El beisbol en México está creciendo. Y ya no como una percepción romántica de quienes históricamente han seguido este deporte en plazas tradicionales del norte, del Pacífico o del sureste. Está creciendo en consumo, en audiencia, en presencia digital, en venta de mercancía, en turismo deportivo y en interés real por la organización de grandes ligas (Major League Baseball, MLB). Los estadios se llenan cuando llegan eventos importantes, las transmisiones encuentran cada vez más público y el seguimiento cotidiano a equipos y peloteros es mucho mayor que hace apenas algunos años. El problema es que México sigue sin aprovechar plenamente ese crecimiento. Y peor aún: mientras el beisbol crece, muchos siguen tratándolo como si todavía fuera un deporte secundario.
La reciente MLB Mexico City Series volvió a confirmarlo. Llenos absolutos, ambiente de élite, presencia masiva de aficionados nacionales y extranjeros, alto consumo alrededor del evento y una derrama evidente. Y no fue casualidad. Ocurre porque México ya representa un mercado relevante para MLB. Hay afición, hay consumo, hay poder de convocatoria y existe un vínculo cultural y deportivo cada vez más sólido con la liga estadounidense. Particularmente con organizaciones como Dodgers de Los Ángeles, Padres de San Diego, Astros de Houston, Yankees de Nueva York, Giants de San Francisco y Diamondbacks de Arizona, que han ido construyendo presencia y arraigo entre los aficionados mexicanos.
Pero ahí aparece el contraste incómodo.
MLB entiende perfectamente el valor comercial del mercado mexicano. Lo explota, lo visita, lo activa y lo monetiza. Lo que no termina de hacer es convertir ese interés en un compromiso más profundo con el desarrollo estructural del beisbol mexicano. México consume MLB, pero no necesariamente participa de manera proporcional en sus beneficios deportivos. Se venden gorras, camisetas y derechos de transmisión; se llenan estadios y se generan grandes audiencias; pero la presencia mexicana en rosters sigue siendo limitada y las estructuras de desarrollo continúan dependiendo más del esfuerzo aislado que de una integración real.
Porque una cosa es querer el mercado mexicano… y otra muy distinta apostar por el beisbol mexicano.
Y mientras eso ocurre, en México tampoco parece existir una estrategia clara para capitalizar este momento. El país sigue atrapado en una lógica profundamente futbolizada, donde gran parte de los medios de comunicación continúan tratando al beisbol como un contenido complementario, cuando en muchas regiones ya dejó de serlo desde hace tiempo. Basta observar lo que ocurre cada temporada en plazas como Hermosillo, Culiacán, Mexicali, Monterrey, Tijuana, Zapopan o Mérida para entender que el beisbol tiene una fuerza cultural y social mucho más profunda de lo que todavía algunos espacios nacionales están dispuestos a reconocer.
Sin embargo, la cobertura sigue siendo desproporcionada. El futbol absorbe prácticamente toda la conversación nacional incluso en momentos de evidente saturación, mientras el beisbol —aun creciendo, aun generando interés, aun ofreciendo un producto cada vez más competitivo y atractivo— sigue recibiendo un tratamiento secundario en buena parte de la agenda mediática nacional.
Y eso termina generando otro problema: el crecimiento del beisbol ocurre más por impulso natural del mercado y de la afición que por una estrategia articulada de difusión y desarrollo. El público está llegando antes que las estructuras.
Ahí está una de las grandes paradojas actuales.
México tiene condiciones para convertirse en uno de los mercados internacionales más importantes para MLB fuera de Estados Unidos, Japón y parte del Caribe. Tiene cercanía geográfica, identidad cultural compartida, tradición histórica, consumo creciente y plazas con capacidad organizativa probada. La Ciudad de México ya mostró que puede albergar eventos de primer nivel; Monterrey lleva años consolidando ese perfil; y sedes como Zapopan —con Charros de Jalisco como punta de lanza en ambas ligas profesionales— o Hermosillo podrían perfectamente entrar en una lógica de eventos internacionales permanentes.
Y precisamente por eso resulta todavía más difícil de entender que México haya quedado fuera como sede del Clásico Mundial 2026, particularmente cuando la experiencia previa en Zapopan fue considerada exitosa, tanto por organización como por ambiente y respuesta del público. Lo mismo ocurrió con eventos como el Premier 12, que demostraron capacidad operativa, convocatoria y nivel competitivo. Por razones que nunca terminaron de explicarse con claridad, México volvió a quedar relegado en decisiones donde, al menos desde lo deportivo y organizativo, parecía tener argumentos suficientes para mantenerse presente.
Pero mientras el mercado crece, la estructura sigue rezagada.
Y ahí vuelve a aparecer el riesgo: que México termine siendo extraordinariamente útil como consumidor… pero marginal como protagonista.
Porque una cosa es llenar estadios para ver béisbol.
Y otra muy distinta es construir un país que también produzca, desarrolle, proyecte y coloque talento de manera constante en el máximo nivel.
El béisbol mexicano ya dejó claro que tiene afición.
Lo que todavía no queda claro es si quienes toman decisiones —aquí y allá— realmente están dispuestos a tratarlo como lo que ya es: un mercado grande, una cultura deportiva viva y un espacio que merece mucho más que visitas ocasionales y atención intermitente.
Porque el béisbol en México ya creció, está maduro y tiene amplías posibilidades de un mejor presente y un mayor futuro.
Tal vez quienes todavía no terminan de entenderlo… son muchos de los que siguen decidiendo sobre él.
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