DEL PODIO A LA REALIDAD: CUANDO EL ÉXITO NO ES DEL SISTEMA

El beisbol mexicano vive de una narrativa que no resiste una revisión seria. Se celebra lo que no se construye, se presume lo que no se forma y se defiende un sistema que, en los hechos, no existe. El reciente paso por el Clásico Mundial lo dejó claro: antes se presumía un histórico tercer lugar; hoy se digiere un tropiezo. Pero en ambos casos, la realidad es la misma y resulta incómoda: ese equipo que llevó a México al podio estaba integrado, en su gran mayoría, por peloteros formados en Estados Unidos. Es decir, el mayor logro reciente del béisbol mexicano no es producto de su estructura… sino de una ajena.

Ese es el punto que se evita.

Se compite con talento mexicano… pero desarrollado fuera del sistema mexicano. Se presume un logro colectivo que, en términos formativos, no es atribuible a la estructura nacional. Y cuando el resultado no acompaña, tampoco hay sistema que lo sostenga. El béisbol mexicano produce talento, sí. Pero no lo convierte, de manera sistemática, en peloteros de élite dentro de su propio entorno.

No es un problema de nombres. Es un problema de origen formativo.

Ahí están los casos que lo confirman. Adrián González y Sergio Romo se desarrollaron íntegramente en Estados Unidos. Roberto Osuna y Giovanny Gallegos fueron firmados jóvenes y formados allá. Incluso cuando hubo tránsito por México, el patrón no cambia: Javier Assad y Andrés Muñoz tuvieron paso local, sí, pero su desarrollo decisivo ocurrió dentro de organizaciones de Major League Baseball.

Hay otro grupo que refuerza la tesis desde el matiz histórico: Fernando Valenzuela, Teodoro Higuera y Esteban Loaiza tuvieron un paso breve por el béisbol nacional, pero su formación de alto rendimiento se consolidó fuera. Y el extremo opuesto también existe: Nomar Garciaparra, talento de raíces mexicanas sin vínculo formativo con el sistema nacional. El patrón es consistente: el talento nace aquí, el pelotero se hace allá.

Incluso en el presente inmediato, el espejo es claro. En la serie reciente entre Padres y Diamondbacks, apenas aparece un jugador con raíces mexicanas en el terreno: Alek Thomas. Orgulloso de su identidad, sí. Pero formado completamente dentro del sistema estadounidense. Otro caso más que confirma la tendencia.

Y eso obliga a decir lo que durante años se ha evitado: el beisbol mexicano no ha construido un modelo propio de desarrollo de élite. Ha construido vitrinas. Escaparates. Espacios de competencia… pero no una ruta formativa integral.

Se intentó revertir esa realidad con iniciativas como ProBeis, impulsada durante la administración de Andrés Manuel López Obrador y encabezada por Edgar González. La promesa era clara: ordenar, articular, crear academias y establecer una ruta hacia Grandes Ligas. La intención era correcta. El resultado fue insuficiente. No se consolidó un sistema, no se dejó estructura, no se generó continuidad. Fue una oportunidad que terminó exhibiendo el vacío que pretendía llenar.

Las ligas, por su parte, tampoco han dado el paso. La Liga Mexicana de Béisbol mantiene vínculos con el entorno de MLB, pero no opera como un sistema formativo integral. La Liga Mexicana del Pacífico es altamente competitiva, pero su naturaleza es de rendimiento, no de desarrollo. Entre ambas, no existe una ruta estructurada que acompañe al talento desde su detección hasta su consolidación.

Y en medio de ese vacío, la Federación Mexicana de Béisbol permanece sin ejercer un liderazgo real. No articula, no coordina, no ordena. Su ausencia no es neutra: pesa, condiciona y limita.

Tampoco existe una política pública deportiva que entienda al beisbol como proyecto estratégico. El crecimiento del deporte ocurre más por inercia de sus actores que por una visión institucional. Se juega, se compite, se llena… pero no se construye un camino.

Por eso el contraste del Clásico Mundial es tan revelador. Aquel tercer lugar —meritorio, emocionante, histórico— se consiguió con un plantel mayoritariamente formado fuera del país. Fue un logro que elevó la conversación… pero no validó al sistema. Lo maquilló. El tropiezo posterior no lo destruye: lo desnuda.

Porque cuando el rendimiento depende de estructuras externas, el resultado también.

México produce talento, sí. Pero no controla su desarrollo, no define su proceso y no capitaliza su formación. Es proveedor de origen… no constructor de destino.

Y eso tiene consecuencias profundas.

Se pierde continuidad. Se pierde identidad formativa. Se pierde control sobre el valor del talento. Y se pierde, sobre todo, la posibilidad de construir un modelo sostenible.

El reto no es menor. No se trata de competir con MLB, sino de dejar de depender de ella para formar lo propio. Se trata de articular ligas, federación, clubes y política pública en un solo sentido: desarrollar talento de élite dentro del país.

Hoy, eso no existe.

Y mientras no exista, el ciclo se repetirá: éxitos que se celebran como propios, pero que no pertenecen al sistema… y fracasos que nadie asume, porque no hay estructura que responda.

Al final, el problema no es si México tiene talento.

Es que no tiene un sistema que lo haga grande.

Y mientras eso no cambie, cada victoria será celebrada… pero no será nuestra.

Y cada derrota dolerá más… porque confirmará lo que nadie quiere admitir.

Que el beisbol mexicano no compite desde su estructura.

Compite desde lo que otros formaron.

Y eso no es competir.

Eso es vivir de lo ajeno… mientras se presume como propio.

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