Una reseña sobre el libro “Sobreviviendo al futbol femenil”, de Janelly Farías (2026)
Existe un gesto antiquísimo, anterior a la escritura misma, que consiste en reunirse alrededor del fuego para contar lo que ocurrió. No lo que debería haber ocurrido, ni lo que los demás prefieren recordar sino lo que ocurrió de verdad, con su peso exacto, con su olor a alcohol y su humillación sin disfraces. Janelly Farías ha elegido ese gesto. Ha tomado asiento, ha encendido su propia hoguera particular y ha hablado. Necesitamos sentarnos en torno al fuego para poder escuchar.
Lo ha hecho tarde, dirán algunos. Lo ha hecho demasiado pronto, pensarán otros, todavía incrédulos, después de todo suele suceder eso con las mujeres… primero se duda de su testimonio, luego se piensa en lo que querrá conseguir para que entonces, solo entonces tras haber sido una buena víctima, se le brinde el beneficio de la duda o un pedazo de certeza. Pero quienes hemos leído a las mujeres que se atrevieron antes, desde las cartas de Sor Juana hasta los diarios de Sylvia Plath, desde los testimonios de las sufragistas hasta las actas de los juicios que nunca existieron, sabemos que el momento justo para decir la verdad no lo fija el calendario, sino el cuerpo. El cuerpo de Farías eligió abril de 2026, un año después de retirarse de las canchas, cuando ya no había contrato que perder ni convocatoria que temer.
Sobreviviendo al futbol femenil es, en su superficie, un libro de memorias deportivas. Pero las memorias, cuando están escritas con honestidad, siempre son otra cosa por debajo: son historia viva. Hace un rato leía que el pasado puede reescribirse y no está del todo hecho aún cuando ya haya pasado, como su nombre lo indica. La razón es porque en el momento que decidimos hacer algo que cambia el curso, lo que quedó pendiente, incluso lo imposible, pasa de nuevo como si se tratara de una reconstrucción cuántica que nos permite viajar en el tiempo.
Janelly Farías excava en sus diecinueve años de carrera entre las Chivas, el América, el Pachuca, Juárez, y lo que encuentra no son trofeos ni estadísticas, sino una cartografía minuciosa del poder y sus abusos. Describe cómo ciertos entrenadores utilizaban las reuniones informales, los llamados asados, como ritual de sumisión disfrazado de camaradería. El alcohol como lubricante de jerarquías. La ausencia castigada como herejía. Quien no bebía con el grupo, quien no reía en el momento indicado, quedaba señalada ante sus compañeras con esa frase terrible y calculada: ¿Ven quién es la única que no está aquí? ¿Se dan cuenta de que Janelly cree que es mejor que ustedes? La manipulación, en su forma más refinada, siempre convierte la dignidad en traición. También es técnica vieja, encubierta e inconsciente del patriarcado pues hacer que las mujeres compitan entre sí permite romper la camaradería, evitar insubordinaciones colectivas y justo un deporte altamente competitivo pareciera espacio propicio para eso.
Me detuve mucho tiempo en ese fragmento. Lo he leído en los patios de recreo, en las oficinas, en los parlamentos. La mecánica es idéntica en todos lados: aislar a quien piensa por sí misma, hacer del grupo un espejo que solo refleja al que manda. Los romanos tenían un nombre para eso: divide et impera. Dividir para reinar. Dos mil años después, un entrenador de futbol femenil lo aplicaba con la misma eficacia en un vestuario de Guadalajara. La diferencia es la asimetría de poder y de experiencia pues aquel entrenador es un hombre entrado en años, que más sabría por viejo que por diablo, como dice el dicho, mientras que ella como sus compañeras apenas habían salido de la adolescencia un par de años antes.
Farías escribe que lloró mucho durante el proceso de escritura. Que le hacía bien porque estaba soltando cosas. Esa imagen me resulta más elocuente que cualquier prólogo. Ver la escritura como forma de exorcismo, como manera de colocar fuera del cuerpo lo que el cuerpo ya no puede seguir cargando solo. Es lo que hacían los primeros escribas, aunque nadie les pusiera ese nombre entonces. Es lo que hace la literatura cuando funciona de verdad, por si alguien es capaz de cuestionar que una futbolista pueda hacer literatura.
El libro no busca espectáculo. No hay en sus páginas el tono de quien acusa para ser aplaudida, su voz ha huido del performance y sus ojos son los de quien describe porque no describir sería una segunda capitulación. Farías señala dinámicas, también anécdotas. Habla de estructuras, de lo colectivo además de su experiencia individual. Ahí reside su mayor valor documental: en entender que el problema no es un hombre con los pantalones abajo en un table dance, imagen que ya circula viral, reducida a escándalo, sino el ecosistema entero que hizo posible que aquello ocurriera, que fuera silenciado, y que la mujer que lo denunció pagara un precio por su valentía. En una industria que sigue funcionando con una lógica interna que consume a las mujeres que se atreven a dedicarse a este deporte en el que encima, las que quieren construir una carrera enfrentan la peor de las brechas salariales. Dirán los más capitalistas que así es la lógica del mercado y que si me quejo, debo reclamar a los aficionados por no rendirse cada domingo a los pies del balón femenil como si lo hacen con sus congéneres, me dirán que es culpa de las mujeres por no consumir más futbol. Detrás de la lógica del mercado, la superestructura televisiva y comercial retroalimenta en un loop infinito al futbol de hombres sin que baste con pedir a todas que den seguimiento a las que juegan. La cartelera no la elegimos nosotras, después de todo.
Hay un detalle que no quiero dejar pasar. Cuando Farías decidió denunciar lo que había visto ante los directivos del club, el anonimato que le prometieron no fue preservado. La institución, que debía protegerla, la expuso. Ese detalle menor, casi una nota al pie en la vorágine de revelaciones más llamativas, contiene, para mí, toda la arquitectura del problema. El abuso no sobrevive sin la complicidad de quienes miran hacia otro lado. A veces quienes miran hacia otro lado son exactamente las personas a quienes acudes pidiendo que miren.
Me pregunto cuántas Janelly Farías no han escrito su libro todavía. Cuántas guardaron el silencio que a ella le costó tanto romper. La literatura también invita a que se cuente lo que aún no ha sido dicho. En ese sentido, Sobreviviendo al futbol femenil no es el final de una historia, sino el comienzo de varias. Hay libros que se escriben para uno mismo. Hay libros que se escriben para las que vendrán después. Este pertenece a la segunda categoría y eso lo hace más necesario, más generoso y, en última instancia, más literario que muchas obras que llevan ese nombre con más ceremonia y menos verdad.
















