Cuando se habla del beisbol suelen destacarse la potencia de un cuadrangular, la velocidad de una recta de cien millas por hora o la espectacularidad de una atrapada imposible. Todo eso forma parte de la esencia del juego. Sin embargo, quienes realmente conocen este deporte saben que ninguna de esas cualidades basta para ganar campeonatos. El beisbol se juega, antes que nada, con la cabeza.

Me atrevo a sostener que es el deporte profesional de conjunto intelectualmente más complejo que existe. Ningún otro obliga a tomar tantas decisiones distintas durante un mismo partido, bajo un reglamento tan amplio, con tantas variantes tácticas y con tan poco tiempo para pensar. Cada lanzamiento constituye un problema diferente y cada jugada exige interpretar circunstancias que cambian en cuestión de segundos.

Todo comienza antes del primer pitcheo. El manager y su cuerpo técnico estudian al rival, revisanestadísticas, analizan tendencias, observan videos, consultan mapas de calor, revisan enfrentamientos individuales y preparan distintos escenarios. El famoso “librito” del manager existe, aunque hoy ya no sea un pequeño cuaderno sino una enorme base de datos alimentada por la sabermetría, la biomecánica, la inteligencia artificial y décadas de experiencia acumulada.

Ese “librito” debe utilizarse. Sería absurdo despreciar el conocimiento científico o la tecnología. La inteligencia artificial llegó para quedarse. La sabermetría ha revolucionado el análisis del juego. Los modelos estadísticos ayudan a reducir la incertidumbre y permiten tomar decisiones mejor fundamentadas. Todo gran equipo moderno debe aprovechar esas herramientas.

Pero el beisbol no puede dirigirse únicamente desde una computadora.

Llega un momento en que la estadística deja de ofrecer respuestas y aparece el factor humano. El manager debe decidir qué parte del “librito” seguir y en qué momento apartarse de él. Debe interpretar el estado anímico de un pitcher, percibir que un bateador hizo un ajuste durante sus últimos turnos, advertir que el rival está preparando un toque sorpresa o intuir que el partido acaba de cambiar de rumbo. Ningún algoritmo alcanza todavía a medir todas esas variables.

Dirigir beisbol exige mucho más que conocer porcentajes. Requiere inteligencia estratégica, memoria, capacidad de observación, rapidez mental, liderazgo, serenidad bajo presión, sentido común y un profundo conocimiento del reglamento. También exige rodearse de un buen cuerpo técnico y tener la humildad suficiente para escuchar. Los grandes managers no trabajan solos. Se apoyan en sus coaches de banca, de pitcheo, de bateo, de primera y tercera base, en los analistas de video y en quienes procesan la información. La autoridad no consiste en creer que se sabe todo; consiste en aprovechar el conocimiento colectivo sin renunciar a la responsabilidad de decidir.

Pero dirigir tampoco significa querer controlar absolutamente todo. Una de las mayores virtudes de un gran manager consiste en saber cuándo intervenir y cuándo confiar en sus peloteros. Hay jugadas que se desarrollan tan rápido que ninguna instrucción alcanzaría a llegar desde el dugout. Ahí aparece otra forma de inteligencia: la del propio jugador.

Basta observar durante unos segundos el trabajo de un catcher para comprender la extraordinaria complejidad mental del beisbol. Antes de recibir un lanzamiento ya analizó el conteo, la velocidad del corredor, las tendencias del bateador, la confianza de su pitcher y las posibilidades de un robo de base. Si intuye que el corredor saldrá, debe pedir el pitcheo más conveniente para facilitar el tiro a la intermedia. Si la pelota rebota frente al plato tiene apenas un instante para decidir si pisa home, busca un doble play o asegura el out más importante. Pensar y ejecutar forman parte del mismo movimiento.

Lo mismo ocurre con el resto del equipo. El shortstop y el segunda base muchas veces coordinan una jugada con una simple mirada. Los jardineros se acomodan sin necesidad de hablar. El pitcher modifica una secuencia porque detectó que el bateador ya descifró el plan inicial. Es un lenguaje permanente construido sobre conocimiento, confianza y experiencia.

Hay jugadas que ilustran mejor que cualquier teoría esta realidad. Todos hemos visto aquella pelota que llega hasta la barda y queda incrustada bajo el acolchado. El jardinero inexperto intentará sacarla desesperadamente. El inteligente levantará inmediatamente los brazos para solicitar la aplicación de la regla de bola muerta. En una Serie Mundial, una decisión así evitó una carrera que pudo haber cambiado el destino del campeonato. La diferencia no estuvo en correr más rápido, sino en pensar más rápido y conocer mejor el reglamento.

También hay momentos en que simplemente hay que jugársela. Ordenar un robo de base, un bateo y corrido, un squeeze play, dejar una entrada más a un pitcher o enviar a un corredor hacia el plato implica aceptar riesgos. Ninguna estadística elimina por completo la incertidumbre. El beisbol premia la inteligencia, pero también el valor para decidir cuando no existe una respuesta perfecta.

Existe una vieja máxima que rara vez falla: paciencia, prudencia y sentido común.

Paciencia para no precipitarse.

Prudencia para valorar las consecuencias.

Y sentido común para resolver aquello que ningún algoritmo, ningún “librito” y ninguna estadística alcanzan a responder.

Porque llega un momento en que toda la información disponible ya fue analizada. Ahí terminan los datos y comienza el criterio. También aparecen el colmillo, la intuición, la experiencia y esa capacidad casi inexplicable para adelantarse a lo que está por suceder.

Pero sería un error pensar que la experiencia, por sí sola, basta. Los dirigentes más capaces son precisamente aquellos que nunca dejan de aprender. Aprovechan la inteligencia artificial, estudian la sabermetría, incorporan nuevas herramientas y escuchan a quienes dominan esos conocimientos. La experiencia sin evolución termina convirtiéndose en resistencia al cambio; la tecnología sin criterio produce decisiones frías y descontextualizadas. La excelencia aparece cuando ambas trabajan juntas.

Existe otro viejo dicho que sigue plenamente vigente: “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. En el beisbol significa que la experiencia continúa siendo invaluable, siempre que conserve la humildad para evolucionar. Los grandes dirigentes combinan ciencia, tecnología, conocimiento, intuición y sentido común.

Y también entienden otra lección fundamental: nadie acierta siempre. Los errores forman parte del juego. Lo importante es aprender de ellos, corregirlos y utilizarlos para tomar mejores decisiones la siguiente vez.

Quizá por eso el beisbol sigue siendo, con toda justicia, el rey de los deportes. No solo exige fuerza, velocidad, coordinación y talento físico. Exige inteligencia estratégica, conocimiento del reglamento, liderazgo, capacidad para anticiparse, reflejos mentales, comunicación, memoria, experiencia y el valor para asumir la responsabilidad cuando llega el instante decisivo.

La tecnología seguirá evolucionando. La inteligencia artificial será cada vez más poderosa. El “librito” continuará creciendo. Todo ello debe aprovecharse. Pero, al final, cuando el partido depende de una sola decisión, ninguna computadora puede asumir la responsabilidad. Esa sigue perteneciendo al ser humano. Porque el beisbol, antes que con el brazo o con el bate, se juega con la cabeza.

@salvadorcosio1

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