En el futbol mexicano hay heridas que no cierran. Algunas se maquillan con discursos sobre certificaciones, infraestructura y “proyectos sustentables”; otras, simplemente, se barren debajo de la alfombra. Pero hay una deuda histórica que la Liga BBVA MX sigue arrastrando y que cada temporada pesa más: haberle arrebatado en el escritorio lo que dos equipos conquistaron en la cancha.
Sí, hablamos de Cafetaleros de Tapachula y Alebrijes de Oaxaca.
En un futbol que presume competitividad, resulta paradójico que el mérito deportivo haya sido, en estos casos, secundario. Ambos clubes hicieron lo más difícil: ganar el ascenso jugando, compitiendo, superando rivales. Cumplieron donde debía cumplirse: sobre el césped. Pero cuando tocaba premiar ese esfuerzo, apareció la letra pequeña, el filtro administrativo, el muro de las “condiciones”.
Y entonces el sueño murió en oficinas.
A Cafetaleros se le negó el ascenso bajo el argumento de que su estadio no cumplía requisitos para Primera División. El argumento parecía técnico, pero terminó siendo profundamente político. Porque en otras épocas, y con otros intereses, el futbol mexicano ha demostrado una flexibilidad asombrosa para acomodar franquicias, cambiar sedes, salvar equipos descendidos y reinventar reglas según convenga.
¿O alguien ha olvidado cómo Lobos BUAP, tras perder la categoría en la cancha, encontró en los despachos una segunda vida?
Ese es el centro del debate: no es solo que Cafetaleros y Alebrijes no ascendieran; es que otros sí encontraron soluciones cuando el sistema quiso encontrarlas.
Ahí nace la sensación —y para muchos, la certeza— de que el problema nunca fue el reglamento, sino quién podía doblarlo.
La historia de ambos clubes exhibió una contradicción brutal: en la Liga MX se puede negociar casi todo… menos el derecho de ciertos equipos a llegar por mérito propio.
Eso convierte estos casos en algo más grave que una injusticia deportiva. Es un mensaje devastador para el ascenso mexicano: puedes ganar, puedes hacer historia, puedes ilusionar a una ciudad entera… y aun así no subir.
Entonces, ¿qué se compite realmente?
Chiapas y Oaxaca no solo perdieron equipos en Primera División; perdieron una oportunidad histórica de representación, identidad y desarrollo futbolístico. Para Tapachula habría significado devolverle protagonismo a una plaza apasionada; para Oaxaca, romper décadas de exclusión en la élite.
Y eso no se mide en certificados de estadio.
Se mide en aficiones traicionadas.
Más doloroso aún es que esta deuda sigue creciendo en un contexto donde el ascenso y descenso incluso fue congelado, reforzando la percepción de una liga cerrada, más preocupada por blindar inversiones que por honrar la competencia.
Cuando el futbol deja de premiar al que gana y protege al que conviene, deja de ser deporte para convertirse en sistema.
Y esa es la verdadera acusación.
Porque Cafetaleros y Alebrijes no piden caridad ni revancha; representan una pregunta incómoda que la Liga MX nunca ha querido responder: ¿de qué sirve ganar el ascenso si el ascenso no existe para todos?
La deuda histórica sigue ahí.
No es económica.
No es administrativa.
Es moral.
Y mientras el futbol mexicano siga negando que les robó a dos aficiones su lugar en Primera, esa deuda seguirá impagable.
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