El reciente debut de Sammy Natera Jr. con Los Ángeles constituye una magnífica noticia para el beisbol mexicano. El zurdo nacido en Ciudad Juárez llegó al máximo nivel del beisbol profesional y lo hizo además dejando una impresión positiva en sus primeras apariciones. Como ocurre cada vez que un mexicano alcanza las Grandes Ligas, la noticia merece celebrarse. México suma un nuevo representante en el mejor beisbol del mundo y Chihuahua agrega otro nombre a su historia deportiva.

Sin embargo, detrás de esa buena noticia aparece una reflexión que el beisbol mexicano no debería seguir posponiendo.

¿Quién está formando realmente a los grandesligas mexicanos?

Durante décadas la respuesta parecía sencilla. Los clubes profesionales detectaban talento, lo desarrollaban en sus academias, lo proyectaban en sus organizaciones y eventualmente algunos jugadores daban el salto a las Grandes Ligas. Era un modelo relativamente claro y durante mucho tiempo produjo resultados importantes para el país.

Hoy la realidad es distinta.

Samy Natera no llegó a Grandes Ligas después de desarrollarse dentro de una organización profesional mexicana. Su ruta fue otra. Formación escolar y deportiva en Estados Unidos, beisbol universitario, Draft de Grandes Ligas, sistema de ligas menores y finalmente el ascenso con los Angels. Una historia cada vez más frecuente entre los peloteros mexicanos de nueva generación.

Y no se trata de un caso aislado.

Cuando observamos a varios de los mexicanos más relevantes de la actualidad en las Grandes Ligas encontramos trayectorias que, con matices distintos, transcurrieron parcial o mayoritariamente fuera de los esquemas tradicionales de desarrollo del beisbol mexicano.

Ahí están Alejandro Kirk, Andrés Muñoz, Javier Assad, Jonathan Aranda, Jarren Durán, Brandon Valenzuela y ahora Samy Natera. Cada uno siguió caminos distintos, pero todos reflejan una tendencia que resulta imposible ignorar: el desarrollo moderno del talento mexicano es cada vez más internacional, más diverso y menos dependiente de una sola ruta de formación.

Incluso Randy Arozarena representa un caso singular. Su consolidación profesional tuvo una etapa importante en México, tanto en verano como en invierno, antes de llegar a las Grandes Ligas. Sin embargo, tampoco puede afirmarse que sea producto de una academia mexicana tradicional. Su formación original ocurrió en Cuba y posteriormente encontró en México una plataforma para proyectarse hacia el beisbol de Estados Unidos.

La excepción más evidente entre las grandes figuras mexicanas actuales probablemente sea Isaac Paredes. Su historia mantiene una relación mucho más estrecha con los mecanismos clásicos de detección, formación y exportación de talento desde el beisbol profesional mexicano.

Y es ahí donde surge la pregunta incómoda.

Si los principales peloteros mexicanos de la actualidad están llegando por rutas cada vez más diversas, ¿qué papel están desempeñando hoy las estructuras tradicionales del beisbol mexicano en la formación de talento para las Grandes Ligas?

No se trata de descalificar a las organizaciones nacionales. Sería injusto hacerlo. Muchas continúan realizando esfuerzos importantes en academias, desarrollo juvenil, ligas infantiles y programas de detección de talento. Pero también sería un error ignorar que el escenario ha cambiado profundamente.

Hoy participan actores que hace treinta años tenían una presencia mucho menor.

Academias privadas.

Programas universitarios estadounidenses.

Showcases internacionales.

Centros especializados de desarrollo.

Scouts de organizaciones de Grandes Ligas trabajando directamente sobre jugadores jóvenes.

Programas de alto rendimiento.

Ligas de prospectos.

Todo ello convive actualmente con las estructuras tradicionales del beisbol mexicano.

La competencia por el talento se ha vuelto global.

Y quizá ahí se encuentra el desafío.

Porque México continúa produciendo peloteros capaces de llegar a las Grandes Ligas. Los resultados están a la vista. Lo que ya no resulta tan evidente es quién está participando de manera decisiva en ese proceso de formación.

Existe además otro elemento que merece atención. Durante años el beisbol mexicano celebró con razón la llegada de peloteros surgidos desde estructuras tradicionales de desarrollo hacia las Grandes Ligas. Ahí aparecen nombres como Roberto Osuna, Julio Urías, Luis Urías, Ramón Urías, Giovanny Gallegos y Luis Cessa. Todos ellos alcanzaron el máximo nivel, algo que por sí mismo constituye un logro extraordinario y digno de reconocimiento.

Sin embargo, la discusión no debería limitarse a cuántos mexicanos llegan a las Grandes Ligas. La pregunta más importante es cuántos logran consolidarse durante una década como referentes indiscutibles del juego. Porque llegar representa un enorme mérito; permanecer en la élite constituye un desafío todavía mayor.

Algunos casos se vieron afectados por circunstancias extradeportivas. Ahí están los ejemplos de Julio Urías y Roberto Osuna, dos lanzadores con talento suficiente para construir trayectorias mucho más largas y brillantes de las que finalmente tuvieron. Otros casos siguieron caminos distintos. Luis Urías, Ramón Urías, Giovanny Gallegos o Luis Cessa han construido carreras respetables en Grandes Ligas, pero sin alcanzar el nivel de permanencia, protagonismo o estatus de superestrellas que muchos imaginaron cuando comenzaron a abrirse paso en el mejor beisbol del mundo.

Quizá ahí aparece otro desafío para el beisbol mexicano. No solamente formar jugadores capaces de llegar a Grandes Ligas, sino formar peloteros capaces de permanecer, evolucionar y consolidarse durante muchos años en la élite. Porque el talento abre la puerta, pero la preparación integral, la disciplina, el carácter, la capacidad de adaptación y la madurez profesional suelen ser los factores que determinan quién logra quedarse cuando la puerta finalmente se abre.

Durante muchos años los clubes mexicanos fueron vistos no solamente como equipos profesionales, sino también como fábricas de peloteros. Su misión iba más allá de ganar campeonatos. También consistía en descubrir, desarrollar y proyectar talento.

La pregunta es si siguen desempeñando ese papel con la misma eficacia.

Porque una liga puede tener buenos estadios. Puede registrar buenas asistencias. Puede generar espectáculos atractivos. Puede conquistar audiencias. Pero si deja de producir peloteros de élite, o deja de participar decisivamente en su formación integral, tarde o temprano enfrentará un problema estructural.

El desarrollo de talento constituye la materia prima del beisbol.

Sin talento no existe futuro.

Por eso el caso de Natera resulta tan interesante. No solamente porque representa una magnífica historia de éxito para Chihuahua y para México. También porque vuelve a evidenciar una realidad que merece analizarse con seriedad.

México sigue produciendo grandes peloteros.

La pregunta es quién los está formando.

Y una segunda pregunta quizá todavía más importante:

¿Los estamos formando para llegar... o los estamos formando para quedarse?

Mientras el beisbol mexicano no responda con claridad ambas interrogantes, seguirá celebrando cada debut en Grandes Ligas sin entender plenamente cuáles son las fortalezas y debilidades de su propio sistema de desarrollo.

Quizá haya llegado el momento de mirar más allá de la celebración.

Porque los éxitos individuales son motivo de orgullo.

Pero el verdadero desafío consiste en garantizar que sigan apareciendo muchos más.

Y que, cuando lleguen, tengan las herramientas necesarias para permanecer.

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