El beisbol mexicano vive una contradicción que durante años se ha preferido administrar antes que resolver. Hay ligas, hay talento, hay tradición, hay afición… pero no hay un sistema que, de manera consistente, produzca peloteros para las Grandes Ligas desde su propia estructura. Y ese no es un detalle menor. Es un problema de fondo.

Durante mucho tiempo se ha sostenido la idea de que la Liga Mexicana de Béisbol funciona como una liga de desarrollo, vinculada en mayor o menor medida con Minor League Baseball. Pero en los hechos, esa relación no es estructural. No es un sistema integrado de formación, no es un eslabón directo dentro del proceso de desarrollo de talento. Es, en el mejor de los casos, una liga profesional independiente con vínculos operativos variables, acuerdos puntuales y una función que oscila entre escaparate, tránsito y, en algunos casos, contención.

El contraste con la Liga Mexicana del Pacífico resulta aún más revelador. Se trata de una liga más sólida en lo competitivo, más exigente en lo deportivo, con mayor nivel de juego en muchos sentidos, y sin embargo tampoco forma parte de un engranaje estructurado de desarrollo hacia MLB. Es una liga de alto rendimiento, pero no un sistema formativo.

Y ahí aparece la paradoja. México tiene beisbol, pero no tiene un modelo que lo convierta en talento de Grandes Ligas.

Porque la realidad es contundente: la mayoría de los peloteros mexicanos que hoy llegan y triunfan en Major League Baseball no se forman en estas ligas. Son detectados jóvenes, firmados en etapas tempranas y desarrollados dentro del sistema estadounidense. Es decir, el talento se exporta antes de consolidarse en México. El proceso ocurre allá, no aquí.

Existen excepciones, por supuesto. Siempre las hay. Pero no cambian la tendencia. Y la tendencia es clara: el beisbol mexicano no está generando, desde su estructura interna, un flujo constante de peloteros hacia el más alto nivel.

En ese contexto, conviene recordar un intento reciente de ordenar y potenciar ese desarrollo: la llamada “oficina presidencial del béisbol”, conocida como ProBeis, encabezada por Edgar González. El proyecto buscaba articular esfuerzos, impulsar academias y generar una ruta más clara para el talento nacional. Sin embargo, su impacto real fue limitado y no logró consolidar un modelo sostenido ni una estructura funcional que transformara el problema de fondo. Quedó como un intento que evidenció, más que resolvió, la falta de un sistema integral.

Aun así, sería injusto plantear que no existe esfuerzo alguno. Hay organizaciones, tanto en la liga de verano como en la invernal, que sí han asumido de manera seria la tarea de generar talento, de formar peloteros, de invertir en desarrollo. Son pocas, pero existen. El problema es que esos esfuerzos son aislados, no responden a una estrategia común ni a un modelo estructurado de país. No hay coordinación efectiva entre ligas, no hay una participación clara y articulada de la federación beisbolera, ni un acompañamiento institucional sostenido desde el ámbito gubernamental. Se trabaja, pero cada quien por su lado, y así lo que podría ser un sistema termina siendo una suma de intentos dispersos.

Entonces la pregunta deja de ser incómoda y se vuelve inevitable: ¿para qué está diseñado realmente el sistema?

Porque si no forma, si no proyecta, si no consolida talento hacia el máximo nivel, entonces hay que redefinir su función. ¿Es un escaparate? ¿Es un mercado? ¿Es un espacio de competencia local con lógica propia? ¿O es un modelo que se ha sostenido por inercia, sin revisión profunda de sus resultados?

Y aquí es donde el tema conecta con todo lo anterior: transparencia, rendición de cuentas, estructura. Porque así como en el arbitraje se mide pero no se expone, en el desarrollo se compite, pero no se evalúa en términos de resultados reales. No hay métricas públicas claras sobre cuántos peloteros se forman, cuántos migran, cuántos logran consolidarse. No hay un diagnóstico estructural abierto. Hay discurso, pero no hay datos comparables.

Y cuando no hay datos, lo que queda es percepción, y la percepción empieza a volverse peligrosa.

Porque en ese contexto han comenzado a surgir versiones periodísticas, como la publicada en “Al Bat”, en El Debate, que apuntan a un posible distanciamiento de Major League Baseball respecto a México en esquemas de desarrollo de talento, en medio de señalamientos sobre desorden estructural e irregularidades. Más allá de su confirmación oficial, el hecho de que esa narrativa exista ya es significativo, porque cuando la duda trasciende lo interno y empieza a proyectarse hacia fuera, el problema deja de ser deportivo.

Se vuelve reputacional, y ese es el verdadero riesgo.

Porque un sistema que no produce, que no transparenta y que no corrige, eventualmente pierde algo más valioso que resultados: pierde credibilidad.

El beisbol mexicano no necesita más discursos sobre su tradición. Necesita revisar su estructura. Necesita definir si quiere ser formador o solo competidor. Necesita dejar de administrar inercias y empezar a construir resultados.

Porque mientras el talento siga saliendo, pero no formándose aquí, el problema no será falta de jugadores. Será falta de sistema.

Y cuando un país con historia beisbolera no logra convertir su talento en desarrollo sostenido, la pregunta ya no es deportiva.

Es estructural.

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