel mediante infraestructura, academias, desarrollo deportivo y vinculación con la comunidad. Los Sultanes de Monterrey, sostenidos históricamente por la familia Maiz y fortalecidos posteriormente con la incorporación de la familia González, constituyen otro magnífico ejemplo de continuidad institucional. Los Acereros de Monclova han demostrado durante décadas que una plaza relativamente pequeña puede convertirse en potencia cuando existe fortaleza empresarial y compromiso con el proyecto. Lo mismo puede decirse de los Leones de Yucatán, de los Toros de Tijuana encabezados por Alberto Uribe y de los Tigres, cuya historia moderna está inevitablemente ligada a figuras como Alejo Peralta y, posteriormente, a la familia Valenzuela.

Pero ni siquiera esas organizaciones pueden explicarse exclusivamente por sus campeonatos. Tampoco por sus estadios, por más que la infraestructura haya adquirido enorme importancia en los últimos años y contribuya al crecimiento de la afición. Menos aún por la fortuna de haber recibido juegos de Grandes Ligas, Series del Caribe, Clásicos Mundiales o cualquier otro evento internacional relevante. Tampoco por el número de peloteros que surgieron de sus filas o por aquellos que alcanzaron fama internacional vistiendo sus uniformes.

Las organizaciones sólidas no se construyen por una sola razón. Son el resultado de múltiples factores que se combinan de manera distinta en cada caso. No existen fórmulas únicas. No existen recetas infalibles. Las verdaderas instituciones beisboleras son producto de décadas de trabajo, de aciertos y errores, de decisiones acertadas y de momentos difíciles superados.

Tampoco las grandes organizaciones nacen de una contratación espectacular. La llegada de una figura puede generar entusiasmo, atraer patrocinadores, vender boletos y elevar temporalmente la visibilidad de un equipo. Pero una golondrina no hace verano. Toros de Tijuana no se convirtió en una organización sólida por la presencia circunstancial de Trevor Bauer o Justin Turner. Charros de Jalisco no construyó su relevancia por haber contado en distintos momentos con Fernando Valenzuela, Roberto Osuna, Sergio Romo o cualquier otra figura de enorme prestigio. Las grandes instituciones son fuertes antes de que lleguen las estrellas y continúan siendo fuertes después de que se marchan. Los jugadores ayudan a engrandecer a las organizaciones, pero son las organizaciones las que terminan trascendiendo a los jugadores.

Existe además un elemento que pocas veces se incorpora a este análisis y que resulta fundamental para entender el fenómeno del beisbol. A diferencia de lo que ocurre en otros deportes, la afición no acude exclusivamente porque su equipo gane. Desde luego que la victoria entusiasma y fortalece el vínculo emocional con la organización, pero el aficionado beisbolero suele desarrollar una relación distinta con el espectáculo. Va al estadio a disfrutar el juego mismo. Va a observar el duelo entre pitcher y bateador. Va a convivir con amigos y familiares. Va a disfrutar la estrategia, la estadística, la conversación y la tradición. En el beisbol la gente acude porque ama el beisbol.

Por ello, existen organizaciones que continúan convocando multitudes aun cuando atraviesan temporadas discretas. La afición desea ganar, por supuesto, pero su vínculo con el equipo suele ser más profundo que la simple acumulación de victorias. Se trata de pertenencia. Se trata de identidad. Se trata de tradición. Se trata de una pasión que muchas veces se transmite de generación en generación.

Y es precisamente ahí donde aparecen las peñas beisboleras, muchas veces poco reconocidas, pero fundamentales para la construcción de tradición. Porque las organizaciones pueden promover campañas publicitarias y desarrollar estrategias de mercadotecnia, pero la identidad auténtica se construye desde la afición. Ahí están la Charromanía en Jalisco, la Tigremanía, la Diablomanía, la Nación Guinda de Tomateros, la identidad naranja de Hermosillo y muchas otras expresiones que reflejan décadas de pasión acumulada.

De igual forma, agrupaciones como la Peña Beisbolera de Jalisco, Los Peloteros y numerosas organizaciones similares en distintas ciudades del país cumplen una función invaluable. Conservan la memoria histórica, transmiten conocimientos, fortalecen la convivencia entre aficionados y ayudan a que nuevas generaciones se acerquen al beisbol. Son espacios donde la tradición permanece viva y donde el amor por el juego se transmite de padres a hijos, de madres a hijos, de abuelos a nietos y de amigos a amigos.

Porque detrás de cada gran organización beisbolera existe una historia de sacrificios que rara vez aparece en los encabezados. Está el aficionado que ajusta su presupuesto para seguir acompañando a su equipo. El que deja de gastar en otras cosas para poder acudir al estadio. La familia que convierte la asistencia a los juegos en una tradición. El padre o la madre que llevan a sus hijos por primera vez al parque de pelota. El abuelo que transmite recuerdos, historias y anécdotas de otras épocas. Está el aficionado que permanece cuando el equipo gana y también cuando pierde, porque su vínculo con el béisbol va mucho más allá de los resultados.

También está el empresario que en las buenas y en las malas cumple con nóminas, viajes, hoteles, mantenimiento, desarrollo deportivo y gastos operativos aun cuando los resultados económicos no siempre sean los deseados. El que invierte tiempo, dinero, prestigio y esfuerzo personal porque entiende que el béisbol no puede medirse únicamente con criterios financieros. El que muchas veces sacrifica rentabilidad inmediata para garantizar permanencia institucional. El que procura evitar incrementos excesivos en boletos, estacionamientos, alimentos o mercancía porque sabe que una familia debe poder seguir asistiendo al estadio. El que entiende que conservar una afición vale más que exprimirla. Detrás de cada organización seria existen hombres y mujeres que realizan sacrificios silenciosos para mantener vivo un proyecto que muchas veces genera más satisfacciones emocionales que beneficios económicos.

También están los patrocinadores que permanecen cuando los resultados deportivos no acompañan. Los cronistas que durante décadas narran partidos y ayudan a formar nuevas generaciones de aficionados. Los anotadores, los ampayers, los utileros, los entrenadores de ligas infantiles, los trabajadores de los estadios, los voluntarios de las peñas, los coleccionistas, los historiadores, los fotógrafos, los periodistas y los promotores. Todos forman parte del mismo ecosistema. Todos ayudan a mantener viva una pasión que trasciende generaciones. Todos contribuyen a construir una cultura beisbolera que no aparece en los standings, pero que resulta indispensable para que el juego continúe ocupando un lugar privilegiado en la vida de millones de personas.

En contraste, existen plazas con enorme tradición beisbolera que no han logrado consolidar proyectos institucionales duraderos. El caso de Navojoa resulta ilustrativo. Los Mayos poseen historia, afición y arraigo, pero durante años han enfrentado dificultades derivadas de la falta de crecimiento institucional y de una visión suficientemente sólida para transformar ese enorme capital emocional en una organización moderna y competitiva. Algo similar ha ocurrido en distintos momentos con plazas como Tepic, Aguascalientes o incluso Saltillo.

Y existe también un caso particularmente interesante en Tabasco. Pocas regiones del país sienten el beisbol con la intensidad con la que lo viven los tabasqueños. El amor por el juego existe, la afición existe y la tradición existe. Sin embargo, la consolidación de una identidad institucional duradera se vuelve más compleja cuando una organización depende en exceso de los ciclos gubernamentales. Los gobiernos cambian, las prioridades cambian y los proyectos suelen ajustarse a tiempos políticos. La tradición popular permanece, pero la consolidación institucional requiere continuidad, estabilidad y visión de largo plazo. El beisbol puede ser impulsado por los gobiernos, pero difícilmente puede construir toda su identidad alrededor de ellos.

Y entonces aparece Jalisco.

El caso de Charros resulta particularmente interesante porque rompe varios esquemas tradicionales. No ha existido una familia propietaria dominante que haya conducido la organización durante décadas. En cambio, el proyecto ha transitado por distintas etapas encabezadas por grupos empresariales comprometidos con el beisbol. Ahí están los esfuerzos de José Guillermo Cosío Gaona y sus socios; de Álvaro Lebrija y su grupo; de Adalberto Ortega Solís y quienes lo acompañaron; de Salvador Quirarte y sus colaboradores; y, actualmente, de José Luis González Íñigo e Íñigo González Covarrubias.

Lo verdaderamente importante es que, pese a los cambios, el proyecto no solamente sobrevivió: creció. Cada etapa aportó algo. Cada grupo dejó una huella. Cada generación de directivos, patrocinadores, aficionados y colaboradores contribuyó a fortalecer una organización que hoy forma parte del paisaje deportivo nacional.

Si alguien intentara medir a Charros únicamente por campeonatos obtendría una visión incompleta. En verano conquistó los títulos de 1967 y 1971. Este último permanece como una de las grandes gestas del béisbol mexicano, cuando el equipo logró remontar una desventaja de tres juegos a cero para terminar coronándose campeón. Después vino una larga ausencia del máximo nivel profesional. Posteriormente, regresó al invierno y más tarde volvió también al verano.

Sin embargo, su relevancia actual no se explica solamente por esos campeonatos. Se explica por una afición creciente, por una infraestructura de primer nivel, por una presencia constante en postemporada, por finales disputadas, por una marca reconocida nacionalmente y por una identidad que continúa fortaleciéndose. Se explica por la Charromanía. Se explica por sus peñas. Se explica por miles de aficionados que han hecho suyo al equipo. Con apenas dos campeonatos en la Liga Mexicana del Pacífico, Charros ya comparte conversación con organizaciones históricas como Naranjeros, Tomateros y Venados. No porque tenga más títulos que ellos, sino porque ha logrado construir relevancia, identidad, arraigo y pasión.

Quizá ahí se encuentra la verdadera enseñanza. Los campeonatos son importantes. Los estadios son importantes. Los propietarios son importantes. Los directivos son importantes. Los patrocinadores son importantes. Los jugadores son importantes. Los cronistas son importantes. Las peñas son importantes. Las academias y las ligas infantiles son importantes. Pero existe algo todavía más importante: la pasión beisbolera.

Porque cuando existe esa pasión aparecen los equipos, nacen las aficiones, se construyen los estadios, surgen las peñas, se consolidan las organizaciones, se fortalecen las tradiciones y se escriben las historias que terminan identificando a comunidades enteras.

Los campeonatos generan alegría.

Las organizaciones generan pertenencia.

Las aficiones construyen tradición.

Las peñas preservan la memoria.

Los empresarios aportan estabilidad.

Los trabajadores hacen posible el espectáculo.

Y la pasión beisbolera termina convirtiendo todo eso en identidad.

Por eso, las grandes organizaciones del beisbol mexicano no pueden explicarse únicamente por los trofeos que levantaron. Se explican por la capacidad que tuvieron para enamorar a generaciones enteras del juego. Se explican por haber convertido un deporte en parte de la cultura de una comunidad.

Porque al final los campeonatos se celebran.

Las tradiciones se heredan.

Las instituciones trascienden.

Y la pasión por el beisbol permanece.

Esa, más que cualquier trofeo, es la verdadera medida de la grandeza.

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