Hace meses, mi hermano Rodrigo Palomar me enseñó que nosotros éramos Sanchos. Peregrinos tercos de una fe absurda. Hombres aferrados a seguir a un loco noble aunque el mundo entero se burlara. El yelmo de Mambrino como sinécdoque del delirio: una simple bacía convertida en gloria por la voluntad de creer.

Pero tú, cabrón, ya dejaste de ser solamente el loco que pelea contra molinos. Tú eres otra cosa. Una mezcla imposible entre el Quijote y Superman. El hombre que regresó a las ruinas de su casa para recordarnos que todavía era posible soñar.

Y aquí estamos. Quince años sin ser campeones y más de un lustro sin jugar una final. Quince años de sequía, cicatrices y domingos rotos.

Lo lograste.

Hacedor de sueños. Pastor de incrédulos. Arquitecto de esta ilusión que vuelve a latirle en el pecho a millones.

Este sueño terminará inevitablemente empapado en lágrimas. Dependerá de los huevos, del alma y del destino si serán de alegría o tristeza. Pero pase lo que pase, ya nos devolviste algo que creíamos perdido: la capacidad de ilusionarnos sin miedo al naufragio.

Porque ser de Pumas siempre fue eso: amar aunque duela. Volver aunque destruya. Cantar aunque el mundo se burle.

Tengo una foto de la primera vez que llevé a mi hijo al estadio. Entrando tomados de la mano a Ciudad Universitaria. El principio de una historia de pasión. Porque aquí aprende uno desde niño que no se llora solamente por las dolencias de la vida. En este estadio se aprende a distinguir entre lágrimas de felicidad y lágrimas de tristeza.

Porque con Pumas se está en las buenas y en las malas; pero en las malas mucho más.

Entusiastas del sufrimiento. Romantizadores de la derrota. Los que hinchamos por este equipo sabemos que más vale tener huevos que tener copas.

La última vez que fuimos campeones yo era otro hombre. Después llegaron tres hijos, los años, las derrotas y una versión de mí mismo sexy y barrigona, una mezcla entre Homero Simpson y un Rolling Stone, según Andrelo. Y, sin embargo, aquí estoy otra vez, sintiendo una ilusión adolescente que no amenaza con romperse apenas uno la toca.

Cerveza. Mucha cerveza. Cantos. Saltos. Abrazos con desconocidos que en realidad son hermanos.

Estoy feliz, Efraín.

Gracias por volver a tu equipo. A tu casa. A Ciudad Universitaria. Gracias por recordarnos que todavía existen las gestas imposibles y los héroes tercos.

Porque para millones esto nunca fue solamente futbol. Fue identidad. Fue refugio. Fue hermandad. Fue amor.