El equipo de mis amores hoy vuelve a ser campeón del balompié mexicano. Mi historia con la máquina ha tenido altibajos, como toda relación que implica algún tipo de afecto; sin embargo, nunca he dudado de mi fidelidad hacia sus colores. Mi afición por el Cruz Azul no surgió de una moda ni fue azarosa por un tema de vecindad; es una historia común, como la de muchas y muchos que heredamos el gusto por un equipo de soccer (o de cualquier otro deporte) por parte de nuestros padres o de algún ser querido. En mi caso, la preferencia por el equipo de la Noria viene de mi padre (Pepé) y de mi hermano mayor (Tirso), los cuales vi desde que era muy niño apasionarse, gozar y sufrir cada torneo. Cuando crecí, tuve la opción de poder cambiar de escuadra, pero ya era muy tarde; mi corazón estaba flechado.

Este torneo parecía que la hazaña se podría realizar; el argentino Nicolás Larcamón venía realizando un destacado papel al frente del equipo, que con algunas bajas importantes por lesión (como su portero titular Kevin Mier) y ausencias significativas por el selectivo nacional a la Copa del Mundo (Erik Lira) le ponían en algo de predicamentos. No obstante, a media temporada, el equipo que jugaba bien y parecía consolidarse como el rival a vencer por el título se desmoronaba partido a partido; la crisis por la que atravesaba la Máquina, aunada a su falta de estadio, le auguraba un rotundo fracaso, empero, un giro de 180 grados y una decisión atinada pero extremadamente arriesgada por la directiva de quitar casi al final a Larcamón por poner a Joel Huiqui resultó mejor de lo que se esperaba: levantar la copa en la casa de quien les había echado a patadas unos meses atrás. La revancha perfecta.

Bajo esas circunstancias y ese contexto adverso, es que considero que se puede aprender de lo que hizo el Cruz Azul en este torneo, no solo en un tema futbolístico, sino en lecciones de esas que se quedan para siempre como ejemplo a seguir. La primera, pero no por eso más importante, es que a veces se tienen que tomar decisiones arriesgadas en los momentos más críticos, aunque eso signifique quemar las naves. Despedir a Larcamon en los últimos partidos de la competencia pareció un acto suicida, puesto que, ¿a poco un auxiliar técnico sin experiencia real de dirigir un equipo en primera división podría con la misión de llevar un equipo grande que se encontraba a la deriva al campeonato? Obviamente, era improbable, pero no imposible; tal vez la apuesta inicial con el cambio a Huiqui no era esa, pero funcionó, gracias al cambio de rumbo en el timón.

Otra lección que nos dejó el Cruz Azul este campeonato fue la de mantenerse firme hasta el final a pesar de la adversidad; es decir, el Azul venía arrastrando en lo anímico el problema de no tener un estadio, que al día de hoy no lo tiene como tal, solamente pura especulación. Sin embargo, eso no fue un factor decisivo en la afición ni en el equipo para agachar la cabeza, que más allá de la burla ramplona que sí cala por lo constante y claridosa que fue, y más en el contexto de una final ante el equipo que te corrió de su estadio, era obligado el ganarles, simplemente por orgullo y dignidad, porque a la Máquina se le sacó Olímpico Universitario solamente por haber ganado una final de Concachampions, no por ser un mal inquilino o vecino como así lo quisieron demostrar.

Por último, la lección que nos dejó Joel Adrián Huiqui Andrade es altamente valiosa: ¿Cuántas veces el destino, la vida o Dios nos han puesto en el camino oportunidades que hemos dejado pasar por miedo al fracaso o a lo complicado de las circunstancias? Él no se acobardó ni se rindió ante lo difícil del panorama; al contrario, imprimió su sello de dirigir desde la humildad y calidez humana. Ambas ayudaron bastante a la unión y resiliencia en los jugadores, dejando para la posteridad declaraciones y discursos memorables, como que el Cruz Azul no tenía dos cosas: estadio ni miedo, o la más invaluable para mí: “Que lo que hagamos hoy tenga eco en la eternidad”… Yo no sé a dónde fue a clases motivacionales o quién fue su profesor de oratoria, pero Huiquideus tiene ganado su lugar de honor en la Noria y en el corazón de muchos cruzazulinos. ¡Nos leemos pronto!