En el discurso político reciente, el gobernador Samuel García ha insistido en una idea tan ambiciosa como peligrosa: Nuevo León es primer lugar en todo. La frase suena bien, vende, genera narrativa… pero el deporte, como casi siempre, no miente. La realidad es otra.
En la Olimpiada Nacional, el dominio de Jalisco no solo es claro, es aplastante. Año con año, el estado se consolida como líder indiscutible, construyendo una hegemonía que no admite discusión. No es casualidad: hay sistema, hay continuidad, hay inversión inteligente.
Los números son contundentes. En el más reciente corte compartido por Rommel Pacheco, Jalisco supera a Nuevo León por más de 50 medallas de oro. No es una diferencia menor; es un abismo. Es la distancia entre un modelo deportivo consolidado y otro que vive de inercias y discursos.
Y aquí es donde la narrativa oficial se rompe.
Porque si hay un estado que debería competir de tú a tú con Jalisco, ese es Nuevo León. Tiene infraestructura, recursos, población, iniciativa privada. Tiene todo… menos resultados proporcionales.
El problema no es solo quedar en segundo lugar. El problema es la forma.
A partir del tercer sitio, el panorama se vuelve aún más preocupante. Estados como Aguascalientes aparecen con cifras modestas, mientras otros con mayor capacidad económica —como el Estado de México o la propia Ciudad de México— ofrecen resultados francamente pobres. El deporte nacional exhibe una desigualdad estructural que debería encender alarmas en la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte.
Pero volvamos a Nuevo León, porque ahí la contradicción es más evidente.
Mientras se presume grandeza en redes sociales, la realidad deportiva cuenta otra historia. Y el ejemplo más claro está en el ciclismo. De las 40 medallas que suma el estado hasta el día de hoy, según el reporte de Pacheco, 15 provienen de esta disciplina: un 37.5% del total. Es decir, más de un tercio del éxito depende de un solo deporte.
Y lo más preocupante: el ciclismo de Nuevo León nunca había recibido tan poco apoyo como ahora.
Ahí está la paradoja. El deporte que sostiene los resultados es, al mismo tiempo, uno de los más castigados en recursos. No es solo una incoherencia administrativa; es una señal de desconexión entre quienes deciden y lo que realmente ocurre en las carreteras, en los velódromos, en la formación de talento.
Decir que “somos primer lugar en todo” no solo es inexacto, es contraproducente. Porque mientras se construyen discursos triunfalistas, se dejan de atender los problemas de fondo: la planeación, la inversión estratégica, el seguimiento a atletas y entrenadores.
El deporte no necesita propaganda. Necesita proyecto.
Y hoy, el verdadero líder —le guste a quien le guste— sigue siendo Jalisco. Lo demás es ruido.

















