CUANDO EL ÉXITO NO CONFIRMA AL SISTEMA… LO DESMIENTE.

El beisbol mexicano presume talento y con razón. Ahí están los nombres. Ahí están los peloteros que han llegado y se han sostenido en la organización de grandes ligas (Major League Baseball, MLB), alimentando la idea de que México sigue siendo una fuente natural de jugadores de alto nivel.

Pero hay una pregunta que rara vez se plantea con seriedad: ¿dónde se formaron realmente?

Porque cuando se revisan las trayectorias con detalle, el patrón no es ocasional. Es consistente. Es generacional.

Muchos de los peloteros mexicanos que han logrado consolidarse en las ligas mayores no son producto de un sistema nacional estructurado. Fueron detectados jóvenes, firmados temprano y desarrollados fuera del país.

Ahí están los casos más visibles: Adrián González y Sergio Romo. Ambos con presencia en el beisbol mexicano, sí, pero ya después de haberse formado y consolidado en Estados Unidos, no como resultado de un proceso nacional de desarrollo.

Pero el fenómeno no es uniforme.

También hubo —y hay— peloteros formados en México que lograron llegar al máximo nivel. Ahí están Jorge “Charolito” Orta, Rodolfo “Rudy” Hernández, Salomé Barojas, Vicente “Huevo” Romo y Enrique Romo: trayectorias que sí surgieron desde estructuras nacionales y lograron competir en Grandes Ligas.

Y hay un caso que merece mención aparte.

El de Fernando Valenzuela.

Un talento excepcional, prácticamente irrepetible: un joven con facultades fuera de lo común que logró abrirse paso en equipos bisoños del beisbol mexicano, tanto en verano como en invierno, fue detectado y firmado a temprana edad por los Dodgers de Los Ángeles y conectó casi de inmediato con el máximo nivel. Su historia no responde a un modelo estructurado, sino a una combinación extraordinaria de capacidad individual, oportunidad y contexto.

Ese antecedente confirma que el talento ha existido. Pero también evidencia otra realidad.

Ese tipo de trayectorias no se pueden replicar como sistema. Porque en las generaciones posteriores, el patrón dominante cambió.

Por un lado, están los peloteros con vínculo mexicano cuyo desarrollo formativo ocurrió fundamentalmente fuera del país: casos como Jarren Durán, Jonathan Aranda y Brandon Valenzuela, así como Brennan Bernardino, Patrick Sandoval y Rowdy Téllez. Trayectorias que confirman una constante: el talento existe, pero el proceso decisivo se completa en otro entorno.

En una segunda franja aparecen quienes tuvieron presencia en el beisbol mexicano, pero marginal o temprana frente a su proceso real de formación y consolidación. Ahí están Luis Cessa, Giovani Gallegos, Oliver Pérez, Víctor González, Gerardo Reyes, Andrés Muñoz, y también Víctor Arano y Daniel Castro: peloteros que surgieron o pasaron por organizaciones de la Liga Mexicana de Beisbol, sí, pero cuyo desarrollo definitivo ocurrió dentro del sistema de Grandes Ligas. El paso por México existe; lo que no aparece de forma consistente es un proceso que los lleve desde ahí hasta la élite.

En contraste, hubo trayectorias que sí nacieron en México y alcanzaron el máximo nivel, pero sin continuidad en el tiempo como modelo. Incluso en épocas recientes, cuando ese origen nacional se mantuvo, la permanencia fue limitada: Héctor Velázquez y Alfredo “Patón” Aceves lograron llegar, pero con participaciones efímeras; Joey Meneses ha conseguido sostenerse a base de rendimiento y resiliencia, aunque sin consolidarse como figura dominante.

Y luego están historias que muestran otra cara del mismo problema.

La de Julio Urías, que había logrado consolidarse como referente en la élite tras un desarrollo en el sistema de los Dodgers, pero cuya trayectoria se vio abruptamente interrumpida por circunstancias extradeportivas; y la de Roberto Osuna, cuyo paso por Houston dejó para muchos la sensación de un trato desigual o, al menos, poco consistente frente a otros casos dentro de la liga. Son episodios distintos, sí, pero que subrayan que la estabilidad y la consolidación no dependen únicamente del talento.

Y en medio de todo ello, aparece la excepción vigente que rompe la inercia: Isaac Paredes. Un pelotero con formación más ligada al entorno mexicano, que ha logrado abrirse espacio y competir con peso propio en Grandes Ligas. No es un caso aislado en términos de capacidad, pero sí lo es en términos de proceso sostenido. Su trayectoria confirma que se puede… pero también que no es la regla.

Ordenados así, los bloques no se contradicen.

Se explican.

Porque no es que México no produzca talento.

Es que no ha logrado sostener un sistema que lo forme, lo retenga y lo proyecte de manera consistente.

Y cuando el resultado depende de rutas externas, de procesos ajenos o de circunstancias individuales, el balance deja de ser estructural.

Se vuelve aleatorio.

Por eso, el verdadero debate no es cuántos peloteros llegan.

Es de dónde vienen realmente cuando llegan.

Y, sobre todo, por qué la mayoría de las veces no vienen de un sistema nacional que los haya llevado hasta ahí.

Ojalá algo rompa esta inercia.

Ojalá aparezca, por fin, un modelo que articule formación, desarrollo y proyección.

Porque el talento está.

Lo que falta es el sistema.

Y ese es el punto que habrá que analizar a fondo: ¿qué hace falta, quién debe hacerlo y por qué, hasta ahora, no ha sucedido?

@salvadorcosio1

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