En un debate entre la prisa del negocio y la urgencia de credibilidad, el beisbol profesional está tomando decisiones… pero no necesariamente en el orden correcto. Mientras crece la exigencia de hacer el juego más transparente, más justo y con verdadera rendición de cuentas —particularmente en materia de arbitraje y uso de tecnología—, el sistema parece más enfocado en otra cosa: acortar los tiempos. Se habla, y con razón, de la necesidad de regular con herramientas tecnológicas para reducir el error, de generar certidumbre, de fortalecer la credibilidad ante la afición. Se reconoce incluso que es urgente hacerlo si se quiere mantener el interés y atraer nuevas generaciones, sostener audiencias y consolidar el valor del espectáculo. Pero al mismo tiempo, surge una resistencia que apela a la tradición, a ese beisbol “de antes” donde el error humano era parte del espectáculo, donde el umpire decidía y su palabra era definitiva, donde el “alégale al ampayer” formaba parte del ritual. Ese argumento pierde fuerza cuando la evidencia demuestra que hoy el error ya no es inevitable… es evitable. Y si puede evitarse y no se hace, entonces deja de ser tradición y se convierte en omisión. Peor aún: en decisión.
En contraste, donde sí ha habido determinación —y rapidez— es en modificar reglas para reducir la duración de los juegos. Y ahí es donde aparece la contradicción de fondo. Porque no hay evidencia sólida de que el aficionado abandone el beisbol por su duración. El que es aficionado lo es en el estadio, frente al televisor o incluso en la radio; lo sigue completo, lo disfruta en su totalidad, lo vive en cada entrada. Lo que busca no es un evento más corto, sino uno más intenso, más auténtico, más competitivo. Ahí están los ejemplos más contundentes: juegos de extra innings que se extienden y que, lejos de ahuyentar, atrapan. Como aquel encuentro de 18 entradas en una Serie Mundial reciente —y lo digo con conocimiento directo— en el que prácticamente nadie abandonó el estadio; por el contrario, se vivió una experiencia inolvidable, de esas que construyen la memoria colectiva del deporte. El problema no es cuánto dura el juego. El problema es qué tan bueno es lo que ocurre dentro de él.
Sin embargo, las decisiones han ido en otra dirección. Se han introducido reglas que alteran la dinámica natural del beisbol bajo la lógica de hacerlo más ágil, más digerible, más “televisivo”: agrandar las bases, reducir en los hechos la distancia entre ellas, colocar corredores en segunda en entradas extras, limitar cambios de pitchers obligándolos a enfrentar mínimo tres bateadores, restringir el uso del bullpen situacional, intervenir en la estrategia del manejador. Algunas medidas pueden tener sentido parcial —como el reloj de pitcheo—, pero otras impactan directamente el equilibrio entre ofensiva y defensiva, entre pitcheo y bateo, entre estrategia y ejecución. Se privilegia el bateo, se empuja el carreraje de forma artificial, se incentiva la anotación como si fuera el único indicador de espectáculo, como si el beisbol necesitara forzarse para ser atractivo. Solo faltaría —y la ironía no es menor— reducir la distancia a las bardas para provocar más cuadrangulares o, en una aberración mayor, inventar algún mecanismo similar a los “penales” de otros deportes para definir encuentros, desnaturalizando por completo el juego. No se está perfeccionando el beisbol: se está forzando. Y en ese intento de hacerlo más atractivo para ciertos intereses, se corre el riesgo de que, por darle al violín… le den al violon.
Y ahí surge la pregunta incómoda que conecta todo: ¿por qué hay tanta prisa para modificar el tiempo… y tanta cautela para corregir el fondo? Porque acortar juegos es vendible, medible, rentable en términos de transmisión, patrocinio y consumo rápido. Corregir el arbitraje, en cambio, implica algo más profundo: asumir errores, transparentar procesos, establecer consecuencias, exponer desempeños, tocar estructuras que durante años han operado bajo discrecionalidad. Implica incluso abrir la puerta a cuestionar resultados afectados por decisiones equivocadas. Y eso tiene un costo que el sistema, hasta ahora, no ha querido asumir.
No se trata de rechazar toda evolución. El beisbol siempre ha cambiado y debe seguir haciéndolo. Pero no todos los cambios tienen el mismo sentido ni el mismo impacto. Existen alternativas para mejorar el ritmo sin distorsionar la esencia: limitar con mayor precisión las visitas al montículo, reducir los tiempos muertos innecesarios, ajustar el número de lanzamientos de preparación desde el bullpen, incluso explorar modificaciones como acotar el número de fouls tras dos strikes antes de decretar out. Son ajustes que respetan la naturaleza del juego. Lo que no debería hacerse es alterar el equilibrio competitivo para producir un espectáculo artificial.
Porque al final, el verdadero desafío no es cuánto dura un juego, sino si lo que ocurre dentro de él es creíble. Y ahí es donde el beisbol enfrenta su verdadera disyuntiva: puede seguir ajustando el reloj… o puede ajustar el sistema; puede seguir pensando en cómo hacerlo más corto… o empezar a hacerlo más justo; puede seguir administrando el espectáculo… o defender su integridad. Puede seguir apostando por el consumo rápido… o por la confianza sostenida.
Porque si el juego pierde credibilidad, ningún recorte de tiempo lo va a salvar. Y si la afición empieza a percibir que lo que ve no es plenamente justo, no será el tiempo lo que la aleje, no será la duración lo que la canse, no será la extensión lo que la desgaste.
Será la duda.
Y cuando la duda se instala, el problema ya no es cuánto dura el juego. Es cuánto tiempo puede sostenerse sin que dejen de creer en él.














